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RECURSOS · 12 octubre, 2026

Explorar sin despojar y sin conquistar

Explorar sin despojar y sin conquistar

Esteban Montilla, Ph.D.

12 de octubre de 2026

El espíritu de exploración y aventura nos invita a conocer nuevos mundos, ampliar nuestros saberes, desplegar nuestro potencial y encontrarnos con otros pueblos y personas. Estas posibilidades merecen ser celebradas. Al mismo tiempo, hemos de permanecer atentos y vigilantes para evitar que el deseo de explorar se convierta en una pretensión de conquistar, desplazar o despojar a los demás seres humanos. Podemos conocer otras formas de vida y participar en ellas con humildad, respeto y disposición para aprender.

Este mundo es lo suficientemente amplio como para que todos tengamos lugar. Es un mundo híbrido y compartido, donde convivimos con animales, plantas y demás componentes de la creación. Las proyecciones de las Naciones Unidas (2024) sitúan la población mundial en 2026 en torno a los ocho mil trescientos millones de personas. Vivamos esta diversidad dejando a un lado la falacia de que tengo que quitarle al otro para ponerme yo. No necesitamos escondernos detrás de culturas, religiones o textos sagrados para justificar desplazamientos y despojos. Podemos convivir, compartir este mundo y nuestras vidas.

El encuentro entre dos o más culturas puede abrir oportunidades para el desarrollo integral cuando quienes participan se reconocen como personas con dignidad, voz, poder y libertad. Podemos acercarnos al otro con el deseo de aprender y compartir, respetando su derecho a decidir sobre su vida, sus vínculos y su comunidad. Nuestra historia se ha nutrido de desplazamientos, intercambios de conocimientos y relaciones entre grupos diversos. Esa capacidad de encontrarnos sigue abriendo posibilidades para una convivencia más digna, siempre que los beneficios se compartan y se proteja la vida.

Los desafíos ambientales, la búsqueda de alimentos y las necesidades de convivencia son factores que han impulsado los desplazamientos humanos. Hace decenas de miles de años, grupos procedentes del noreste de Asia comenzaron a poblar las tierras que hoy llamamos las Américas. Entre las condiciones que hicieron posibles estos movimientos estuvo Beringia, una extensa región de tierra emergida que conectaba Asia con Alaska cuando las glaciaciones redujeron el nivel del mar (Farmer et al., 2023). Las rutas costeras del Pacífico, posiblemente recorridas por navegación y desplazamientos terrestres, y los corredores interiores pudieron tener importancia en períodos distintos (Praetorius et al., 2023).

Los avances arqueológicos han ampliado nuestra comprensión de la antigüedad de la presencia humana en este continente. A la evidencia de poblaciones establecidas desde hace al menos quince mil años se suman las huellas de White Sands, en el actual Nuevo México. Nuevas dataciones publicadas en 2025 respaldan la presencia de seres humanos en esa región hace unos veintitrés mil años (Holliday et al., 2025). Estas investigaciones nos invitan a reconocer una historia mucho más extensa y compleja que la que comienza con las expediciones europeas. El poblamiento de las Américas fue un proceso prolongado, con múltiples desplazamientos y adaptaciones.

A lo largo de miles de años, estos pueblos formaron comunidades, culturas y civilizaciones diversas. Desarrollaron sistemas de agricultura, de gestión del agua, de intercambio comercial, de arquitectura, de textilería, de educación, de gobierno y de vida religiosa. Sus conocimientos surgieron de la observación, la experiencia y la relación con los territorios que habitaban. Los pueblos que hoy llamamos indígenas u originarios poseen historias, lenguas e identidades propias, y continúan creando conocimientos y participando en la vida contemporánea (National Museum of the American Indian). Al reconocerlos, hemos de escuchar también cómo se nombran a sí mismos y cómo interpretan su historia. Su dignidad y sus derechos pertenecen al presente, junto con sus proyectos y aspiraciones.

Antes de 1492 también ocurrieron otros viajes y contactos. Los navegantes nórdicos llegaron al norte del continente y establecieron un asentamiento en L’Anse aux Meadows, en Terranova, en el actual Canadá. El análisis de maderas trabajadas en ese lugar ha permitido fechar la actividad nórdica al año 1021 de nuestra era (Kuitems et al., 2022). Esta evidencia confirma una presencia europea varios siglos antes de los viajes de Cristóbal Colón y amplía la historia de las exploraciones transatlánticas.

Las investigaciones genéticas también respaldan contactos entre poblaciones polinesias y pueblos indígenas americanos anteriores a los viajes de Cristóbal Colón y a la expansión colonial europea. Ioannidis et al. (2020) identificaron señales de intercambio genético hacia el año 1200. Un estudio posterior de genomas antiguos de Rapa Nui situó ese intercambio ancestral en la población estudiada entre 1250 y 1430 (Moreno-Mayar et al., 2024). El lugar exacto y los trayectos de esos encuentros siguen siendo objeto de investigación. Lo que estas evidencias permiten reconocer es la capacidad de distintos pueblos para navegar grandes distancias y establecer vínculos mucho antes de que los europeos describieran estos territorios como un mundo nuevo.

Más tarde, en octubre de 1492, Cristóbal Colón, navegante genovés al servicio de la Corona de Castilla, llegó al Caribe. Aquel viaje abrió una etapa de relaciones transatlánticas continuas y de expansión colonial. Las empresas españolas y portuguesas y, posteriormente, las de otras potencias europeas transformaron profundamente la vida de los pueblos de este continente. Los territorios a los que llegaron tenían habitantes, nombres, memorias y formas de organización. La expresión “nuevo mundo” reflejaba la perspectiva de quienes acababan de conocerlos. Para las personas que vivían acá, eran sus hogares, sus tierras de cultivo, sus lugares sagrados y los espacios donde transcurría su existencia.

En 1507, el nombre América apareció en el mapa de Martin Waldseemüller y fue explicado en la Cosmographiae introductio, atribuida a Waldseemüller y Matthias Ringmann, en honor de Américo Vespucio. Inicialmente se aplicó a Sudamérica y luego se extendió al continente en su conjunto. También, al nombrar, se ejerce poder. Recordar los nombres que los pueblos daban y siguen dando a sus territorios nos invita a reconocer las voces que quedaron desplazadas por la mirada de los recién llegados.

Estos encuentros estuvieron atravesados por una profunda tragedia. La hospitalidad de muchas comunidades fue aprovechada por quienes se atribuyeron derechos sobre sus tierras, sus cuerpos y su trabajo. Las empresas de conquista encabezadas por figuras como Cristóbal Colón, Hernán Cortés, Pedro de Alvarado y Francisco Pizarro se inscribieron en proyectos de dominio que recurrían al despojo y a la violencia. La colonización incluyó violaciones sexuales, tráfico de personas, trabajos forzados, destrucción de comunidades y masacres. Andrés Reséndez (2016) documenta la extensión de la esclavización indígena y su persistencia durante siglos, incluso mediante mecanismos que eludían las prohibiciones formales. Mujeres, hombres, niñas y niños fueron tratados como mercancías. A esta historia se sumó la de las personas africanas trasladadas por la fuerza y sometidas a la esclavitud en las Américas.

La imposición religiosa formó parte de ese dominio. Se descalificaron creencias, se reprimieron saberes y se presionó a las personas para que adoptaran la religión de quienes controlaban las armas, la tierra y el trabajo (Quijano, 2000). La convicción de ser superiores o de ser escogidos por la divinidad permitió presentar la crueldad como una misión legítima. Esta historia refleja el daño que pueden infligir líderes políticos y religiosos cuando usan el poder, la religión y los saberes para avanzar sus agendas económicas e ideológicas por encima del bienestar de las personas. La capacidad de navegar, construir o administrar adquiere valor humano cuando se pone al servicio de la vida y se ejerce con responsabilidad.

Las consecuencias de esta desgracia regional se extendieron mucho más allá de los primeros años de la conquista. Aníbal Quijano (2000) explica que la colonialidad del poder persiste cuando las jerarquías nacidas de la dominación siguen ordenando el trabajo, el conocimiento y las relaciones entre las personas. Esa lógica reaparece al atribuir superioridad a unos por su origen, lengua, color de piel, religión o posición económica. También se reproduce cuando se supone que un pueblo necesita renunciar a su identidad para ser considerado desarrollado o que sus conocimientos solo tienen valor después de ser reconocidos por quienes ocupan posiciones de privilegio.

Es triste notar que estas posturas siguen vigentes cuando líderes políticos y religiosos utilizan la Biblia, las promesas de grandeza o una historia sesgada para justificar la sumisión de los grupos marginados. Las ínfulas de superioridad, las falsas promesas y la demonización de quienes cuestionan el orden establecido continúan empobreciendo la convivencia. La memoria de las crueldades del pasado ha de movernos a examinar nuestras propias formas de ejercer el poder. También podemos intentar conquistar al otro cuando queremos decidir por él, apropiarnos de sus conocimientos o condicionar nuestra asistencia para que adopte nuestras creencias.

Las propias Escrituras ofrecen relatos a partir de los cuales podemos examinar esa pretensión de uniformar y dominar. Leídos desde una hermenéutica del amor y la justicia, Génesis 11 y Hechos 2 nos invitan a reconocer la diversidad de los pueblos y a cultivar formas de comunicación que nos permitan encontrarnos sin anularnos.

Génesis 11 y la dispersión como apertura a la diversidad

El relato de Génesis 11:1–9 comienza con una humanidad que comparte un mismo idioma. Quienes se establecen en la llanura de Sinar se proponen construir una ciudad y una torre. Su propósito se expresa en el versículo 4: «no tendremos que dispersarnos por toda la tierra» (DHH). La construcción de la ciudad responde al deseo de permanecer concentrados en un mismo lugar, unidos por una lengua y un nombre común. La torre forma parte de ese proyecto de permanencia y centralización. El monolingüismo y la concentración territorial dibujan, en esta lectura, el anhelo de preservar una monocultura.

El desenlace modifica precisamente esa intención. La intervención divina interrumpe la comprensión lingüística compartida y conduce a la dispersión. El versículo 8 señala que cesa la construcción de la ciudad, y el versículo 9 concluye que Dios «los dispersó por todo el mundo» (DHH). El movimiento central de la narración va de la concentración a la dispersión y de una lengua compartida a la pluralidad lingüística. La tierra se abre a formas diferentes de habitarla.

Theodore Hiebert (2007) interpreta este relato como una narración sobre el origen de las diferencias culturales. En su lectura, la voluntad humana de preservar una identidad común encuentra una iniciativa divina que introduce diversidad. Esa interpretación permite reconocer la pluralidad de lenguas y culturas como parte del designio de Dios para el mundo. Desde esta perspectiva, la dispersión abre espacio a la alteridad, es decir, a la existencia de otros con formas propias de nombrar la experiencia, de construir sentido y de organizar la vida.

Esta lectura adquiere una dimensión política cuando la vinculamos a la centralización del poder. Putrawan et al. (2022) analizan el relato como una respuesta a proyectos imperiales que pretendían unificar la lengua, el territorio y la identidad. Cuando un centro se atribuye el derecho de definir cómo han de vivir los demás, la diferencia queda sometida a sus exigencias. Una lengua dominante puede convertirse en un instrumento de subordinación si se utiliza para descalificar otras voces y excluir a quienes las hablan. La ciudad de Sinar permite examinar esa pretensión de convertir una forma particular de vida en la medida de toda la humanidad.

Desde una hermenéutica del amor y la justicia, podemos reconocer aquí el multilingüismo como parte del plan de Dios y como una apertura a la interculturalidad. La dispersión da lugar a pueblos distintos; la interculturalidad plantea la tarea de relacionarnos respetando esas diferencias. El organismo humano encuentra posibilidades de desarrollo en un mundo donde circulan diversos saberes y en el que ninguna cultura puede atribuirse el monopolio de lo humano ni de lo divino. Cada pueblo tiene algo que expresar y también algo que aprender.

La aplicación de esta lectura nos compromete a proteger el derecho de los pueblos a conservar sus lenguas, habitar sus territorios y decidir sobre sus relaciones. Podemos compartir conocimientos, construir ciudades y trabajar en proyectos comunes respetando esas libertades. La diversidad requiere condiciones para que cada comunidad pueda participar con voz propia. Explorar desde esta comprensión supone acercarnos a mundos que ya tienen nombres, historias y significados, con disposición para conocerlos y dejarnos enseñar.

Hechos 2 y el don de la escucha y de la comunicación

El relato de Pentecostés en Hechos 2 nos invita a pensar en cómo encontrarnos en medio de esa diversidad. La escena reúne en Jerusalén a creyentes galileos y a personas judías de distintas procedencias, incluidas las convertidas al judaísmo. La enumeración de regiones en los versículos 9–11 sitúa al lector ante una pluralidad de lenguas y de experiencias culturales. En ese encuentro, la comprensión llega a cada persona en el idioma que reconoce como propio.

La insistencia de la narración merece nuestra atención. Primero señala que «cada uno oía a los creyentes hablar en su propia lengua» (Hechos 2:6, DHH). Luego recoge el asombro de la multitud: «¿Cómo es que los oímos hablar en nuestras propias lenguas?» (Hechos 2:8, DHH). Finalmente, vuelve a la misma experiencia: «¡Y los oímos hablar en nuestras propias lenguas de las maravillas de Dios!» (Hechos 2:11, DHH). La repetición dirige nuestra mirada hacia quienes escuchan. La palabra adquiere sentido en la lengua con la que cada persona ha aprendido a nombrar su mundo. La experiencia alcanza su sentido relacional cuando el otro puede comprenderla a partir de su propia lengua. El encuentro permite participar sin exigir renunciar a la identidad lingüística.

Willie James Jennings (2017, pp. 28–31) destaca el milagro de la escucha y lo vincula a una profunda relación con otros pueblos a través de sus lenguas. Aprender una lengua requiere recibir enseñanza de quienes la hablan y acercarse a las experiencias que dan significado a sus palabras. Su lectura de Pentecostés cuestiona las prácticas coloniales que declararon inferiores las lenguas de los pueblos sometidos. La comunicación que nace del Espíritu nos predispone a reconocer al otro como alguien que puede enseñarnos.

Amos Yong (2016) relaciona la diversidad lingüística de Pentecostés con las culturas, tradiciones e historias de quienes participan. La lengua forma parte de la vida concreta de un pueblo. Desde esta comprensión, las maravillas de Dios pueden escucharse y celebrarse en diferentes idiomas. La comunión se desarrolla en esa pluralidad, con personas que conservan sus pertenencias y pueden enriquecerse a través del encuentro.

Esta experiencia nos invita a cultivar una escucha noble. Escuchar requiere interesarnos por lo que la otra persona quiere expresar, preguntarle qué significan sus palabras y permitir que su experiencia influya en nuestra manera de comprender. Quien enseña, investiga o ejerce una función pastoral puede reconocer sus propios límites y aprender de quienes reciben su asistencia. Cuando entramos en otra comunidad, sus habitantes tienen derecho a explicarse por sí mismos y a participar en las decisiones. Su voz, su poder, su libertad y su relacionalidad han de tomarse en serio.

Leídos en diálogo, Génesis 11 y Hechos 2 ofrecen una orientación para explorar sin despojar ni conquistar. En la dispersión reconocemos espacio para que existan muchos pueblos y muchas lenguas; en Pentecostés reconocemos la posibilidad de comprendernos conservando esa diversidad. La escucha hace posible cruzar fronteras culturales con respeto. Podemos compartir este mundo y nuestras vidas cuando renunciamos a imponer una sola manera de existir y nos disponemos a aprender de lo que cada pueblo tiene que decir.

Celebrar la diversidad y compartir la vida

La celebración de los encuentros culturales ha de surgir de los beneficios que pueden aportar los intercambios entre grupos diversos. Estos encuentros ofrecen oportunidades para el desarrollo de saberes, tecnologías, economía, arte, arquitectura, religión y culinaria, cuando las personas se abordan con humildad, curiosidad y apertura. Aprender de otra cultura puede ampliar nuestra comprensión de la vida y ayudarnos a revisar prácticas que generan sufrimiento. Para que el intercambio sea justo, quienes participan han de poder influir en sus condiciones y disfrutar de sus beneficios. La diversidad florece cuando existe espacio para hablar, disentir, elegir y seguir siendo diferentes.

Explorar sin despojar ni conquistar requiere reconocer el derecho de los pueblos a decidir sobre su presente y su futuro. La Declaración de las Naciones Unidas sobre los derechos de los pueblos indígenas reconoce su libre determinación, su participación en las decisiones que los afectan y su derecho a mantener y desarrollar sus identidades, instituciones y culturas (Asamblea General de las Naciones Unidas, 2007). Este reconocimiento nos compromete a tomar en serio sus voces y sus decisiones. Respetar a una comunidad incluye aceptar sus límites, escuchar sus prioridades y reconocer su libertad para aceptar, transformar o rechazar lo que otros le proponen.

Esto también tiene consecuencias para quienes enseñamos, investigamos, ejercemos funciones pastorales o prestamos servicios de salud. Entrar en la vida de una persona o de una comunidad exige cuidado con el poder que traemos. Los saberes profesionales pueden ponerse al servicio de lo que las personas consideran valioso, mediante relaciones en las que puedan influirnos y participar en las decisiones. Compartir conocimientos requiere reconocer los aportes de quienes nos reciben y respetar lo que desean conservar, comunicar o reservar. La asistencia adquiere un sentido noble cuando contribuye al bienestar y al despliegue de posibilidades que las propias personas reconocen como suyas.

Podemos celebrar la vida de quienes sobrevivieron a las atrocidades y de sus descendientes, que continúan sosteniendo sus comunidades. Podemos celebrar a las personas que protegieron a otras, resistieron el despojo, defendieron la libertad y se dedicaron a mitigar el dolor causado por los poderes coloniales. También a quienes preservaron lenguas, conocimientos, relatos y objetos históricos, y registraron las crueldades para que hoy podamos conocerlas y asumir nuestra responsabilidad ante ellas. Esa memoria puede movernos hacia la compasión y la justicia, al comprometernos a impedir que tales prácticas continúen en nuestras relaciones e instituciones.

Celebramos los encuentros interculturales al renunciar a la idea de creernos superiores y a la ilusión de ser escogidos para disponer de la vida ajena. Los celebramos al dejar de vivir empeñados en ser los mejores y al comprometernos a dar lo mejor de nosotros. Los celebramos al rehusar el etnocentrismo religioso, al hacer un uso sabio del poder, al respetar los derechos humanos y al evitar la exclusión por motivos de condición o de identidad. También al reconocer los daños, contribuir a su reparación y compartir las decisiones con quienes han sido mantenidos al margen.

Celebramos la vida de los pueblos originarios de las Américas, de las personas africanas y sus descendientes, y de tantas mujeres y hombres cuyos esfuerzos sostienen nuestras posibilidades de vivir con libertad, dignidad y paz. Celebramos a quienes, desde la vida comunitaria y las responsabilidades políticas o religiosas, promueven el bienestar integral de todas las personas en el marco de la justicia, el amor y la paz. Explorar sin despojar y sin conquistar es disponernos a conocer y a dejarnos enseñar, a compartir lo que sabemos y a construir relaciones en las que cada persona y cada pueblo puedan vivir con voz propia.

Referencias

Asamblea General de las Naciones Unidas. (2007). Declaración de las Naciones Unidas sobre los derechos de los pueblos indígenas (Resolución 61/295). https://digitallibrary.un.org/record/606782

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Ioannidis, A. G., Blanco-Portillo, J., Sandoval, K., Hagelberg, E., Miquel-Poblete, J. F., Moreno-Mayar, J. V., Rodríguez-Rodríguez, J. E., Quinto-Cortés, C. D., Auckland, K., Parks, T., Robson, K., Hill, A. V. S., Avila-Arcos, M. C., Sockell, A., Homburger, J. R., Wojcik, G. L., Barnes, K. C., Herrera, L., Berríos, S., . . . Moreno-Estrada, A. (2020). Native American gene flow into Polynesia predating Easter Island settlement. Nature, 583(7817), 572–577. https://doi.org/10.1038/s41586-020-2487-2

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