El significado de la recomendación de amar a nuestros enemigos
Esteban Montilla | 28 noviembre, 2025
Introducción
La invitación atrevida de Jesús de Nazaret a amar a los enemigos representa un desafío y, al mismo tiempo, una ironía deconstructiva de la enemistad. En aquel contexto, los grupos religiosos y políticos dominantes definían como enemigos a las personas de etnicidad diferente, de puntos de vista distintos, de perspectivas religiosas diversas y de posturas políticas consideradas peligrosas o desviadas. Esta definición de enemigo por identidad se hizo popular, con consecuencias crueles: personas justas y nobles fueron maltratadas, excluidas injustamente y, en ocasiones, incluso eliminadas.
La sugerencia de Jesús de Nazaret a sus discípulos: “Amen a sus enemigos” (Mateo 5:44, NVI) implica revisar de raíz esa clasificación de los seres humanos basada en identidades, en lugar de discernirlos por sus conductas. Cuando se define al enemigo por identidad, se corre el riesgo de confundir a una persona aliada con un depredador solo por el color de su piel, su nacionalidad, su religión o su orientación política. Y, al mismo tiempo, se puede bajar la guardia y el nivel de alerta simplemente porque alguien pertenece al mismo grupo, considerándolo automáticamente aliado, cuando en realidad podría ser un enemigo listo para causar daño y destruir.
“Amen a sus enemigos”
La expresión “Oyeron que fue dicho: ‘Ama a tu prójimo y odia a tu enemigo’. Pero yo les digo: Amen a sus enemigos” (Mateo 5:43–44, NVI) no se encuentra literalmente en la Biblia Hebrea (Antiguo Testamento). Es posible que Jesús estuviera evocando textos judíos apocalípticos o escritos disidentes de su tradición. El punto que propone es la urgencia de adoptar una ética, una manera concreta de vivir, caracterizada por la bondad, la justicia y la humildad.
La ironía deconstructiva del mandato aparece justamente aquí: Jesús toma en serio el lenguaje de “enemigos”, pero lo hace para mostrar que, bajo la lógica del Reino, tal categoría se vuelve insostenible cuando se aplica simplemente a quienes son diferentes. La enemistad basada en la identidad étnica o religiosa pierde su justificación teológica. Se trata de abandonar la pretensión de superioridad —sentirse mejor, más puro, más cercano a Dios— y, en su lugar, tratar a las demás personas como iguales en dignidad y derechos.
En tiempos de Jesús, se consideraban “enemigos” a los samaritanos, los galileos, los extranjeros y quienes profesaban una fe distinta. Estos prejuicios destructivos confundían la identidad con la conducta. En el relato del Buen Samaritano (Lucas 10:25–37), Jesús sugiere que quién es el prójimo no está determinado por la identidad, sino por la decisión ética de cada persona. La pregunta “¿Y quién es mi prójimo?” (Lucas 10:29, DHH) se transforma en “¿Cuál de estos tres te parece que se hizo prójimo del hombre asaltado por los bandidos?” (Lucas 10:36, DHH).
El Buen Samaritano decide ver a la persona “medio muerta” y “desnuda”, incapaz de revelar su identidad étnica o religiosa, como a su prójimo. Este hombre, libre de prejuicios maliciosos, se acerca, cruza la calle y entra en comunión (koinonía) con un extraño en necesidad. Es probable que las otras personas que siguieron de largo actuaran desde el miedo, los estereotipos y una ética centrada en la pureza ritual, más que en la compasión.
Enemigos por la intención y la conducta destructiva
Hay personas que sí son enemigas en un sentido ético fuerte, pero pueden pertenecer tanto al propio grupo como a otras identidades culturales o religiosas. Estos individuos depredadores se acercan fundamentalmente para dañar, controlar y destruir. Se presentan como ovejas, pero en realidad son lobos feroces.
Jesús lo expresa con claridad: “Cuídense de los falsos profetas. Vienen a ustedes disfrazados de ovejas, pero por dentro son lobos feroces. Por sus frutos los conocerán” (Mateo 7:15–16a, NVI). De este tipo de personas, el Maestro propone alejarse tanto como sea posible. En la tercera carta de Juan, la figura de Diótrefes encarna este tipo de liderazgo depredador que crea disensiones, difama, excluye y domina:
“Pero Diótrefes no acepta nuestra autoridad porque le gusta mandar. Por eso, cuando yo vaya, le llamaré la atención, pues anda contando chismes y mentiras contra nosotros. Y, no contento con esto, no recibe a los hermanos que llegan y a quienes quieren recibirlos les prohíbe hacerlo y los expulsa de la comunidad” (3 Juan 9–10, DHH).
Jesús es consciente de que en este mundo hay lobos, personas depredadoras que no escatiman esfuerzos para destruir: “¡Presten atención! Yo los envío como ovejas en medio de lobos. Por tanto, sean astutos como serpientes y sencillos como palomas” (Mateo 10:16, NVI). Quien se encuentra frente a un depredador sabe, en lo más profundo de su ser, que su integridad está en peligro. Jesús sugiere la sabiduría o prudencia (phronimoi) al enfrentarse a un enemigo real.
La metáfora de la serpiente resalta su agudeza, la fina percepción de sus sentidos y la oportuna espera para actuar. Esa es la tarea del pensamiento crítico: el análisis cuidadoso, saber cuándo hablar y cuándo callar, reconocer el peligro y distinguir cuándo protegerse o cuándo solicitar ayuda.
La paloma, por su parte, es “sencilla” (akéraios), íntegra, se niega a usar las herramientas del enemigo, a volverse cínica o a buscar justicia mediante medios torpes e injustos. Hay que ser, al mismo tiempo, sabios como la serpiente —para percibir el peligro y proteger los límites— e íntegros como la paloma —para evitar convertirse en un lobo más. Es posible alcanzar este equilibrio entre la nobleza (paloma) y la lucidez (serpiente), un modo de ser difícil de engañar y, a la vez, incapaz de replicar la violencia que denuncia. Este equilibrio existencial permite actuar con justicia y bondad, incluso frente a una persona depredadora, manteniendo la distancia necesaria y sin alimentar la sed de venganza.
No confundir el amor con la negación de la realidad
Malinterpretar la invitación a amar a los enemigos puede llevar a ignorar la realidad de los “lobos feroces”. Hay personas y grupos que actúan con la intención de abusar de su posición de poder, dañar, controlar, explotar o destruir. Actúan con malicia, sin asumir responsabilidad ni mostrar un deseo auténtico de cambio.
Esto se puede observar incluso en entornos religiosos, donde algunos líderes o estructuras utilizan el nombre de Dios para someter, humillar o explotar. En estos casos, aplicar de manera acrítica el mandato “amen a sus enemigos” puede convertirse en una herramienta del propio abuso, especialmente cuando se predica una forma de amor que exige aguantar, callar y permanecer en entornos que destruyen la vida.
Conclusión
Una hermenéutica seria desde la justicia y la caridad exige reconocer que proteger a las ovejas del lobo es, en sí mismo, una forma profunda de amar. El llamado a “amar a nuestros enemigos” no debe confundirse con la negación de la realidad ni con la tolerancia pasiva ante el abuso o la maldad. Amar implica discernir entre la otredad y la intención destructiva y actuar con justicia para preservar la vida y la dignidad de todos.
La salud de una comunidad de fe depende de su capacidad para abrir sus puertas a la diversidad, pero también de establecer límites claros frente a quienes buscan dañar, controlar o destruir. El amor auténtico no exige soportar el abuso, sino buscar el bien de las víctimas y el debido proceso para los victimarios, lo que puede implicar la separación necesaria de los perpetradores para proteger a la comunidad.
Siguiendo el pensamiento de Emmanuel Levinas (1969) y Desmond Tutu (1999), el rostro del otro interpela éticamente, pero cuando ese mirar se vuelve hacia uno mismo con la intención de aniquilar, la responsabilidad se transforma en una obligación de justicia. Así, el amor a los enemigos se convierte en una invitación a la compasión lúcida: una compasión que no ignora el daño, que no confunde al depredador con el inocente y que busca siempre la restauración y la protección de la vida.
En definitiva, amar a los enemigos es un llamado a la valentía ética para rechazar la venganza, actuar con sabiduría y nobleza, así como comprometerse a construir comunidades donde la justicia y la bondad sean inseparables.
Referencias
Levinas, E. (1969). Totality and Infinity: An Essay on Exteriority. Duquesne University Press.
Tutu, D. (1999). No Future Without Forgiveness. Image Books.



