El Odiseo que está en mí.

Esteban Montilla | 28 julio, 2026

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solo comoEl Odiseo que está en mí.

Peregrinaje hacia el alma, los demás y la tierra.

Esteban Montilla, Ph.D.

Volver a leer la Odisea

Leí la Odisea por primera vez para cumplir con un requisito de mi clase de bachillerato, dirigida por un maestro extraordinario e inspirador llamado Nicomedes Hernández. Era una de esas obras que formaban parte de la educación considerada necesaria para comprender la literatura y acercarse a la condición humana. Bajo su dirección, seguí las aventuras de Odiseo: sus naufragios, sus encuentros con seres extraños, sus astucias y su persistente deseo de regresar a Ítaca.

En aquel momento cumplí con la tarea, aprendí lo necesario para participar en la clase y responder a las preguntas de mi maestro y luego continué mi camino. Aquella lectura, sin embargo, no desapareció. Quedó guardada en algún lugar de mi memoria, a la espera de que los viajes, los duelos, las preguntas y la vida misma me permitieran volver a ella desde otra profundidad.

Muchos años más tarde regreso a la obra de Homero desde otro lugar. Ya no la leo para aprobar una asignatura. Vuelvo a ella después de haber cruzado países y continentes, estudiado la tierra, la teología, la psicoterapia y las neurociencias, y escuchado durante décadas las historias de tantas personas. También he tenido que escuchar mi propia historia. Por eso la Odisea me habla hoy de una manera que no podía anticipar cuando era estudiante de bachillerato.

La obra atribuida a Homero narra el prolongado regreso de Odiseo después de la guerra de Troya. Su viaje hacia Ítaca dura diez años y lo lleva por islas, mares, palacios, cuevas, naufragios, tentaciones y regiones habitadas por los muertos. La distancia más difícil, sin embargo, no es la que separa Troya de Ítaca. Odiseo también debe recorrer la distancia entre el guerrero que partió y el ser humano que intenta regresar (Homero, 1982, cantos I-XXIV).

La travesía exterior se convierte en una exploración del alma. En cada encuentro asoman su inteligencia y su arrogancia, su capacidad de amar, su deseo de reconocimiento, su miedo, su violencia y su nostalgia. No regresa intacto. Tampoco encuentra una Ítaca inmóvil, conservada tal como la dejó. El viajero y la tierra han vivido historias distintas durante su separación. Las personas damos continuidad a nuestra identidad al narrar y volver a narrar la vida desde las preguntas del presente; el relato conserva algo de lo vivido y, a la vez, cambia con nosotros (McAdams & McLean, 2013).

Ahora leo la Odisea para ponerla en conversación con mi vida. Me permite contemplar mis partidas y regresos, los lugares que llegaron a ser hogar, los duelos, los aprendizajes y las contradicciones que me han formado. Por eso reconozco al Odiseo que habita en mí. No lo hago como una confesión de heroísmo. Odiseo no es un santo ni un modelo que deba imitarse en todas sus acciones. Su inteligencia convive con la arrogancia; la perseverancia no borra su violencia, y el amor por Ítaca no cancela el sufrimiento causado durante la guerra ni la muerte de quienes no regresaron con él.

La hermenéutica del amor y la justicia me permite acercarme a su historia sin glorificar al vencedor ni condenarlo, como si su oscuridad no tuviera relación conmigo. Ya no me pregunto solamente cómo logró regresar. También quiero saber qué clase de ser humano volvió, qué aprendió en el camino, quiénes pagaron el precio de su supervivencia y qué hizo con el poder cuando recuperó su lugar.

El regreso a la tierra

Ahora estoy nuevamente entre mis vacas, mis gallinas, el cultivo de maíz, los árboles de guanábana y los sembradíos de café y de cacao. Al recorrer esta tierra vuelvo a encontrarme con una parte antigua de mi historia. Reconozco labores que aprendí de niño y maneras de relacionarme con la vida que comenzaron mucho antes de que pudiera explicarlas.

Crecí en el campo trabajando en la agricultura y la ganadería. Antes de estudiar filosofía, idiomas bíblicos, teología, psicoterapia o neurociencias, los animales, los cultivos y las estaciones ya me enseñaban. La tierra fue mi primera escuela. Allí aprendí que la vida posee ritmos que no se someten por completo a la voluntad humana. Se puede preparar el suelo, escoger la semilla, sembrar y cuidar el cultivo, pero llega un momento en que hay que esperar. La lluvia puede tardar. Una planta puede enfermar. Un animal puede necesitar cuidados que no producen el resultado deseado. El trabajo es indispensable, aunque no garantiza que todo ocurra como lo planeamos.

La agricultura me enseñó a vivir en la tensión entre la responsabilidad y el límite. Hacemos lo que nos corresponde, pero no controlamos el conjunto de la vida. Preparamos la tierra sin poder obligar a la semilla a germinar; protegemos el cultivo sin ordenar a las nubes que produzcan lluvia; cuidamos un animal sabiendo que no podremos impedir toda enfermedad ni la muerte.

Job expresa una sabiduría que yo había comenzado a recibir mucho antes de comprender el texto: «Pero interroga a los animales y ellos te darán una lección; pregunta a las aves del cielo y ellas te lo contarán; habla con la tierra y ella te enseñará» (Job 12:7-8, NVI). Las vacas me enseñaban la atención constante. Las gallinas me introducían en los ritmos cotidianos de la alimentación, del refugio y del cuidado. El maíz mostraba que la semilla desaparece bajo tierra antes de levantarse hacia la luz, y los frutales recordaban que ningún fruto madura por la impaciencia de quien lo espera.

El agricultor trabaja con procesos que comenzaron antes de su llegada y continuarán después de su partida. Recibe semillas cultivadas por generaciones anteriores y entrega a quienes vienen después las consecuencias de la manera en que decidió tratar el suelo. La tierra conserva la memoria de nuestro cuidado y también las huellas de nuestra codicia.

Cuando era joven, veía la tierra principalmente como un lugar de trabajo y de producción. Ahora la reconozco como una comunidad de vida a la que pertenezco. No estoy fuera de ella, administrando recursos a distancia. Mi existencia depende de sus aguas, sus microorganismos, sus animales, sus ciclos y de la labor de muchas personas cuyos nombres casi nunca aparecen en las narraciones del progreso. He regresado a la tierra, pero no soy el mismo que salió de ella. Tampoco la veo igual.

La curiosidad que me hizo partir

Cuando ingresé a la universidad en Venezuela, decidí estudiar tecnología agrícola y agronomía. Quería comprender las plantas, sus enfermedades, sus procesos de crecimiento y las condiciones que favorecían su desarrollo. Mientras avanzaba en mis estudios, otra curiosidad comenzó a crecer. Ya no me bastaba con estudiar la vida vegetal. Deseaba comprender al ser humano.

Me preguntaba por su trascendencia, su espiritualidad y su necesidad de encontrar sentido. Quería saber por qué una persona ama, teme, destruye, perdona, espera, ora o se desespera. Las plantas me habían enseñado cómo la vida busca la luz, pero no podían responder por qué un ser humano puede cerrar los ojos ante el sufrimiento de otro o arriesgar su propia seguridad para protegerlo.

En algunos momentos de la vida escuchamos una voz que nos invita a salir de lo conocido. No siempre podemos explicar con precisión de dónde viene ni hacia dónde nos llevará. A veces apenas reconocemos que ya no podemos permanecer en el mismo lugar. La historia de Abraham comienza con una partida: «Deja tu tierra, tus parientes, la casa de tu padre y ve a la tierra que te mostraré» (Génesis 12:1, NVI). La promesa no elimina la incertidumbre. Abraham debe caminar antes de contemplar con claridad el lugar hacia el que se dirige.

Algo semejante ocurrió en mi peregrinaje. Una pregunta me llevaba a otra. Cada respuesta abría un territorio que no había previsto. Salir no significaba rechazar la tierra de mi origen. La inquietud había nacido precisamente allí, entre cultivos, animales, familiares y comunidades que habían formado mi primera manera de mirar el mundo.

Las preguntas surgidas durante mis estudios agrícolas me llevaron al seminario teológico. Durante cuatro años estudié filosofía, idiomas bíblicos y teología. Me acerqué a textos escritos por pueblos que habían intentado comprender a Dios en medio de migraciones, guerras, cautiverios, celebraciones, injusticias, desiertos y esperanzas.

Gran parte de la Biblia fue escrita por pueblos en movimiento. Abraham sale de su tierra; Jacob huye y regresa; José es llevado a Egipto; Moisés aprende a vivir entre varias identidades; Israel atraviesa el desierto; Rut deja Moab y Noemí vuelve a Belén llevando consigo sus duelos. Los exiliados sueñan con Jerusalén, Jesús recorre aldeas y caminos, Pablo cruza fronteras y mares, y Cleofas camina hacia Emaús tratando de comprender una esperanza que considera destruida.

Entré al seminario buscando respuestas y salí con preguntas más profundas. Conocía mejor las tradiciones, los textos sagrados y la historia de la fe, pero comprendía con mayor claridad todo lo que aún ignoraba sobre la persona. La teología no puso fin a mis interrogantes. Los llevó hacia el misterio.

El viaje hacia el alma

Quería comprender qué significa ser humano y vivir en relación con otras personas. Me interesaba conocer la profundidad del alma, ese lugar donde habitan los temores que ocultamos, los anhelos que orientan nuestros pasos, los recuerdos que continúan influyendo en nuestras decisiones y las esperanzas que nos ayudan a levantarnos después de los momentos difíciles.

Esa búsqueda me llevó del sur al norte de las Américas. El viaje comenzó mucho antes de que dominara el inglés y continuó mientras aprendía a vivir en contextos culturales distintos. Primero residí en el estado de Maine, luego en la ciudad de Boston y, finalmente, en Texas, donde completé mis estudios de doctorado.

Cada lugar amplió mi comprensión del ser humano. Aprender inglés también significó escuchar otras maneras de narrar la familia, la fe, el dolor, la identidad y la esperanza. Algunas experiencias podían traducirse con relativa facilidad; otras parecían perder algo al pasar de una lengua a otra. Las palabras no son recipientes neutrales. Llevan una historia, una cultura y una forma particular de ordenar la experiencia.

Durante ese recorrido pude adentrarme en el estudio de la psique, palabra griega que suele traducirse como alma o vida interior. La psicoterapia me acercó a un territorio al que los libros solo podían llevarme hasta cierto punto. Las teorías ofrecían mapas valiosos, pero las personas revelaban la complejidad real del camino.

Durante muchos años he escuchado en el consultorio a seres humanos que llegaron con historias difíciles de narrar. Algunas experiencias habían permanecido en silencio durante mucho tiempo. Otras apenas comenzaban a encontrar palabras. Algunas personas podían describir con precisión lo sucedido, pero todavía no comprendían cómo aquello seguía influyendo en sus decisiones, en sus relaciones y en su manera de verse a sí mismas.

Al escucharlas comprendí que entrar en el alma de otra persona exige respeto, paciencia y humildad. Cada historia posee profundidades que ningún concepto puede abarcar por completo. Una persona nunca encaja por completo en un diagnóstico, una doctrina o una teoría psicológica. Proverbios lo expresa así: «El propósito humano es como aguas profundas; el que es inteligente lo descubrirá» (Proverbios 20:5, NVI). No se entra en esas aguas con prisa. Podemos vivir durante años sin comprender algunas decisiones y seguir siendo extranjeros ante ciertos deseos. A veces necesitamos escuchar nuestra propia historia en presencia de otra persona para reconocer lo que siempre había estado allí.

El viaje interior requiere valor. En el alma encontramos la bondad que nos sostiene y también los impulsos capaces de herirnos o de hacer daño a los demás. El salmista se atreve a pedir: «Examíname, oh Dios, y conoce mi corazón; pruébame y conoce mis ansiedades. Fíjate si voy por un camino que te ofende y guíame por el camino eterno» (Salmo 139:23-24, NVI). No es una oración nacida del desprecio hacia sí mismo, sino del deseo de vivir con mayor verdad.

Conocernos no significa condenarnos. Tampoco consiste en justificar todo lo que encontramos en nosotros. La exploración del alma busca reconocer lo que favorece la vida y aquello que necesita límites. Nos permite mirar nuestras luces sin idealizarnos y reconocer nuestras oscuridades sin reducir toda nuestra identidad a ellas.

Las luces y las oscuridades

Durante la travesía, Odiseo descubre que muchos peligros no provienen únicamente del mundo exterior. Algunos nacen dentro de él. Ante Polifemo, demuestra inteligencia: se presenta como Nadie, engaña al cíclope y escapa con sus compañeros. Cuando ya se encuentra a salvo, no tolera permanecer en el anonimato. Necesita proclamar su nombre y adjudicarse públicamente la victoria. La astucia lo libera, pero la arrogancia prolonga su sufrimiento. El peligro no era solamente el cíclope. También era la necesidad de Odiseo de ser reconocido (Homero, 1982, canto IX).

Esa tensión forma parte de la condición humana. Deseamos que nuestro nombre sea conocido. Queremos que se reconozcan nuestros esfuerzos, capacidades y logros. Ese deseo puede ser legítimo, especialmente para quienes han vivido silenciados o han sido tratados como si no tuvieran nombre. La dignidad necesita poder decir quién es.

El problema surge cuando la afirmación de nuestra identidad depende de reducir al otro. Puedo celebrar a mi pueblo sin declarar inferior a otro pueblo, amar mi lengua sin silenciar la lengua ajena y valorar mi tradición religiosa sin convertirla en un instrumento de dominación. También puedo reconocer mis logros sin olvidar a quienes hicieron posible mi camino.

Génesis 4 presenta a Caín ante un peligro similar. El resentimiento convierte al hermano en rival. Dios le pregunta por su enojo antes del homicidio y por Abel después de la muerte. Ambas preguntas buscan despertar la responsabilidad. El pecado aparece ligado a una conducta que acecha y desea dominarlo, no a la esencia de su ser.

La oscuridad no tiene que ser negada, aunque tampoco debe recibir el gobierno de la vida. Integrar no significa otorgar la misma autoridad a todo deseo. Significa reconocer lo que vive dentro de nosotros, comprender su historia y evitar que aquello que puede destruir se convierta en señor de nuestras decisiones.

Las sirenas y los límites que protegen

Las sirenas cantan aquello que Odiseo desea escuchar. No le ofrecen nada que sea completamente extraño. Su poder consiste en encontrar un deseo que ya vive dentro de él: prometen conocimiento, placer, reconocimiento y una experiencia que parece imposible rechazar. Odiseo sabe que la voluntad no bastará. Pide que lo aten al mástil mientras sus compañeros se cubren los oídos. El Odiseo lúcido establece una estructura para proteger al Odiseo que será seducido (Homero, 1982, canto XII).

La escena ayuda a comprender que no todos los límites son enemigos de la libertad. Existen cadenas impuestas para dominar, pero también compromisos libremente asumidos para proteger la vida. Una promesa, una norma ética, una comunidad responsable, un límite financiero, una rutina de cuidado o una barrera entre la persona y aquello que puede destruirla pueden desempeñar la función del mástil.

La Torá ofrece estructuras semejantes. El sábado detiene la explotación y recuerda que la persona, la familia, el trabajador, la persona extranjera y los animales necesitan descanso. Las normas sobre la tierra, la deuda y la cosecha limitan la acumulación y la capacidad del poderoso para convertir su libertad en la opresión de los demás.

La libertad no consiste en hacer todo lo que deseamos. Requiere discernir qué deseos favorecen la vida y cuáles pueden convertirnos en esclavos. Pablo reconoce esta lucha cuando admite que hace aquello que aborrece (Romanos 7:15). No describe dos seres separados, sino una persona integral atravesada por hábitos, convicciones, impulsos, memorias y contradicciones. El mástil no destruye el deseo; impide que el deseo se convierta en tirano.

La libertad y la nostalgia por lo conocido

Los seres humanos anhelamos la libertad, pero esta conlleva incertidumbre. Lo conocido puede ser doloroso y, aun así, parecer más seguro que un futuro impredecible. Parte de la investigación contemporánea describe al cerebro como un sistema que anticipa lo que puede ocurrir y ajusta sus predicciones a la experiencia. La familiaridad reduce cierta incertidumbre; lo nuevo exige aprendizaje y reorganización. Por eso una persona puede desear un cambio y, al mismo tiempo, resistirse a abandonar aquello que conoce (Friston, 2010).

Esta tensión aparece en el relato del Éxodo. El pueblo sale de la esclavitud, pero en el desierto recuerda la comida de Egipto. No añora necesariamente la opresión. Añora la previsibilidad. En Egipto sabía qué podía esperar, aunque aquello que esperaba fuera la explotación. En el desierto posee libertad, pero aún debe aprender a vivirla.

Salir de Egipto no significa que Egipto haya salido de la imaginación. La liberación política no elimina de inmediato los hábitos aprendidos bajo el dominio. Una persona puede abandonar una relación destructiva y seguir interpretando a los demás desde el miedo. Una comunidad puede salir de un régimen opresivo y reproducir sus jerarquías. El imperio puede retirarse del territorio mientras permanezca dentro de las instituciones, los afectos y las expectativas.

Los lotófagos representan otra forma de cautiverio. Quien come el loto deja de desear el regreso. El alivio se alcanza mediante el olvido: el viajero ya no recuerda quién es, de dónde viene ni hacia dónde se dirigía (Homero, 1982, canto IX). Olvidar puede proteger temporalmente del dolor, pero cuando el alivio exige borrar la identidad, se convierte en otra prisión. La memoria puede herir y, a la vez, sostener la capacidad de actuar. Nos permite reconocer lo vivido, nombrar las injusticias y decidir qué no queremos repetir.

La Biblia no presenta la libertad como la ausencia absoluta de límites. La vincula con la memoria, la responsabilidad y la justicia. El Éxodo no termina cuando Israel atraviesa el mar. Allí comienza el difícil aprendizaje de vivir sin faraón y de impedir que los liberados reproduzcan entre sí la misma lógica que los oprimió.

La existencia como movimiento elíptico

Nuestra vida no avanza en línea recta. Tampoco se mueve en un círculo que nos devuelve exactamente al mismo punto. Quien regresa ya no es idéntico a quien partió, y el lugar al que vuelve tampoco ha permanecido intacto. La elipse ofrece una imagen más cercana a la existencia. Tiene dos focos. Uno puede representar el pasado que nos formó y el otro, el futuro que nos llama. El presente es la trayectoria viva que se mueve bajo la influencia de ambos.

En algunos momentos nos acercamos al recuerdo. En otros, la esperanza del mañana adquiere mayor fuerza. A veces el pasado pesa tanto que parece determinarlo todo. Otras veces el futuro nos seduce de tal manera que dejamos de habitar la vida que tenemos delante. Somos seres teleológicos porque nos orientamos hacia metas y posibilidades que aún no existen. Estudiamos, trabajamos, migramos, amamos, creamos y resistimos porque podemos imaginar un mañana diferente. La promesa de alguna Ítaca posible nos hace remar.

También somos seres arqueológicos. Excavamos en nuestra historia para comprender los sedimentos que continúan influyendo en nosotros. Debajo de ciertos temores, decisiones y deseos encontramos palabras escuchadas durante la niñez; en otras capas aparecen duelos que no habían desaparecido, aunque hubieran permanecido en silencio. La identidad narrativa reúne esas experiencias sin convertirlas en un relato fijo: volvemos sobre lo vivido desde el lugar que ocupamos hoy (McAdams & McLean, 2013). Caminamos hacia el futuro con materiales del ayer.

La memoria sin esperanza puede paralizarnos. La esperanza sin memoria puede convertirnos en conquistadores que avanzan sin reconocer las vidas y las tierras sobre las que caminamos. Habitar la existencia de manera elíptica exige conservar ambos focos. Recordamos para no repetir la opresión y esperamos para no aceptar que la injusticia presente sea definitiva.

Cuarenta años de peregrinaje

Han transcurrido cerca de cuarenta años desde que comenzó mi peregrinaje. Para realizarlo crucé países y continentes. Viví despedidas, incertidumbres y comienzos que me exigieron volver a aprender. Esta historia no puede narrarse solo mediante títulos académicos o logros profesionales. También contiene cansancio, errores, dudas, encuentros, duelos, celebraciones y a las personas que me sostuvieron cuando el camino se volvió difícil.

Deuteronomio conserva una invitación que resuena en mi propia historia: «Recuerda que durante cuarenta años el Señor tu Dios te llevó por todo el camino del desierto» (Deuteronomio 8:2, NVI). La memoria bíblica no selecciona solo los momentos de victoria. Recuerda el hambre, el miedo, los conflictos y el deseo de regresar. También guarda el alimento recibido, las fuentes encontradas y la presencia de quienes ayudaron a sostener la vida.

Cuando miro mi recorrido, no veo una sucesión ordenada de decisiones que condujo inevitablemente a un destino. Veo preguntas que han generado otras. Veo caminos que no había previsto. Reconozco a personas cuya presencia cambió mi rumbo. Recuerdo momentos en los que no sabía con claridad qué vendría después.

También contemplo mis duelos. Algunas personas que formaron mi historia murieron y su ausencia transformó mi relación con el tiempo, la fe, la esperanza y la mortalidad. No quedaron fuera de mi peregrinaje. Continúan presentes, de otra manera, en mis recuerdos, valores, decisiones y formas de amar.

El descenso al mundo de los muertos

Odiseo no puede regresar a Ítaca sin descender primero al mundo de los muertos. Allí encuentra a su madre, escucha a Tiresias y conversa con quienes murieron en la guerra. El pasado no queda atrás; los muertos forman parte del camino de regreso (Homero, 1982, canto XI). La ruptura relacional producida por la muerte transforma la vida, pero no destruye por completo la relación. Quien ha muerto continúa presente en palabras, gestos, recuerdos, enseñanzas y decisiones de quienes siguen vivos.

El duelo no consiste en expulsarla de nuestra historia. Consiste en integrar la relación transformada en la biografía. La Biblia Hebrea no oculta el descenso al dolor. Jacob se niega a ser consolado ante la supuesta muerte de José. Job protesta sentado entre cenizas. Noemí regresa a Belén llevando consigo las muertes sufridas en Moab. Los Salmos de lamento permiten expresar el dolor sin censura. Lamentaciones recorre los escombros de Jerusalén y se niega a llamar paz a la destrucción. Los Escritos Cristianos Canónicos tampoco presentan la fe como una evasión del duelo. Jesús llora ante la tumba de Lázaro. Las mujeres caminan hacia la tumba de Jesús. Cleofas y su compañero se dirigen a Emaús narrando una esperanza que consideran destruida.

El mundo de los muertos le enseña a Odiseo que no puede regresar como solo un guerrero. Debe escuchar las voces que la guerra silenció y reconocer que su historia está unida a la de quienes no pudieron continuar el viaje. Tiresias anuncia que la llegada a Ítaca tampoco pondrá fin a su recorrido. Odiseo tendrá que emprender otra travesía, llevando un remo hacia el interior de la tierra, hasta encontrar personas que no sepan qué objeto lleva sobre el hombro. Allí deberá plantarlo (Homero, 1982, canto XI).

La imagen me resulta profundamente significativa. El navegante debe llevar el mar hacia una tierra que no conoce. La herramienta utilizada durante la travesía necesita adquirir un significado distinto. En algún momento, el remo debe plantarse. Quien ha pasado años resistiendo necesita aprender a descansar. El guerrero debe aprender a vivir fuera de la guerra. El sobreviviente necesita descubrir que la supervivencia, por sí sola, no constituye una vida plena.

El viaje hacia los demás

Las historias que escuché en el consultorio formaron parte de mi educación. Me enseñaron que el viaje hacia el interior no puede separarse del viaje hacia los demás. Podemos explorar nuestra alma y permanecer encerrados en nosotros mismos. El conocimiento interior alcanza una finalidad ética cuando nos ayuda a reconocer mejor la humanidad de la otra persona. Conocernos debería ampliar nuestra capacidad de escuchar, reparar, establecer límites justos y responder al sufrimiento que encontramos en el camino.

El relato de Emaús ha influido en mi manera de escuchar. «Sucedió que, mientras hablaban y discutían, Jesús mismo se acercó y comenzó a caminar con ellos» (Lucas 24:15, NVI). Se aproxima a Cleofas y a su acompañante sin hacer alarde de su identidad ni interrumpirlos para corregir su interpretación. Primero escucha lo ocurrido desde la perspectiva de dos personas que han visto derrumbarse sus esperanzas.

La transformación comienza mientras caminan. Las preguntas, la memoria, la interpretación y el reconocimiento se sitúan en una relación que se desarrolla paso a paso. Entrar en la historia de otro ser humano exige algo semejante. Hay que acercarse sin ocupar de inmediato el centro. Se necesita escuchar antes de explicar. Las preguntas deben abrir un espacio para que la persona narre lo sucedido con sus propias palabras.

La parábola del samaritano añade otra dimensión: «Pero un samaritano que iba de viaje llegó adonde estaba el hombre y viéndolo, se compadeció de él» (Lucas 10:33, NVI). El sufrimiento ajeno interrumpe su itinerario. Todo peregrinaje ético contiene interrupciones. Podemos tener metas legítimas y aun así necesitar detenernos ante alguien que sufre. La persona herida no es un obstáculo que impida avanzar; su presencia revela qué clase de viajeros estamos siendo.

La psicoterapia me llevó al interior del alma, pero las historias escuchadas allí me devolvieron a la vida social. El sufrimiento no siempre nace de procesos individuales. Puede estar relacionado con la pobreza, la discriminación, la violencia, el desplazamiento, la explotación y los silencios familiares, culturales o religiosos.

Una lectura decolonial se resiste a convertir todo sufrimiento en un problema privado. Pregunta qué estructuras producen miedo, vergüenza, exclusión o desesperación y quién se beneficia cuando una persona aprende a culparse por un dolor de raíz social. Pablo resume una práctica comunitaria sencilla y exigente: «Alégrense con los que están alegres; lloren con los que lloran» (Romanos 12:15, NVI). Necesitamos aprender ambas cosas: celebrar sin envidia y recibir el llanto sin apresurar a quien está de duelo ni convertir su dolor en una lección.

Habitar mundos diversos

Vivir en varios países y echar raíces en dos de ellos me ha permitido comprender que una persona puede aprender a habitar mundos distintos sin tener que renunciar a uno para pertenecer al otro. Cada lugar ofrece una manera particular de comprender la vida, las relaciones, la fe, el trabajo, la memoria y el futuro. Con el tiempo, esas formas de ver el mundo comienzan a dialogar entre sí en nosotros.

Cuando estaba lejos, extrañaba la tierra de la que había partido. Al regresar, también aparecía la nostalgia por el lugar donde había vivido, estudiado, trabajado y forjado relaciones significativas. Al principio, esta experiencia podía parecer una división. Más tarde comprendí que no estaba obligado a elegir una pertenencia y negar la otra.

Con el tiempo comprendí que no estaba obligado a escoger una pertenencia y negar la otra. Tomo aquí, de manera libre, una expresión de Jesús: «Debían haber practicado esto sin descuidar aquello» (Mateo 23:23, NVI). En su contexto, Jesús habla de la justicia, la misericordia, la fidelidad y las prácticas religiosas. La frase también me ayuda a nombrar una posibilidad personal: honrar mis raíces sin cerrar la puerta a lo aprendido en otros lugares e integrarme a otra cultura sin borrar la historia que me formó.

La hibridez no es una deficiencia ni una identidad incompleta. Puede convertirse en una fortaleza, aunque tampoco conviene romantizarla, porque vivir entre mundos implica tensiones, pérdidas y relaciones de poder desiguales. Quien aprende a habitar espacios culturales distintos puede desarrollar la capacidad de traducir, relacionar perspectivas y cuestionar la pretensión de que una cultura agota las posibilidades de lo humano. La hibridez abre un espacio de negociación y creación que no se reduce a ninguno de los mundos que lo hicieron posible (Anzaldúa, 1987; Bhabha, 1994).

Pentecostés ofrece una imagen de comunión sin homogeneización (Hechos 2:5-11). El Espíritu no elimina las lenguas ni obliga a todas las personas a hablar el idioma del grupo dominante. Cada una escucha en su propia lengua. La unidad no exige borrar la diferencia.

Mi identidad no necesita ser uniforme para conservar la coherencia. Puedo llevar dentro de mí más de una lengua, más de una memoria cultural y más de una manera de interpretar la realidad. Esa diversidad interior no tiene por qué producir fragmentación. Puede ampliar la sensibilidad y favorecer el encuentro con otras personas que también viven entre fronteras, historias y pertenencias.

Mis raíces no están encerradas en un solo territorio. Algunas permanecen en la tierra donde nací. Otras crecieron en los lugares donde continuó mi historia. No necesito disminuir una para afirmar la otra. Soy alguien que vive aquí sin dejar de llevar consigo algo de allá.

El regreso decolonial

La Odisea comienza después de la destrucción de Troya. Odiseo no regresa de un viaje inocente sino de una guerra de conquista. Mientras anhela reunirse con Penélope y recuperar su casa, numerosas familias troyanas lloran a quienes nunca volverán. Mientras él recuerda Ítaca, otras casas fueron incendiadas. Las relecturas anticoloniales y poscoloniales de la obra han mostrado que el regreso, la identidad y el hogar cambian de sentido cuando se leen desde los pueblos marcados por la esclavitud, el desplazamiento y el imperialismo (Greenwood, 2007; McConnell, 2013).

La lectura decolonial impide contemplar el retorno únicamente desde la perspectiva del vencedor. Pregunta por las personas cuyos nombres fueron borrados de la narración heroica, recuerda a los compañeros que remaron, lucharon y murieron mientras Odiseo continuaba, y escucha a las mujeres tratadas como botín de guerra y a las personas esclavizadas cuya vida queda subordinada a la gloria del héroe.

Odiseo sobrevive muchas veces porque otros mueren. Una lectura centrada únicamente en su heroísmo puede presentar esas muertes como incidentes necesarios para que la historia avance. La hermenéutica del amor y la justicia también pregunta por sus familias, sus sueños y su derecho a regresar.

Todo liderazgo debe confrontar esta pregunta: ¿se ha construido mi Ítaca sobre el naufragio de quienes remaron conmigo? También necesita reconocer si celebra su llegada mientras oculta el cansancio de quienes hicieron posible el camino. Ningún logro se explica solo por la capacidad de una persona. Odiseo depende de sus compañeros, de los feacios, de Telémaco, Euriclea, Eumeo y Penélope. La identidad es singular, pero se forma en relación.

Una lectura decolonial también examina la manera en que se representa a las mujeres. Circe, Calipso, las sirenas y Penélope no pueden reducirse a obstáculos o tentaciones en el camino del varón. Poseen historias, deseos y sufrimientos propios. El peligro no reside en la mujer que seduce, sino en el deseo humano de poseer, dominar, permanecer eternamente admirado o escapar de la responsabilidad. La hermenéutica del amor y la justicia pregunta quién tiene voz, quién puede regresar, quién posee la casa y quién paga el costo de restaurarla.

Penélope y el hogar que reconoce

Odiseo llega a Ítaca disfrazado. Estar físicamente en la isla no significa que haya regresado plenamente. Necesita ser reconocido por quienes forman parte de su historia. Argos lo reconoce; Euriclea identifica su cicatriz; Telémaco descubre a su padre. Penélope, después de años de rumores y engaños, exige algo más que la mera afirmación del hombre que dice ser su esposo (Homero, 1982, canto XXIII).

La prueba decisiva se relaciona con el lecho matrimonial construido alrededor de un olivo vivo. Odiseo sabe que no puede trasladarse porque él mismo conoce cómo fue hecho. Penélope lo reconoce por un saber compartido, íntimo y relacional. El guerrero puede demostrar su fuerza con el arco; el esposo muestra quién es al recordar el lugar donde se sostiene la relación (Homero, 1982, canto XXIII).

El hogar no está formado solo por paredes ni por territorio. Se construye mediante memorias compartidas, reconocimiento, cuidado y reciprocidad. Ítaca puede ser una tierra, pero también una lengua, una mesa, una relación, una comunidad o una forma de nombrar a Dios. Regresar no siempre implica trasladarse geográficamente. Puede significar recuperar una voz silenciada, reconciliarse con la propia historia o restaurar vínculos que la violencia intentó destruir.

El relato de Lucas 15 presenta otro regreso. El hijo decide volver cuando entra en sí. Su retorno comienza antes de llegar a la propiedad del padre. Comienza dentro de él cuando reconoce lo sucedido y decide emprender el camino. Sin embargo, la casa no queda completamente restaurada a su llegada. El hermano mayor permanece fuera. Toda Ítaca contiene conflictos no resueltos. El regreso de una persona no garantiza la reconciliación de la comunidad. El hogar necesita escuchar a quien vuelve y también a quienes permanecieron, esperaron, trabajaron, resistieron y sufrieron durante su ausencia.

Cuando la justicia se convierte en venganza

El regreso de Odiseo culmina en una violencia que no puede ignorarse. Los pretendientes han abusado de la hospitalidad, han consumido los bienes de la casa y han amenazado a Telémaco. Sus acciones requieren una respuesta, pero la justicia se convierte en matanza. La violencia también alcanza a personas con mucho menos poder: doce mujeres esclavizadas son obligadas a limpiar la sala y luego son ahorcadas por orden de Telémaco. Sus historias no son escuchadas y el relato apenas examina las relaciones de coerción en las que vivieron (Homero, 1982, canto XXII).

No basta con celebrar que el héroe recuperó su casa. Es necesario preguntar qué clase de casa fue restaurada y sobre qué cadáveres se restableció su autoridad. La justicia pierde su orientación cuando reproduce la misma deshumanización que pretendía corregir. La Biblia conoce esta tensión. Los profetas denuncian la violencia aun cuando la ejerce el propio pueblo, porque la elección divina no autoriza la impunidad. Miqueas lo expresa con claridad: «Practicar la justicia, amar la misericordia y caminar humildemente ante tu Dios» (Miqueas 6:8, NVI).

Algo semejante puede reconocerse en el relato de Caín y Abel. Caín interpreta la respuesta del Creador como un favor concedido a su hermano y un rechazo hacia él. El texto no explica la razón de la diferencia entre las ofrendas ni afirma que Caín buscara justicia; esa es una lectura posible de su experiencia de agravio. Desde su perspectiva, Abel ocupa el lugar del reconocido y del protegido. En vez de dirigir su protesta a Dios o expresar el dolor que siente, convierte a su hermano en responsable de la preferencia que atribuye al Creador.

Caín intenta corregir mediante la violencia una situación que percibe como injusta. Busca eliminar al favorecido y, al hacerlo, convierte su reclamo de justicia en homicidio. Abel no había creado la diferencia entre las ofrendas ni tenía poder sobre la respuesta divina, pero terminó pagando con su vida por el resentimiento de su hermano. El acto de Caín revela cómo el deseo de justicia puede corromperse cuando deja de reconocer la humanidad del otro y convierte a una persona en un símbolo de todo aquello que nos hiere.

El relato no niega la experiencia de agravio de Caín. Dios mismo se acerca y le pregunta por su enojo. Sin embargo, tampoco permite que ese enojo justifique la destrucción de Abel. La pregunta divina procura abrir un espacio entre la emoción y la conducta, entre el dolor sentido y el daño que aún puede evitarse. Caín podía reconocer su enojo sin convertirlo en asesinato. Podía cuestionar lo ocurrido sin eliminar a quien consideraba beneficiado.

Después del homicidio, «el Señor preguntó a Caín: —¿Dónde está tu hermano Abel? —No lo sé —respondió—. ¿Acaso soy yo el que debe cuidar a mi hermano?» (Génesis 4:9, NVI). La pregunta devuelve la justicia al terreno de la relación. Caín no puede hablar de su propio agravio sin responder por la vida de Abel. Su contestación expresa la ruptura que el relato denuncia: la vida del otro también nos concierne.

Odiseo corre un peligro similar cuando la recuperación de su casa se convierte en una matanza. Como Caín, puede creer que la ofensa recibida autoriza una respuesta sin límites. En ambos relatos, la violencia pretende reparar un orden herido, pero acaba creando una injusticia mayor. La casa recuperada mediante la deshumanización del otro deja de ser un hogar justo. La justicia que necesita cadáveres para demostrar su poder ha perdido el rumbo.

El final de la Odisea reconoce que la matanza de los pretendientes amenaza con desencadenar otra guerra. Sus familiares buscan venganza y la paz exige detener la cadena de represalias (Homero, 1982, canto XXIV). La plenitud no llega cuando derrotamos a todas las personas que consideramos enemigas, sino cuando dejamos de necesitar enemigos para saber quiénes somos.

Ítaca como hogar abierto

La hospitalidad ocupa un lugar central en la Odisea. La forma en que una casa recibe a una persona extranjera revela su orientación moral. El huésped puede ser protegido o tratado como una amenaza. La casa puede convertirse en un refugio o en una fortaleza cerrada.

La Torá ordena amar a la persona extranjera porque Israel conoció la extranjería (Deuteronomio 10:18-19). Rut, siendo moabita, entra en la historia de Israel; Elías recibe alimento de una viuda extranjera; la familia de Jesús busca refugio en Egipto. Hebreos resume esta memoria en una exhortación: «No se olviden de practicar la hospitalidad, pues gracias a ella algunos, sin saberlo, hospedaron ángeles» (Hebreos 13:2, NVI).

Una Ítaca cerrada termina pareciéndose al imperio. El amor por la tierra se vuelve idolátrico cuando necesita deshumanizar a quien viene de fuera. La seguridad que depende de negar la humanidad del extranjero ya ha destruido algo esencial de la casa. El hogar necesita raíces y puertas. Las raíces conservan memoria y pertenencia. Las puertas permiten recibir, compartir, aprender y transformarse.

Celebrar lo nuestro no exige degradar lo ajeno. Podemos amar nuestra tierra sin imaginar que las demás están habitadas por bárbaros, enemigos o monstruos; podemos pronunciar nuestro nombre con dignidad sin silenciar el del otro y afirmar nuestra cultura, nuestra lengua y nuestras costumbres sin convertirlas en la medida absoluta de lo humano.

Lo mismo ocurre con la fe. Una convicción religiosa no necesita alimentarse del desprecio hacia las afiliaciones de otras personas. Cuando solo puede sostenerse al presentar las demás tradiciones como inferiores, revela más inseguridad que firmeza. La profundidad de la fe se reconoce en la manera de vivir, de tratar al prójimo, de buscar la justicia y de respetar la conciencia ajena. Nuestros logros tampoco requieren la humillación de quienes recorrieron otros caminos. Toda realización personal lleva las huellas de personas, oportunidades y circunstancias que hicieron posible el recorrido.

Esta ética se extiende también a la manera de hablar sobre las relaciones. Podemos agradecer una relación nueva sin degradar a la persona con quien compartimos una etapa anterior. No hace falta destruir el valor de lo vivido para reconocer que una relación terminó, cambió o llegó a ser insostenible. Convertir el pasado en una historia de desprecio para justificar el presente puede ser una forma de violencia narrativa.

La afirmación madura de lo propio no depende de comparaciones humillantes. Puedo amar mi tierra sin despreciar la tuya, celebrar mi fe sin atacar la tuya, reconocer mis logros sin disminuir los tuyos y agradecer una relación nueva sin convertir a la persona anterior en enemiga. La identidad adquiere firmeza cuando puede expresarse con libertad y deja espacio para que el otro exista con la misma dignidad.

Regresar no es repetir

Ahora, al regresar a mis vacas, mis gallinas y mis cultivos, comprendo de otra manera aquello que fui a buscar tan lejos. La agricultura, la teología, la psicoterapia y las neurociencias ya no me parecen mundos separados. En cada uno he intentado comprender la vida, los procesos que la sostienen, las fuerzas que pueden deteriorarla y las relaciones que favorecen su desarrollo.

En el trabajo agrícola aprendí a preparar la tierra sin pretender controlar la semilla. La psicoterapia me enseñó a escuchar sin apropiarme de la historia de otra persona. La teología me acercó al misterio sin permitirme encerrarlo en una doctrina, y las neurociencias ampliaron mi comprensión de ciertos procesos sin reducir al ser humano a la actividad del cerebro.

La tierra vuelve a enseñarme. Un sembradío muestra los efectos de años de cuidado y las huellas del abandono. Los animales dependen de decisiones humanas que pueden protegerlos o hacerles daño. El suelo puede alimentar durante generaciones, pero también puede agotarse cuando se le exige producir sin descanso.

Volver al campo desde una hermenéutica del amor y la justicia transforma mi relación con la agricultura. La tierra no es un objeto sin límites. Cuidarla exige recibir sus frutos sin destruir su capacidad de seguir dando vida. Requiere tratar a los animales como seres vivos bajo nuestra responsabilidad y recordar que el bienestar humano no puede construirse a costa del deterioro de aquello que sostiene la existencia.

La tierra que encuentro no es una pieza conservada del pasado. Ella también ha atravesado estaciones, cambios, cuidados y descuidos. Algunas plantas crecieron. Otras desaparecieron. Los paisajes continúan transformándose mientras estamos lejos. El encuentro ocurre entre una tierra transformada y un hombre que tampoco permaneció inmóvil.

Volver no reproduce mi infancia; abre una nueva relación con ella. Puedo reconocer mis raíces sin fingir que los años no han pasado y honrar al joven que partió sin obligar al hombre que regresa a vivir como si nunca hubiera salido. He vuelto con las historias escuchadas en el consultorio, los libros leídos, las preguntas nacidas en el seminario, lo aprendido al estudiar el cerebro y las memorias de los países donde continuó mi formación. Regreso también con mis duelos y mis celebraciones. Todo eso entra conmigo al campo.

Plantar el remo

Aquí puedo plantar el remo de mi travesía y permitir que lo aprendido dé frutos. La imagen procede de la profecía de Tiresias: Odiseo deberá internarse tierra adentro, con el remo al hombro, hasta encontrar un pueblo que no lo reconozca como instrumento del mar (Homero, 1982, canto XI). Plantarlo no pone fin al peregrinaje; le ofrece un suelo. No significa que haya dejado de moverme ni que todas mis preguntas hayan encontrado respuesta. Significa que lo aprendido durante tantos años puede regresar a la tierra, conversar con mi historia y ponerse al servicio de otras personas.

Continúo habitando mundos diversos. Mientras estoy aquí, extraño la vida que construí allá. Cuando estoy allá, reaparece la nostalgia por esta tierra. Ya no vivo esa experiencia como una identidad deficiente. La hibridez me permite llevar dentro de mí más de una memoria, más de una lengua y más de una forma de mirar la realidad.

Miro hacia atrás con reverencia, tristeza y gratitud. Allí están las personas que me formaron, las experiencias que hicieron posible mi camino y quienes ya no están de la misma manera. Miro hacia adelante con esperanza y también con temor, porque el futuro es incierto y no podremos recorrer todos los caminos.

El salmista pide: «Enséñanos a contar bien nuestros días, para que nuestro corazón adquiera sabiduría» (Salmo 90:12, NVI). La conciencia de la mortalidad no tiene por qué llevarnos a la desesperación. Puede enseñarnos a reconocer el valor de las relaciones, las decisiones y las tareas cotidianas y recordarnos que no conviene posponer indefinidamente el amor, la reconciliación, la justicia y la gratitud.

El presente es el lugar donde el ayer y el mañana se encuentran. Allí llegan los recuerdos y, desde allí, imaginamos lo que todavía puede venir. Vivirlo con plenitud no exige olvidar el dolor ni mantener una alegría constante. La plenitud permite que las tristezas y las celebraciones ocupen su lugar en una historia más amplia.

El Odiseo en mí

Reconozco al Odiseo que habita en mí cuando parto y, aun así, anhelo regresar; cuando camino hacia el mañana mientras el ayer continúa moviéndome; cuando busco la libertad y siento la tentación de quedarme dentro de lo conocido. Lo reconozco cuando la inteligencia me ayuda y la altivez complica el camino, cuando escucho sirenas y debo admitir que la fuerza de voluntad no siempre basta, y cuando desciendo al mundo de los muertos y comprendo que no puedo construir el futuro borrando a quienes forman parte de mi historia.

También me reconozco en él cuando deseo vivir plenamente mientras aprendo a aceptar la enfermedad, el envejecimiento y la muerte. Una vida prolongada perdería su plenitud si quedara separada del amor, de la historia y de la pertenencia.

Pero no solo me identifico con Odiseo. Hay algo de Penélope en la espera, el discernimiento y la resistencia a aceptar afirmaciones sin evidencia. Me encuentro con Telémaco mientras busco una historia que comenzó antes que yo. Conozco la experiencia de la persona extranjera que llega a una costa desconocida y la de quien es considerado extraño por hablar con otro acento. También soy el compañero que rema y desea regresar y el familiar de quien murió mientras los demás continuaron el viaje.

No puedo hablar del Odiseo que habita en mí sin reconocer que mi historia está entrelazada con las vidas de quienes enseñaron, cuidaron, escucharon, esperaron y sostuvieron mi peregrinaje. La plenitud no consiste en llegar solo, sino en llegar sin borrar a quienes hicieron posible el camino, recuperar la casa sin convertirla en fortaleza, plantar el remo cuando la tormenta ha terminado y aprender nuevamente a cultivar.

No regresamos para convertirnos en quienes éramos antes de partir. Regresamos para integrar lo vivido. Tampoco avanzamos para escapar de nuestra historia; caminamos para relacionarnos con ella de manera más libre, responsable y compasiva. He regresado a mis vacas, mis gallinas, mi maíz, mis guanábanas, mi café y mi cacao. Los reconozco, pero los contemplo con otros ojos. Me conectan con mi historia y me recuerdan que ninguna historia permanece inmóvil. Ni yo soy el mismo ni veo mi tierra igual. El Odiseo que todavía está en mí sigue en camino.

 

Referencias

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Homero. (1982). Odisea (J. M. Pabón, Trad.; M. Fernández-Galiano, Intro.). Gredos.

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