Jesus de Nazaret: El Salvador y Liberador
Esteban Montilla | 12 junio, 2015
Le pondrás por nombre Jesús [Josue] porque él salvará a su pueblo de sus pecados (Mateo 1:21).
Seleccionar el nombre de un bebé es una tarea que no suele tomarse a la ligera. La futura mamá y el futuro papá pasan gran parte del embarazo pensando en el nombre de la criatura que viene en camino y preparando listas de posibles nombres. Rechazan algunos, privilegian otros, anotan, tachan, combinan unos con otros, lo colocan junto al apellido para ver cómo suena. En muchos casos el nombre del niño o de la niña se entronca en la tradición familiar, en otros, las parejas escogen estrenar un nombre nuevo libre de cargas o de reminiscencias. Lo que sí es común a todos los papás y las mamás es que procuran que el nombre seleccionado tenga sentido, signifique algo. Por eso son tan populares los libros que recogen los significados de los nombres. Porque nombrar implica identificar, significar. El nombre es la carta de presentación de una persona y en el nombre se recogen valores o características que quisiéramos ver encarnados en nuestros hijos e hijas. El nombre revela la identidad de la persona.
En la tradición judeocristiana, el nombre de una persona reviste gran importancia justamente por lo que puede revelar de la identidad o del ministerio de una persona. En los textos bíblicos vemos muchísimos ejemplos de cuan importante es nombrar a alguien. Cambiar el nombre y dar un nuevo nombre es igualmente importante porque nombrar es también transformar. Recordemos que Jesús cambia el nombre de Simón a Pedro justamente cuando le iba a encomendar una nueva e importante misión: “Dichoso tú, Simón, hijo de Jonás —le dijo Jesús—, porque eso no te lo reveló ningún mortal, sino mi Padre que está en el cielo. Yo te digo que tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi iglesia, y las puertas del reino de la muerte no prevalecerán contra ella (Mateo 16:17-18). Y poco antes de la visita del ángel a José, Dios había abierto el camino enviando a su ángel mensajero para comunicarle a Zacarías el nombre del hijo que esperaba con Isabel: Juan es su nombre escribió el padre en la tabla cuando le preguntaron el nombre del niño (Lucas 1, 62-64), revelando así a través del nombre que Dios se había apiadado de la humanidad, y era propicio a la reconciliación.
Aunque, un poco en broma, podríamos decir que el Ángel que se le apareció a José para comunicarle el nombre del Hijo que venía en camino lo liberó del dilema de tener que buscar un nombre para el bebé, de las listas, de las recomendaciones y de los posibles conflictos con la abuela, el abuelo y con el resto de familiares, quienes estudiamos los textos bíblicos, sabemos que la visita del Ángel tiene una gran importancia en el proceso de revelarnos quién es ese niño que vendrá.
El nombre que el ángel del Señor le proporcionó a José era bastante común, Josué, que en su forma griega es Jesús. Sin embargo Dios fue intencional al comunicarle a José su deseo: “Le pondrás por nombre Jesús [Josue] porque él salvará a su pueblo de sus pecados”. Josué, precisamente significa Yahvé Salva. Pero el mensaje no sólo comunica que Yahvé Salva sino que el niño que viene Salvará a su pueblo de sus pecados. Su nombre comunica su identidad y su ministerio.
¿De qué nos salva el Señor?
El autor del libro de Mateo ubica la visita del ángel a José en el contexto genealógico de Jesús de Nazaret. A pesar de que no están muy claras las razones por las cuales el autor de este evangelio inicia la obra de esta manera, evidentemente, se quería afirmar que Jesús fue un personaje real e histórico descendiente del linaje del fundador de la fe hebrea, Abraham, así como también del gran unificador y rey, David.
El autor, asumiendo una perspectiva teológica y nemotécnica, divide la genealogía en tres períodos que abarcan unos dos mil años. De manera curiosa y contrario a la tradición literaria, en la narrativa destacan mujeres en cada uno de los tres periodos; Tamar (Génesis 38), Rajab (Josué 2), Rut (Rut 3), Betsabé (2 Samuel 12) y María (Mateo 1). Es inspirador el hecho de que el autor incluya en los antepasados de Jesús de Nazaret a mujeres de otros países, a mujeres con un historial conductual cuestionado por la sociedad y a mujeres adolescentes embarazadas. Entonces el mensaje está muy claro: Jesús es un auténtico israelita, hijo de reyes, pero también, hijo de inmigrantes, hijo de personas marginadas e hijo de una adolescente. Es precisamente este hijo, con su claro mestizaje cultural y étnico, la esperanza para la reconciliación y reivindicación del pueblo de Dios. Así, pues, se puede decir que la salvación viene de los mestizos.
Desde el mismo principio de esta religión los cristianos hemos creído que Jesús de Nazaret, como puente que conecta lo humano con lo divino, es nuestro Salvador. Jesús de Nazaret, Jesús el Cristo—el ungido, el escogido, es el Dios que nos salva. Nos salva de las creencias tóxicas que nos impiden florecer. Él nos salva de las estructuras sociales que nos oprimen y nos mantienen en la pobreza. Él nos salva de la desesperanza y de la apatía existencial. Él nos salva del pecado cósmico y nos reconcilia con el Creador, el universo y el resto de la creación. Él nos salva de las prisiones emocionales y religiosas que nos mantienen esclavizados y dominados. Él nos salva de las fuerzas cósmicas del mal, generalmente reflejadas en las estructuras de poder político y económico (Romanos 8:37-38). Él nos salva de sistemas religiosos obtusos que entorpecen el desarrollo integral del potencial humano (Romanos 6:11-23). Él nos salva de los temores paralizantes del pasado, del presente y del futuro (1 Corintios 15). De manera que Jesús de Nazaret nos salvó, nos sigue salvando y nos salvará.
Esta salvación (soteria) no es una ideología sino una experiencia esperanzadora, liberadora y transformadora. Esta liberación (eleuteria) es integral e incluye nuestro cuerpo, nuestra mente, nuestro espíritu, nuestra conducta y nuestras relaciones (Gálatas 5; 2 Corintios 3:17). Esta liberación implica que Dios nos da una vez más la voz y libertad de expresión que nos quitaron los poderosos. Además esta salvación nos empodera y nos reconecta con nosotros mismos y con los demás. Este tipo de poder que Dios despierta en nosotros representa la capacidad para vivir una nueva humanidad donde reine la justicia, la igualdad y la libertad (1 Corintios 4; 2 Corintios 5). Esta redención nos trae un tipo de paz que no implica la ausencia de conflictos y tensiones sino la armonía interna como producto de la continua presencia del Espíritu de Dios (Romanos 5; Hebreos 12). En sí, la salvación que Josué (Jesús de Nazaret) nos ofrece, también nos libera de la culpa y del poder del pecado, porque ahora, en esta nueva humanidad no necesitamos seguir en rencillas unos con otros sino, más bien, aceptándonos con un espíritu compasivo y presto para perdonar (Juan 20:23). Esta salvación implica el dejar a un lado la violencia verbal y física que son combustible para las disensiones y las guerras (Colosenses 3). El perdón no implica el ignorar o borrar el daño que la otra persona hizo sino, más bien, el acto de amor de parte de la persona herida, quien ,al perdonar, elige renunciar a su derecho de vengarse. Estas son las buenas nuevas de salvación.
Por eso compañeros y compañeras, en este peregrinaje espiritual celebremos la llegada de Jesús de Nazaret a este mundo, pero, sobre todo, la llegada de Él a tu mundo y a mi mundo. Es mi oración y deseo genuino para este nuevo año que unamos fuerzas a fin de crear una nueva humanidad donde reine la fe, la esperanza y el amor. Una humanidad que dé testimonio de la liberación total que Jesús de Nazaret sigue llevando a cabo en nuestras vidas. Una humanidad que sea la expresión del “reino de los cielos” acá en la tierra.
El autor del Evangelio según Mateo enfatiza la frase “reino de los cielos” (basileia ton ouranon) al usarla unas 32 veces en su libro. Este reino, donde el poder es compartido y nunca usado para reprimir u oprimir, se puede comenzar a vivir acá al abrazar un estilo de vida marcado por la misericordia, la compasión y la humildad. “Por eso el reino de los cielos se parece a un rey que quiso ajustar cuentas con sus siervos. Al comenzar a hacerlo, se le presentó uno que le debía miles y miles de monedas de oro. Como él no tenía con qué pagar, el señor mandó que lo vendieran a él, a su esposa y a sus hijos, y todo lo que tenía, para así saldar la deuda. El siervo se postró delante de él. Tenga paciencia conmigo —le rogó—, y se lo pagaré todo. El señor se compadeció de su siervo, le perdonó la deuda y lo dejó en libertad. Al salir, aquel siervo se encontró con uno de sus compañeros que le debía cien monedas de plata. Lo agarró por el cuello y comenzó a estrangularlo. “¡Págame lo que me debes!”, le exigió. Su compañero se postró delante de él. Ten paciencia conmigo —le rogó—, y te lo pagaré. Pero él se negó. Más bien fue y lo hizo meter en la cárcel hasta que pagara la deuda. Cuando los demás siervos vieron lo ocurrido, se entristecieron mucho y fueron a contarle a su señor todo lo que había sucedido. Entonces el señor mandó llamar al siervo. ¡Siervo malvado! —le increpó—. Te perdoné toda aquella deuda porque me lo suplicaste. ¿No debías tú también haberte compadecido de tu compañero, así como yo me compadecí de ti? Y enojado, su señor lo entregó a los carceleros para que lo torturaran hasta que pagara todo lo que debía. Así también mi Padre celestial los tratará a ustedes, a menos que cada uno perdone de corazón a su hermano” (Mateo 18:23-35).
El vivir a la altura del “reino de los cielos” no es un imposible cuando vivimos en el mover del Espíritu de Dios. El poder para hacer el bien y ser embajadores del amor divino está entretejido en cada una de nuestras células y genes ya que fuimos creados a la imagen y semejanza de Dios. Como seres libres, seres interconectados y seres interdependientes podemos alcanzar esta plenitud existencial cuando vivimos en comunidad y aprendemos a crecer desde las diferencias. En este nuevo año usemos todas nuestras energías en unión a las fortalezas celestiales para crear una comunidad donde cada miembro pueda ser auténtico, pueda expresar sus ideas, su unicidad y sus emociones de una manera libre y sin miedo a ser condenado o eliminado. Una comunidad que promueva la libertad y capacidad creativa de cada ser humano que la integre. Una comunidad con compromiso ético y responsabilidad ecológica donde se reconozca que los nexos con los semejantes, la naturaleza, con el cosmos y con el contexto sociocultural implican mutualidad, solidaridad y respeto a la diversidad. Aprovechemos este momento nuevo de Esperanza y Paz para transformarnos, para liberarnos de los pecados pasados y anunciar con nuestras vidas que es posible hoy y ahora el “reino de los cielos” el Shalom, para todos, para todas. ¿Qué nombre nuevo tomaremos?