RECURSOS · 25 October, 2026
El humor y Halloween frente al miedo y la muerte.

El humor y Halloween
frente al miedo y la muerte
Esteban Montilla, Ph.D.
Una calavera que sonríe, un fantasma hecho con una sábana o una anécdota graciosa contada durante un velatorio pueden parecer fuera de lugar. Sin embargo, en esas escenas reconocemos una valiosa capacidad humana. Podemos acercarnos, mediante el humor, a experiencias que nos inquietan, incluso a la muerte. Por un momento, aquello que nos atemoriza entra en una conversación compartida y adquiere una forma con la que podemos jugar.
El humor, las festividades y el recuerdo de quienes murieron pueden ofrecernos descanso y fortalecer nuestras relaciones. Halloween permite explorar esta posibilidad mediante disfraces, historias y encuentros. Las celebraciones dedicadas a los muertos, con sus diferencias culturales y religiosas, nos invitan a reconocer cuánto siguen significando para nosotros las personas que han muerto. Desde una perspectiva pastoral, ambas experiencias plantean una pregunta sobre cómo vivir con mayor libertad, cuidar a quienes sufren y disfrutar de la vida que aún compartimos.
La mortalidad y la angustia de sabernos finitos
La mortalidad forma parte de la vida. Lo vemos en los árboles que se secan, en los animales que envejecen y en las personas cuya existencia llega a su fin. Cada nacimiento abre una historia que tendrá un límite. Sabemos que moriremos, pero también hacemos planes, establecemos relaciones y deseamos permanecer junto a quienes amamos. Esa convivencia entre el deseo de vivir y el conocimiento de nuestro final puede generar mucha angustia.
Los escritores bíblicos miraron de frente esta condición. En Eclesiastés 3:19–20, Qohelet observa que los seres humanos y los animales comparten el aliento de vida y el destino de la muerte. Todos proceden del polvo y a él regresan. Génesis 3:19 también anuncia el regreso del ser humano a la tierra de la que fue formado. Son maneras de expresar nuestra pertenencia a una vida que no podemos conservar indefinidamente.
Qohelet lleva la reflexión al terreno de las diferencias sociales y religiosas. En Eclesiastés 9:2–3 se señala que la muerte alcanza tanto a quien actúa con justicia como a quien obra mal, tanto a quien ofrece sacrificios como a quien no los ofrece. Ninguna posición religiosa nos excluye de esa condición. El salmista, por su parte, pide aprender a contar los días para vivir con sabiduría (Salmo 90:12). Reconocer que nuestro tiempo tiene un límite puede ayudarnos a prestar atención a cómo lo estamos viviendo.
Que la muerte sea natural no significa que la vivamos sin dolor. La angustia puede surgir al imaginar nuestra propia ausencia, el sufrimiento de quienes quedarían o los proyectos que no alcanzaríamos a realizar. Cuando muere alguien amado, además, se interrumpe una relación concreta. Queda sin destinatario una llamada cotidiana, cambia la mesa familiar y desaparece una voz con la que contábamos. Saber que todos moriremos no nos prepara por completo para el momento en que muere esta persona cuya presencia daba forma a nuestros días.
La irreversibilidad hace especialmente difícil esa experiencia. Podemos reparar algunos errores y retomar ciertas relaciones después de una separación, pero la muerte impide recuperar la convivencia con la persona tal como era. Al dolor por lo sucedido se le suma el pesar de que ya no viviremos juntos. Aprender a reconocer esa realidad requiere tiempo, relaciones que nos sostengan y libertad para expresar lo que sentimos.
Nuestra condición de mortalidad también hace más urgente proteger la vida. Las muertes provocadas por la violencia, el abandono o la falta de acceso al cuidado exigen responsabilidad y justicia. Reconocer la mortalidad nos compromete con las condiciones en las que vivimos y morimos. Desde esa conciencia de nuestra fragilidad compartida podemos comprender mejor por qué los seres humanos hemos desarrollado tantas formas de enfrentar el temor y de sostenernos ante una ausencia.
Las maneras de afrontar la muerte y vivir con la ausencia
Frente a la muerte, recurrimos a estrategias muy diferentes. Buscamos información, conversamos con personas de confianza, organizamos ceremonias, hacemos memoria, oramos o nos expresamos mediante el arte. En ocasiones necesitamos ocuparnos de las tareas diarias; en otras, detenernos a llorar. El humor forma parte de este repertorio. Cada recurso adquiere sentido según la historia de la persona, su cultura, sus relaciones y el momento que atraviesa.
Una de las tareas más concretas consiste en reorganizar la vida cotidiana. Quien compartía decisiones con su pareja puede encontrarse resolviéndolas en soledad. Una familia puede tener que distribuir de otra manera el cuidado de los niños, los gastos o las responsabilidades del hogar. Aprender a vivir sin la presencia de alguien incluye esas acciones pequeñas y exigentes. Pedir ayuda para realizarlas también es una forma de cuidar la vida que continúa.
Margaret Stroebe y Henk Schut (1999) propusieron comprender el duelo como un movimiento entre atender al dolor de la ausencia y responder a las necesidades de la vida que ha cambiado. En términos sencillos, podemos dedicar un momento al recuerdo y, después, ocuparnos del trabajo, descansar o conversar sobre otro asunto. En este modelo, esas pausas forman parte de la adaptación. La persona necesita espacio tanto para reconocer la ruptura de la relación como para participar en las actividades actuales.
También buscamos sentido. Robert Neimeyer (2019) explica que una muerte significativa puede alterar lo que dábamos por sentado sobre la vida y nuestras relaciones. Esa ruptura lleva a revisar la historia personal y el significado de lo vivido. Podemos preguntarnos quiénes somos ahora, qué conservamos de aquella relación y hacia dónde deseamos orientar nuestros días. En mi comprensión del duelo, integrar esta experiencia en nuestra biografía permite reconocer tanto la muerte como el lugar que la persona sigue ocupando en nuestra historia.
La búsqueda de sentido puede convivir con preguntas sin respuesta. A veces no encontramos una explicación satisfactoria de por qué ocurrió una muerte, especialmente cuando hubo violencia o cuando una vida terminó demasiado pronto. Aun así, podemos elegir cómo cuidar a quienes quedan, mantener un compromiso compartido o dedicar parte de nuestra vida a una causa que consideramos justa. El sentido también se construye mediante esas decisiones, sin exigirnos considerar bueno lo que nos hizo sufrir.
La fe ofrece a muchas personas palabras para expresar esperanza, pedir fortaleza y compartir el dolor en comunidad. Otras encuentran apoyo en la amistad, la naturaleza, la creación artística o el servicio a los demás. Escribir una carta a quien murió, componer una canción o reunir testimonios sobre su vida puede dar forma a lo que cuesta decir. La asistencia pastoral debe respetar las convicciones de cada persona y ofrecer espacio para sus preguntas, incluidas las dudas y las protestas.
También hay maneras de prepararnos para nuestra propia muerte. Podemos conversar sobre nuestros deseos de cuidado, poner en orden las responsabilidades y decirles a las personas lo que significan para nosotros. Estas acciones expresan el reconocimiento de nuestra mortalidad y el interés por quienes seguirán viviendo. Cuando la angustia o las dificultades del duelo desbordan los recursos disponibles, buscar asistencia profesional amplía las posibilidades de cuidado. Dentro de esa diversidad de recursos, el humor puede ofrecer un descanso y permitirnos recuperar, por un momento, el gusto de estar con otros.
El humor en el bienestar humano
El ser humano busca la alegría mediante el arte, la música, la poesía, la comedia y el juego. En el humor encontramos una manera de expresar lo que pensamos, sentimos y esperamos. A veces basta una observación inesperada para aliviar una conversación tensa. Otras veces, al reconocer lo absurdo de una situación, descubrimos que podemos mirarla de otra manera. El problema puede seguir presente, pero nuestra relación con él cambia.
Ángel Rodríguez Idígoras (2008) explica que el humor puede ampliar nuestra manera de interpretar lo que vivimos. En el mismo volumen, Carlos Alemany y Raúl Cabestrero (2008) examinan su utilidad para tomar cierta distancia respecto de una preocupación y para facilitar la relación de ayuda. Esa distancia permite que una dificultad deje de ocupar, aunque sea brevemente, todo el espacio de nuestra atención. También podemos reconocer nuestras equivocaciones con menos dureza y hablar de ellas sin sentir que nuestro valor como personas está en juego.
La investigación ofrece algunos resultados alentadores. Wellenzohn et al. (2016) estudiaron actividades sencillas, como recordar situaciones divertidas o buscar oportunidades para usar el humor en la vida cotidiana. Se observaron mejoras en la felicidad declarada por los participantes; con algunas actividades, los beneficios persistieron hasta seis meses después. Los cambios en los síntomas depresivos fueron más breves. Estos resultados ayudan a comprender el valor de cultivar experiencias agradables, sin convertirlas en una exigencia de estar siempre contentos.
También se han estudiado las respuestas del organismo humano. Caroline Kaercher Kramer y Cristiane Bauermann Leitao (2023) reunieron ocho estudios con 315 participantes y encontraron que las actividades que provocaban risa espontánea se asociaban con una mayor reducción del cortisol que las actividades de comparación. El cortisol es una hormona que participa en la respuesta al estrés. En una revisión de quince ensayos controlados aleatorizados, Li et al. (2026) encontraron resultados favorables en la reducción del estrés, aunque las diferencias entre los estudios y sus limitaciones impiden afirmar que el mismo beneficio se aplique a todas las personas. En conjunto, la evidencia permite considerar el humor y la risa como recursos de apoyo al bienestar, dentro de un cuidado más amplio.
Hay, además, un valor social en el humor. La sátira, que expone defectos y abusos mediante la exageración o la burla, puede cuestionar a quienes presentan su poder como incuestionable. Una caricatura o una escena de comedia puede hacer visible la distancia entre lo que una autoridad promete y lo que hace. La hermenéutica del amor y la justicia propone interpretar la vida atendiendo al cuidado y la dignidad de las personas. Desde esa perspectiva, importa reconocer hacia dónde se dirige la risa y qué consecuencias conlleva. Denunciar una conducta abusiva es una tarea distinta de humillar a quien tiene menos recursos para defenderse.
El humor también aparece en la Biblia
La lectura solemne de la Biblia puede hacernos pasar por alto algunas de sus escenas más irónicas. Milton Acosta (2009/2020), en El humor en el Antiguo Testamento, estudia cómo los escritores bíblicos emplearon situaciones inesperadas, exageraciones y contradicciones para hacer pensar a sus lectores. El efecto puede ser una sonrisa, pero también la incomodidad de reconocernos en un personaje que se toma demasiado en serio.
En Números 22, por ejemplo, Balaam no ve al mensajero que le bloquea el camino, mientras que su burra sí lo ve. El hombre golpea al animal porque interpreta su comportamiento como un obstáculo para continuar. La escena invierte lo esperado. El personaje asociado con la capacidad de recibir revelaciones necesita que se le abran los ojos, y el animal que castiga advierte lo que él desconoce. Acosta (2009/2020) reconoce aquí un recurso cómico que cuestiona la seguridad del supuesto conocedor. La lectura invita a revisar la facilidad con que podemos despreciar a quien comprende algo que nosotros aún no hemos advertido.
En el relato de Jonás, la ironía se vuelve especialmente intensa. El profeta conoce la misericordia de Dios y, precisamente por eso, se resiste a su misión. Cuando Nínive recibe compasión, se enoja. Más adelante, se alegra de una planta que le da sombra y se indigna cuando se seca. El contraste entre su preocupación por la planta y su resistencia a preservar una ciudad deja al descubierto una compasión muy selectiva (Jonás 4; Acosta, 2009/2020). Podemos sonreír ante la contradicción y, después, preguntarnos por las personas que nosotros mismos excluimos de nuestra consideración.
Estos relatos muestran que el humor puede contribuir a una reflexión seria sobre la vida. También encontramos en Eclesiastés el reconocimiento de que hay tiempo para llorar y tiempo para reír (3:4). En Proverbios 17:22 se relaciona la alegría con el bienestar mediante una imagen médica. Son expresiones de sabiduría sobre la experiencia humana, escritas en contextos anteriores a la investigación clínica. Su valor pastoral radica en reconocer que la alegría tiene un lugar en la vida y que la solemnidad permanente tampoco expresa toda nuestra humanidad.
Halloween y el juego con nuestros temores
Halloween se celebra el 31 de octubre. Su nombre proviene de la expresión inglesa All Hallows’ Eve, que significa la víspera de Todos los Santos. En el calendario católico, el 1 de noviembre corresponde a Todos los Santos y el 2 a la conmemoración de los Fieles Difuntos. Son fechas relacionadas, con sentidos propios. El historiador Nicholas Rogers (2002) describe el desarrollo de Halloween a partir de tradiciones celtas, celebraciones cristianas y costumbres populares que fueron cambiando con las migraciones y la vida urbana. La fiesta que hoy conocemos tiene una historia de transformaciones.
En esa historia se entrecruzan el recuerdo de los muertos, las creencias en presencias sobrenaturales, las bromas y los disfraces. Con el tiempo, las fiestas infantiles, el intercambio de dulces y el entretenimiento comercial adquirieron mayor protagonismo (Rogers, 2002). Para comprender una celebración concreta necesitamos atender a lo que hacen y significan sus participantes. Una familia que prepara disfraces para visitar a sus vecinos puede estar buscando un encuentro alegre, sin atribuir a la actividad un sentido religioso.
El disfraz permite representar aquello que produce temor. Un fantasma puede convertirse en el vecino que saluda desde la puerta, y una calavera puede bailar o pedir caramelos. Lo amenazante aparece en una situación reconocible como juego. En esta lectura simbólica de Halloween, la imaginación nos permite burlarnos de la muerte.
Imaginemos que la muerte llega a medianoche para buscarnos. Recorre las calles convencida de que reconocerá nuestros rostros, pero en su lugar encuentra vampiros, brujas, animales fantásticos y esqueletos. Busca a una persona y se topa con un personaje. Se acerca a otra y la máscara vuelve a confundirla. Entre tanta gente disfrazada, la muerte ya no sabe a quién llevarse. Mientras intenta resolver su desconcierto, nosotros seguimos jugando.
Dentro de esa ficción, al pasar la medianoche celebramos que la muerte no nos reconoció y que viviremos otro día, quizá otro año. Los caramelos, el pan y las bebidas compartidas forman parte del festejo. Podemos imaginar a la muerte alejándose sin haber cumplido su propósito, mientras las personas regresan a casa, se quitan el disfraz y agradecen poder seguir juntas. Es una victoria imaginaria que expresa un deseo profundamente humano de disponer de más tiempo.
El juego nos permite representar la angustia y darle un desenlace distinto, al menos durante una noche. Sabemos que un disfraz no detiene la muerte. Precisamente porque conocemos nuestro límite, podemos disfrutar de la ficción de haberla confundido. La risa nace de esa complicidad. Todavía estamos aquí; podemos compartir alimento y tenemos una nueva oportunidad para querernos. La celebración del día siguiente o del año siguiente expresa esa alegría más que una garantía del futuro.
Andersen et al. (2020) estudiaron a 110 visitantes de una atracción de terror. Encontraron que el disfrute era mayor con niveles intermedios de miedo. El exceso de temor reducía ese disfrute. La investigación se realizó en un espacio de entretenimiento, pero ayuda a comprender por qué algunas personas buscan un susto cuando pueden vivirlo como parte de un juego. A partir de ello, podemos pensar que ciertas actividades de Halloween ofrecen una ocasión para experimentar temor dentro de límites elegidos y compartidos.
Esos límites merecen respeto. Un niño puede disfrutar de una calabaza iluminada y, al mismo tiempo, sentirse abrumado por una máscara. Una persona adulta puede preferir una reunión sin escenas de violencia. Dar libertad para participar, detenerse o retirarse permite que la fiesta conserve su carácter recreativo. Obligar a alguien a soportar un susto convierte la diversión de unos en el malestar de otros.
Los dulces y los alimentos compartidos también pueden expresar hospitalidad. Ofrecer algo agradable, reconocer a quienes viven cerca y dedicar un rato a jugar son acciones sencillas que aportan un componente humano a la celebración. En esta lectura, el dulce puede simbolizar el gusto por seguir viviendo. Ese significado nace del encuentro y de lo que las personas comparten, sin atribuir a un alimento el poder de resolver sus temores.
La Catrina y el arte de las calaveras
En el arte mexicano, la Catrina ofrece otra manera de mirar nuestra mortalidad. Su elegancia resulta llamativa porque, bajo el sombrero y el vestido, se revela un esqueleto. Esa combinación permite reconocerla como la igualadora. La riqueza, el cargo, la fama y los títulos que distinguen a las personas en vida no les otorgan una existencia sin fin. La calavera nos recuerda la fragilidad que compartimos.
La figura tiene una historia artística concreta. José Guadalupe Posada creó la imagen de una calavera femenina con un sombrero adornado, conocida como la Calavera Garbancera. Diego Rivera retomó ese antecedente en su mural de 1947, Sueño de una tarde dominical en la Alameda Central, y contribuyó a consolidar la figura de la Catrina que hoy reconocemos. El Museo Mural Diego Rivera sitúa esa representación en el marco del homenaje del pintor a Posada y de su recorrido por la historia de México (Instituto Nacional de Bellas Artes y Literatura, 2024).
La fuerza de la imagen reside también en su ironía. El vestido permite presumir distinción, pero el esqueleto deja a la vista lo que ninguna apariencia puede ocultar. Podemos leer en ella una crítica a la vanidad y a la pretensión de superioridad. Ante la muerte, quien manda comparte el mismo destino que quien recibe órdenes. Esta lectura dialoga con Eclesiastés 9:2–3, donde las diferencias en la conducta y en la práctica religiosa no eliminan el destino común.
Las calaveras de Posada circularon en un mundo de impresos populares. Las hojas volantes reunían imágenes y palabras para llegar a los lectores de la calle. En la imprenta de Antonio Vanegas Arroyo se publicaban noticias, canciones, relatos y calaveras dedicadas al Día de Muertos. La exposición José Guadalupe Posada: Transmisor documenta la relación entre el grabado, la actividad editorial y la cultura cotidiana (Museo Nacional de Arte, 2013). La calavera pertenecía así a una conversación pública en la que el arte podía divertir y comentar lo que ocurría en la sociedad.
En las calaveras literarias, esa conversación toma forma de versos que imaginan la muerte de personas aún vivas. La muerte puede ir a buscar a un político, discutir con un maestro o encontrarse con alguien que intenta seguir ejerciendo su oficio hasta en el cementerio. La exageración permite señalar una costumbre, una contradicción o un abuso. Grecia Monroy Sánchez (2026), al estudiar calaveras políticas impresas entre 1917 y 1928, muestra su riqueza poética y su capacidad para expresar miradas críticas sobre la etapa final de la Revolución mexicana. Son pequeñas construcciones literarias en las que la mortalidad sirve para hablar de la vida social.
El grabado y la poesía convierten, de ese modo, la calavera en una figura con la que podemos conversar. La muerte llega a bailar, a negociar o a quedar en ridículo. Como ocurre con los disfraces, la imaginación permite acercarse a una realidad difícil de mirar de frente. La Catrina recuerda que el poderoso también morirá. Esa igualdad final nos invita a mirar con mayor urgencia las desigualdades del presente y a preguntarnos cómo tratamos a quienes comparten con nosotros una vida limitada.
Recordar a quienes murieron
Las fiestas dedicadas a los muertos nos acercan a otra dimensión de la experiencia humana. Recordamos para mantener vivas las historias de quienes han formado parte de nuestra vida. Una receta, una fotografía o una expresión familiar puede devolvernos algo de la relación compartida. La ausencia permanece y, al mismo tiempo, reconocemos que esa persona sigue formando parte de nuestra biografía.
En México, las celebraciones del Día de Muertos reúnen tradiciones indígenas y elementos del calendario católico. La UNESCO (s. f.) describe estas festividades como prácticas de encuentro con los familiares fallecidos, celebradas entre finales de octubre y comienzos de noviembre, con variaciones entre las comunidades. Las ofrendas, las flores y la preparación de alimentos tienen sentido en esas historias y creencias. Su cercanía en el calendario con Halloween permite contactos e intercambios, pero cada celebración conserva una trayectoria cultural que merece ser conocida.
Para algunas familias, preparar el plato que le gustaba a una persona muerta o reunirse junto a su tumba es una manera de honrarla. Mientras cocinan o conversan, los mayores pueden contar a los más jóvenes cómo vivía, qué le preocupaba y qué la hacía reír. Esa transmisión permite conocer a quien quizá murió antes de que las nuevas generaciones pudieran conocerla. El recuerdo también conserva su humanidad cotidiana, con sus ocurrencias, sus errores y sus afectos.
Desde una comprensión integradora, el duelo compromete al organismo humano en su totalidad. La ruptura relacional provocada por la muerte puede transformar el descanso, los hábitos, las expectativas y la manera de vivir la fe. Integrar esa experiencia en nuestra biografía supone encontrar formas de vivir con lo sucedido y con lo que aquella relación sigue significando. Una celebración compartida puede ofrecer una ocasión para ello, según las necesidades y preferencias de cada persona.
El humor en los funerales ante una muerte irreversible
En los funerales también echamos chistes y hacemos gracia. A veces recordamos la manera particular de hablar de quien murió, una travesura o una respuesta que todavía nos sorprende. Cuando esa risa nace del afecto y se recibe con respeto, puede ayudarnos a lidiar con una realidad irreversible. La persona ha muerto y no podremos recuperar su presencia en la vida cotidiana. En medio de ese reconocimiento, la memoria nos devuelve algo de lo que disfrutamos juntos.
La risa no minimiza necesariamente el dolor. Puede aparecer precisamente porque duele reconocer que ya no escucharemos aquella ocurrencia en la voz de quien la decía. Al contarla, compartimos tanto la alegría del recuerdo como el pesar de la ausencia. El llanto y la sonrisa pueden sucederse en una misma conversación. Honrar a la persona implica recordar su vida más allá de la enfermedad, del accidente o de las circunstancias de su muerte.
Dacher Keltner y George Bonanno (1997) observaron, en entrevistas con personas que habían enviudado, que ciertas expresiones de risa se asociaban con menos emociones desagradables y con aspectos positivos de sus relaciones. Las entrevistas se realizaron seis meses después de la muerte. El estudio no demuestra que la risa cause esas diferencias, pero ayuda a reconocer que el dolor y la alegría pueden coexistir durante el duelo. Reír no es una obligación ni una medida del amor hacia quien murió.
En un velatorio, el humor también puede ofrecer un breve respiro a quienes llevan horas bajo una gran tensión. Una historia compartida facilita que las personas se miren, conversen y reconozcan que están juntas ante lo sucedido. Después puede volver el llanto. Ese movimiento nos recuerda que ninguna expresión aislada describe por completo el duelo de una persona.
El momento y la relación importan. Quien cuenta una historia debe atender a cómo la reciben las personas más afectadas. Algunas querrán recordar con humor y otras necesitarán silencio. Si una broma incomoda, corresponde detenerse. El humor tiene valor cuando ayuda a sostener la experiencia compartida y deja espacio para todas sus expresiones. Así puede ayudarnos a integrar la muerte en nuestra biografía y a aprender a vivir con la ausencia.
Una risa que respeta y cuida
El humor puede acercar a las personas y también herirlas. Alemany y Cabestrero (2008) advierten que su utilidad en una relación de ayuda depende de la sensibilidad hacia quien recibe la intervención. Una ocurrencia puede abrir una conversación cuando hay confianza. La misma frase, en otro momento o dicha por otra persona, puede percibirse como una expresión de desprecio. El deseo de hacer reír no nos libera de la responsabilidad por lo que provocamos.
En la vida cotidiana, esta responsabilidad requiere considerar a quién va dirigida la broma. Convertir una discapacidad, una enfermedad, el origen de una persona o su sufrimiento en motivo de diversión puede reforzar la exclusión. También importa la diferencia de poder. Cuando quien hace el chiste es un supervisor, un docente o una autoridad religiosa, las personas pueden reír para evitar una consecuencia desagradable. Esa risa no demuestra que se sientan respetadas.
El humor que cuida deja espacio para que la otra persona diga que algo le incomoda. Si una broma hiere, corresponde escuchar, reconocer el efecto y modificar la conducta. La frase «era solo un chiste» no compensa el daño. Incluso en Proverbios 26:18–19 se cuestiona a quien engaña a su prójimo y luego pretende justificarse diciendo que solo estaba bromeando. La responsabilidad por nuestras acciones también se mantiene cuando buscamos divertirnos.
En el cuidado pastoral, la alegría necesita libertad. Podemos recibir una anécdota divertida, compartir una sonrisa o facilitar un encuentro agradable sin exigir a nadie que cambie de ánimo. Habrá momentos para la conversación ligera y otros para escuchar el dolor. Cuando una persona necesita asistencia médica, psicológica o social, el humor puede formar parte del trato humano durante la atención de esas necesidades.
La responsabilidad de no condenar el juego
Resulta triste recurrir a la idea del diablo o de los demonios para juzgar a quienes participan en estos juegos. Un niño que se disfraza, una familia que comparte dulces o una persona que se pinta una calavera puede estar expresando creatividad, afecto o gusto por una tradición. Atribuirles una relación con el mal sin escuchar lo que hacen ni lo que esa actividad significa para esas personas convierte una ocasión de encuentro en un motivo de sospecha y condena.
El significado de una figura también depende de la historia en la que aparece. Un esqueleto dibujado en una hoja, una Catrina en un mural y un disfraz de fantasma pueden pertenecer al arte, a la sátira o al juego. Interpretar esas expresiones exige conocer su contexto. La hermenéutica del amor y la justicia nos orienta a escuchar a las personas y a examinar las consecuencias de sus acciones, en lugar de atribuirles intenciones a partir de una imagen aislada.
Quienes prefieren no participar conservan esa libertad. La misma consideración corresponde a quienes encuentran en la celebración una forma de convivir y de afrontar sus temores. Desde una perspectiva pastoral, preocupa que se asuste a los niños con amenazas espirituales o que se avergüence a una familia por una actividad recreativa. Podemos expresar nuestras convicciones sin convertir al vecino en sospechoso de servir al diablo. El cuidado se reconoce en la dignidad que protegemos y en la manera en que tratamos a las personas.
Conclusión
La muerte pertenece a nuestra condición de seres vivos, pero su naturalidad no elimina la angustia que puede provocarnos. Los escritores bíblicos reconocieron ese límite al hablar del retorno al polvo, del destino compartido con los animales y de la necesidad de contar nuestros días con sabiduría. Esa mirada nos sitúa ante la responsabilidad de cuidar la vida mientras la tenemos y de atender el dolor que deja una ausencia.
Para vivir con esa realidad recurrimos a la memoria, las relaciones, la fe, los rituales, el arte y las tareas cotidianas. El humor participa de esa búsqueda. Un funeral puede permitirnos recordar con afecto a quien murió y descansar un momento del dolor. La irreversibilidad permanece, mientras aprendemos a vivir sin aquella presencia e integramos la relación compartida en nuestra biografía.
En el juego de Halloween, la muerte llega a medianoche y se marcha, confundida, entre nuestros disfraces. Celebramos, dentro de esa historia, que tendremos otro día o quizá otro año. La Catrina y las calaveras literarias expresan, a su manera, la misma conciencia de la fragilidad. Se ríen de las pretensiones de grandeza y nos recuerdan que todos somos mortales. Podemos recibir esas creaciones como oportunidades para pensar, disfrutar y encontrarnos, sin condenar a quienes participan de ellas.
Qohelet invita a disfrutar de la comida, el amor y el trabajo en una existencia limitada por la muerte (Eclesiastés 9:7–10). Desde nuestra responsabilidad pastoral, esa invitación cobra forma cuando compartimos la mesa, atendemos una conversación pendiente o dedicamos tiempo a alguien que necesita compañía. Para quienes vivimos desde la fe, la esperanza en Dios puede sostener ese compromiso con la vida presente.
Celebremos, pues, la vida al reconocer la muerte. Celebremos la vida honrando a quienes murieron antes que nosotros. Podemos llorar cuando lo necesitemos, contar una historia que nos haga sonreír y recibir con gratitud un nuevo encuentro. Mientras estamos aquí, todavía podemos hacer de la vida de otras personas una experiencia más digna, más justa y también más alegre.
Referencias
Acosta, M. A. (2020). El humor en el Antiguo Testamento. Ediciones Puma. (Trabajo original publicado en 2009)
Alemany, C., & Cabestrero, R. (2008). Humor, psicología y psicoterapia: Estudios e investigaciones. En Á. Rodríguez Idígoras (Ed.), El valor terapéutico del humor (3.ª ed., pp. 111–184). Desclée De Brouwer.
Andersen, M. M., Schjoedt, U., Price, H., Rosas, F. E., Scrivner, C., & Clasen, M. (2020). Playing with fear: A field study in recreational horror. Psychological Science, 31(12), 1497–1510. https://doi.org/10.1177/0956797620972116
Instituto Nacional de Bellas Artes y Literatura. (2024, 29 de octubre). Recorridos especiales por el mural Sueño de una tarde dominical, en la Alameda Central, obra en la que se inmortalizó a La Catrina. https://inba.gob.mx/prensa/21261/recorridos-especiales-por-el-muralsueno-de-una-tarde-dominical-en-la-alameda-central-obra-en-la-cual-se-inmortalizo-ala-catrina
Keltner, D., & Bonanno, G. A. (1997). A study of laughter and dissociation: Distinct correlates of laughter and smiling during bereavement. Journal of Personality and Social Psychology, 73(4), 687–702. https://doi.org/10.1037/0022-3514.73.4.687
Kramer, C. K., & Leitao, C. B. (2023). Laughter as medicine: A systematic review and meta-analysis of interventional studies evaluating the impact of spontaneous laughter on cortisol levels. PLOS ONE, 18(5), e0286260. https://doi.org/10.1371/journal.pone.0286260
Li, L., Cui, Y., Guo, X., Zhou, Y., & Tang, Y. (2026). Laughter intervention for stress reduction in adults: A systematic review and meta-analysis of randomized controlled trials. BMC Psychology, 14, Artículo 800. https://doi.org/10.1186/s40359-026-04526-1
Monroy Sánchez, G. (2026). Formas poéticas y procesos escriturales en las calaveras políticas de la imprenta Testamentaría de Antonio Vanegas Arroyo (1917–1928). Inflexiones. Revista de Ciencias Sociales y Humanidades, (17), 183–219. https://doi.org/10.22201/udir.2954341xp.2026.260
Museo Nacional de Arte. (2013). José Guadalupe Posada: Transmisor [Cuadernillo de exposición]. https://www.munal.gob.mx/micrositios/posada/imgs/Cuadernillo.pdf
Neimeyer, R. A. (2019). Meaning reconstruction in bereavement: Development of a research program. Death Studies, 43(2), 79–91. https://doi.org/10.1080/07481187.2018.1456620
Rodríguez Idígoras, Á. (2008). La dimensión terapéutica del humor. En Á. Rodríguez Idígoras (Ed.), El valor terapéutico del humor (3.ª ed., pp. 15–40). Desclée De Brouwer.
Rogers, N. (2002). Halloween: From pagan ritual to party night. Oxford University Press. https://doi.org/10.1093/oso/9780195146912.001.0001
Stroebe, M., & Schut, H. (1999). The dual process model of coping with bereavement: Rationale and description. Death Studies, 23(3), 197–224. https://doi.org/10.1080/074811899201046
UNESCO. (s. f.). Las fiestas indígenas dedicadas a los muertos. https://ich.unesco.org/es/RL/las-fiestas-indigenas-dedicadas-a-los-muertos-00054
Wellenzohn, S., Proyer, R. T., & Ruch, W. (2016). Humor-based online positive psychology interventions: A randomized placebo-controlled long-term trial. The Journal of Positive Psychology, 11(6), 584–594. https://doi.org/10.1080/17439760.2015.1137624



