La Navidad como símbolo de libertad y nueva humanidad

Esteban Montilla | 21 diciembre, 2025

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Introducción

La Navidad, tal como la celebramos hoy, es una mezcla fascinante de historia, espiritualidad, memoria colectiva y aspiraciones humanas. Aunque para muchos es una fiesta religiosa, para otros se ha convertido en un espacio social donde se reúnen familias, amistades, comidas, cantos, historias y regalos. Sin embargo, detrás de esta celebración aparentemente sencilla se encuentra un entramado histórico complejo que revela cómo las comunidades humanas han buscado, desde tiempos antiguos, afirmar la luz en medio de la oscuridad, la esperanza en medio de la incertidumbre y la vida en medio de las tensiones sociales.

La decisión de celebrar el nacimiento de Jesús de Nazaret el 25 de diciembre no fue un accidente ni un dato revelado desde el cielo. Fue una elección teológica, pastoral y política realizada por líderes cristianos del siglo IV, quienes buscaban afirmar que la figura central del cristianismo no era un mito, sino un ser humano histórico, real y profundamente significativo para su tiempo. Al vincular su nacimiento con las festividades populares del Imperio romano, estos líderes lograron insertar esta nueva fe en el corazón de la cultura de su sociedad.

Comprender este trasfondo no disminuye el valor espiritual de la Navidad; al contrario, lo enriquece. Nos recuerda que la fe cristiana nació en diálogo con su contexto, supo reinterpretar símbolos existentes y, desde sus inicios, buscó iluminar la vida humana con un mensaje de libertad, justicia y dignidad.

Las fiestas del Imperio romano y la elección del 25 de diciembre

En el mundo romano, diciembre era un mes cargado de celebraciones. Lo más conocido eran las Saturnales, una fiesta que comenzaba el 17 de diciembre y se extendía durante una semana. Durante esos días, la sociedad experimentaba una especie de inversión simbólica: los esclavos podían hablar libremente, se suspendían ciertas normas sociales, se compartían comidas abundantes y se intercambiaban regalos. Los ganaderos sacrificaban animales en preparación para el invierno, lo que garantizaba la abundancia de carne fresca. Era una fiesta de convivencia y de alegría compartida (Beard, North & Price, 1998).

Otra celebración importante era la fiesta dedicada a Mitra, un dios de origen persa cuya devoción se había extendido entre soldados y comerciantes. Esta festividad se relacionaba con el culto al Sol Invictus, el “Sol Invencible”, cuya principal fiesta se celebraba el 25 de diciembre. Ese día se celebraba la victoria de la luz sobre la oscuridad, coincidiendo con el solsticio de invierno, cuando la noche es más larga y el día más breve. Las personas encendían antorchas y lámparas el 24 de diciembre para “ayudar” al sol en su lucha contra las tinieblas y al amanecer del día 25 celebraban el retorno de la luz (Hijmans, 2003).

En ese contexto, los líderes cristianos vieron una oportunidad. Si Jesús era “la luz del mundo”, ¿por qué no celebrar su nacimiento el día en que el sol renacía simbólicamente? Así, la nueva fe se insertaba en un lenguaje cultural ya conocido, resignificando símbolos sin destruirlos. Esta estrategia pastoral permitió que el cristianismo se expandiera con mayor facilidad y que su mensaje se escuchara en un ambiente saturado de símbolos luminosos.

El Edicto de Milán y la consolidación del cristianismo

El año 313 d. C. marcó un punto de inflexión. Con el Edicto de Milán, promulgado por los emperadores Constantino y Licinio, el cristianismo obtuvo reconocimiento legal y libertad de culto (González, 1994). Lo que antes era una fe marginal, perseguida y sospechosa, comenzó a ocupar espacios de influencia social y política.

Este nuevo estatus permitió que la comunidad cristiana organizara sus escritos, definiera sus creencias y estableciera estructuras más formales. En el año 367 d. C., Atanasio de Alejandría, publicó la primera lista completa de los veintisiete libros que hoy conocemos como el Nuevo Testamento. Su autoridad pastoral y teológica contribuyó a que esta lista fuera ampliamente aceptada.

Poco después, Jerónimo emprendió la monumental tarea de traducir la Biblia al latín, produciendo la Vulgata (382–405 d. C.). Para ello, tomó la Biblia hebrea, cambió el orden de los libros y la renombró como Antiguo Testamento, creando así una narrativa de continuidad entre el judaísmo y el cristianismo.

Colocar el Evangelio de Mateo al inicio del Nuevo Testamento reforzaba esta conexión, pues Mateo presenta a Juan el Bautista como el Elías prometido en Malaquías. “Es cierto que Elías viene primero y que él lo arreglará todo. Pero yo les digo que Elías ya vino y que ellos no lo reconocieron, sino que hicieron con él todo lo que quisieron… Entonces los discípulos se dieron cuenta de que Jesús les estaba hablando de Juan el Bautista” (Mateo 17:12-13, DHH).

Estas decisiones no fueron meramente editoriales; fueron teológicas y políticas. Al reorganizar los textos, los líderes cristianos construyeron una narrativa coherente que legitimaba su fe ante un imperio intercultural y una tradición judía ya establecida. A partir de allí, esta religión poco conocida tuvo la oportunidad de hacerse presente en los distintos quehaceres de esa sociedad. Claro, esta nueva propuesta religiosa, por razones políticas, económicas y presiones culturales, fue adaptándose a su contexto y, en el proceso, incorporó creencias y prácticas rituales que antes no había considerado. 

Una religión distinta al judaísmo bíblico

Aunque el cristianismo nació dentro del judaísmo, pronto se convirtió en una religión distinta. Su propuesta rompía con elementos centrales de la religión judía bíblica, pues esta nueva religión no tenía templo, sacrificios de animales, sacerdotes hereditarios, diezmos obligatorios, fronteras étnicas ni estructuras sociales rígidas. Era una fe itinerante, comunitaria, abierta y profundamente ética.

Paradójicamente, muchas de sus creencias fundamentales no provienen de la Biblia Hebrea, sino de la literatura apocalíptica judía (165–50 a. C.), escrita por grupos disidentes que buscaban esperanza en tiempos de opresión. Entre estos textos se encuentran el Libro de Enoc, el Libro de los Jubileos, la Ascensión de Moisés, el libro de Daniel y otros escritos que influyeron profundamente en Jesús y en los primeros cristianos (Blanco, 2013; Collins, 1998). De allí provienen ideas como la resurrección de los muertos, el mesianismo cósmico, la existencia de ángeles caídos, la lucha entre el bien y el mal, el fin del mundo, el juicio final y la esperanza de “nuevos cielos y nueva tierra”. Jesús utilizó estas imágenes apocalípticas para anunciar un “reino de Dios” que no era un imperio terrenal, sino una forma de vida marcada por la justicia, la compasión y la libertad.

Esta nueva religión se presentó como un vino nuevo. “Nadie arregla un vestido viejo con un remiendo de tela nueva, porque el remiendo nuevo se encoge y rompe el vestido viejo, y el desgarrón se hace mayor. Ni tampoco se echa vino nuevo en cueros viejos, porque los cueros se revientan y tanto el vino como los cueros se pierden. Por eso hay que echar el vino nuevo en cueros nuevos, para que así se conserven las dos cosas” (Mateo 9:16-17, DHH).

Ciertamente, estas creencias representaban algo nuevo y fresco para la audiencia mayoritaria. Al revisar esa propuesta sobre cómo llevar la vida y convivir tal cual enseñó Jesús de Nazaret, se puede ver que es una sugerencia de vida muy liberadora y aplicable a diversos contextos históricos, en tanto que hoy se vive una realidad social muy parecida a la de su tiempo.

Ante la tentación del uso inapropiado del poder, este proyecto de vida cristiano sirve como un recordatorio para los líderes religiosos de que eviten creerse dueños únicos y plenipotenciarios de la verdad. Además, que no traten de ejercer control sobre aspectos básicos de la vida de una persona, tales como comer, vestirse, con quién llevar una vida de pareja, cómo pensar, sentir y actuar. Un liderazgo religioso opresor que se esconda detrás de un celo religioso mórbido cierra las puertas a la ciencia mientras abre los portales a la magia y la superstición.

Esta dirigencia autoritaria usa la extorsión religiosa mediante el miedo, amenazas de pérdida de salvación y promesas engañosas de bienestar para mantener el control sobre sus miembros o feligreses. El uso de la religión como instrumento de control también se extendió a políticos inescrupulosos y populistas, lo que dificulta el cumplimiento del evangelio de la libertad de los seres humanos.

Es probable que el resurgimiento de estos líderes religiosos opresores haya contribuido a la apatía religiosa y a la indiferencia política entre un gran número de personas en la sociedad. Hoy, pues, parece que la noche es muy larga y la oscuridad permanece por más tiempo del necesario. Entonces encendamos las luces de la libertad, la paz, la justicia y la bondad para que el Sol aparezca en todo su esplendor. Una vez más es necesaria la Navidad.

Jesús de Nazaret: un mestizo como David

Es interesante notar que el ángel que se le presentó a José lo liberó del dilema de tener que buscar un nombre para el bebé que nacería unas cuarenta semanas más tarde. No hubo necesidad de entrar en conflicto con la abuela ni con el resto de los familiares. El nombre que el ángel del Señor le asignó era bastante común. Josué, que en su forma griega es Jesús. Este nombre, Josué, significa precisamente «Yah salva». ¿Ahora de qué nos salva Jesús de Nazaret?

El autor del libro de Mateo sitúa dicho acontecimiento en el contexto genealógico de Jesús de Nazaret. A pesar de que no están muy claras las razones por las cuales el escritor de este evangelio inicia la obra de esta manera, evidentemente se quería afirmar que Jesús era un personaje real e histórico, descendiente del linaje del fundador de la fe hebrea, Abraham, así como del gran rey David.  

El autor, asumiendo una perspectiva teológica y nemotécnica, mas no histórica, divide la genealogía en tres períodos que abarcan unos dos mil años. Este escritor, para contrarrestar la acusación de que Jesús de Nazaret era un mestizo, decide echar mano de mujeres antepasadas de David que eran extranjeras, sugiriendo así que el gran rey también tenía sangre mezclada.

Así, este escritor, siguiendo un patrón poco común en esa tradición, destaca a mujeres en cada uno de los tres períodos. Tamar (Génesis 38), Rahab (Josué 2), Rut (Rut 3) y Betsabé (2 Samuel 12). Una manera simple de decir, si es cierto que Jesús es mestizo, así como lo fue el rey David. Entonces el mensaje está muy claro. Jesús es un auténtico israelita de buena ascendencia, pero también un hijo de inmigrantes, de personas marginadas y de un galileo.  Es precisamente este hijo, con su claro mestizaje cultural y étnico, la esperanza de la reconciliación y de una sana convivencia (Newsom et al., 2012). Así pues, se propuso que la salvación y la creación de una mejor humanidad también son posibles gracias a los mestizos.

Este gesto literario reivindica la dignidad de los marginados, de los inmigrantes y de quienes viven entre fronteras culturales. Jesús, como hijo de esa mezcla, encarna la posibilidad de la reconciliación y de una humanidad más amplia, más diversa y más compasiva.

Jesús de Nazaret como salvador

Esta religión cristiana sugiere que Jesús de Nazaret salva del pecado, sana las enfermedades del alma y salvaguarda contra las creencias irracionales que impiden el florecimiento. Él nos salva de las estructuras sociales que oprimen y nos mantienen en la esclavitud intelectual. Él nos salva de la desesperanza y de la apatía existencial. Además, él nos salva del pecado cósmico y nos reconcilia con el Creador, con el universo y con el resto de la creación. También él nos salva de las prisiones emocionales y religiosas que nos mantienen esclavizados y dominados.

Además, él nos salva de las fuerzas del mal, generalmente reflejadas en las estructuras de poder político y económico (Romanos 8:37-38). Él nos salva de los sistemas religiosos obtusos que entorpecen el desarrollo integral del potencial humano (Romanos 6:11-23). Él nos salva de los temores paralizantes del pasado, del presente y del futuro (1 Corintios 15). De manera que Jesús de Nazaret nos salvó, nos sigue salvando y nos salvará.

Esta salvación (soteria) no es una ideología, sino una experiencia esperanzadora, liberadora y transformadora. Esta liberación (eleuteria) es integral, incluyendo nuestro intelecto, nuestras emociones, nuestro espíritu, nuestra conducta y nuestras relaciones (Gálatas 5; 2 Corintios 3:17). La liberación implica que Dios nos da, una vez más, la voz y la libertad de expresión que nos negaron los poderosos. Además, esta salvación nos ayuda a reconocer el poder que tenemos y nos reconecta con nosotros mismos y con los demás. Este tipo de poder que Dios despierta en nosotros representa la capacidad de vivir una nueva humanidad en la que reine la justicia, la igualdad y la libertad (1 Corintios 4; 2 Corintios 5).

Esta redención nos trae un tipo de paz que no implica la ausencia de conflictos y tensiones, sino la armonía interna como resultado de la presencia continua del Espíritu de Dios (Romanos 5; Hebreos 12). En sí, la salvación que Jesús de Nazaret nos ofrece también nos libera de la culpa y del poder del pecado, porque ahora, en esta nueva humanidad, no necesitamos seguir en rencillas unos con otros, sino, más bien, aceptarnos con un espíritu compasivo y estar dispuestos a dialogar (Juan 20:23).

Esta salvación implica dejar a un lado la violencia innecesaria (verbal y física), que es combustible de las disensiones y las guerras (Colosenses 3). El perdón no implica ignorar o borrar el daño que la otra persona causó, sino, más bien, el acto de amor por parte de la persona herida, quien, al perdonar, elige renunciar a su derecho a vengarse. Estas son las buenas nuevas de salvación.

La Navidad como símbolo de resistencia y esperanza

La Navidad, desde sus orígenes, ha sido mucho más que una fecha en el calendario o una tradición heredada. Es un acto de resistencia espiritual, un recordatorio de que incluso en los momentos más oscuros de la historia humana, la luz encuentra la manera de irrumpir. En el siglo IV, cuando el Imperio romano atravesaba crisis políticas, tensiones religiosas y profundas desigualdades sociales, la celebración del nacimiento de Jesús se convirtió en un símbolo de renovación. Era la afirmación de que la vida podía renacer en medio de la violencia, que la dignidad humana podía levantarse aun cuando los poderes de turno intentaban sofocarla.

Hoy no estamos tan lejos de aquella realidad. Vivimos tiempos marcados por la manipulación religiosa disfrazada de piedad, por discursos políticos que explotan los miedos colectivos, por desigualdades económicas que fracturan comunidades enteras y por una apatía social que anestesia la conciencia moral. Pareciera que la noche se ha extendido más de lo necesario, como si la oscuridad hubiera reclamado un derecho permanente sobre nuestras sociedades.

Sin embargo, la Navidad nos recuerda que la oscuridad nunca tiene la última palabra. La luz siempre regresa. La esperanza siempre renace. La humanidad siempre puede reinventarse. El mensaje navideño no es ingenuo ni sentimental; es profundamente subversivo. Afirma que la vida puede brotar en un establo, que la dignidad puede nacer en los márgenes, que la salvación puede surgir de lo pequeño, lo frágil y lo inesperado.

Encender luces en Navidad no es, entonces, un gesto decorativo ni un simple adorno estacional. Es un acto simbólico de resistencia. Es declarar que la libertad es posible aun cuando la opresión parece inevitable. Es afirmar que la justicia es necesaria aun cuando la injusticia se normaliza. Es proclamar que la bondad es urgente aun cuando la indiferencia se vuelve la norma. Cada luz encendida es una protesta silenciosa contra la oscuridad que pretende instalarse en nuestras vidas.

La Navidad nos invita a recordar que la luz no solo ilumina, sino que también denuncia. Expone las sombras, revela las estructuras que oprimen, incomoda a quienes se benefician de la oscuridad. Por eso, celebrar la Navidad con autenticidad es un acto profundamente político, en el mejor sentido de la palabra: comprometerse con la transformación del mundo, con la dignidad humana, con la justicia que libera y con la compasión que restaura.

En un tiempo en que muchos sienten que la noche es interminable, la Navidad nos convoca a encender luces no solo en nuestras casas, sino también en nuestras conciencias, en nuestras comunidades y en nuestras prácticas cotidianas. Nos recuerda que la esperanza no es un sentimiento pasivo, sino una fuerza activa que impulsa a construir, a sanar, a reconciliar y a imaginar un futuro distinto.

La Navidad, en su esencia más profunda, es la proclamación de que la luz vence, de que la vida se abre paso, de que la humanidad puede levantarse una y otra vez. Es la invitación a convertirnos en portadores de esa luz, en artesanos de esperanza, en sembradores de bondad en un mundo que la necesita con urgencia.

Conclusión

Celebremos la llegada de Jesús de Nazaret a este mundo, pero, sobre todo, celebremos su llegada a tu mundo y a mi mundo. Que su presencia siga despertando en nosotros la capacidad de imaginar y construir una humanidad distinta. Es mi oración y mi deseo genuino para este nuevo año que unamos nuestras fuerzas, nuestras voces y nuestras esperanzas para gestar una nueva humanidad donde la fe inspire, la esperanza sostenga y el amor transforme. Una humanidad que dé testimonio vivo de la liberación integral que Jesús de Nazaret continúa realizando en nuestras vidas. Una humanidad que encarne aquí y ahora la realidad del “reino de los cielos”.

El Evangelio según Mateo utiliza la expresión “reino de los cielos” (basileia ton ouranon) unas treinta y dos veces, subrayando que este reino no es un territorio geográfico ni un proyecto político, sino una forma de vida en la que el poder se comparte, la dignidad se honra y la justicia se practica. Este reino comienza a hacerse visible cuando abrazamos un estilo de vida marcado por la misericordia, la compasión y la humildad; cuando renunciamos a la lógica de la venganza y optamos por la lógica del perdón.

La parábola del siervo sin misericordia (Mateo 18:23-34) nos recuerda que el reino de los cielos se sostiene en la capacidad de perdonar, de reconocer la humanidad del otro y de actuar con la misma compasión con que Dios actúa hacia nosotros. El perdón no es debilidad; es la fuerza que rompe cadenas, sanas heridas y abre caminos hacia la reconciliación.

Vivir a la altura del “reino de los cielos” no es una utopía inalcanzable. Es posible cuando nos dejamos mover por el Espíritu de Dios, quien despierta en nosotros el poder para hacer el bien y ser embajadores del amor divino. Ese poder está entretejido en nuestras células y genes porque fuimos creados a imagen y semejanza de Dios. Como seres libres, interconectados e interdependientes, alcanzamos la plenitud existencial cuando aprendemos a vivir en comunidad, a crecer desde las diferencias y a reconocer que la diversidad es un don y no una amenaza.

En este nuevo año, usemos todas nuestras energías —en unión con las fortalezas de nuestro Creador— para construir comunidades donde cada persona pueda ser auténtica, expresar sus ideas, su unicidad y sus emociones sin miedo a ser condenada o excluida. Comunidades que promuevan la libertad interior, la creatividad humana y el florecimiento de cada uno de sus miembros. Comunidades con un compromiso ético profundo y una responsabilidad ecológica seria, que reconozcan que nuestros vínculos con los demás, con la naturaleza y con el contexto sociocultural implican mutualidad, solidaridad y respeto a la diversidad.

Que este año que comienza nos encuentre encendiendo luces de libertad, justicia, compasión y bondad; que seamos artesanos de una nueva humanidad donde el “reino de los cielos” no sea un ideal distante, sino una realidad que se construye día a día en nuestras relaciones, en nuestras decisiones y en nuestra manera de amar. Una humanidad que se exprese en comunidades que promuevan la libertad interior y la capacidad creativa de cada ser humano, con un compromiso ético profundo y una responsabilidad ecológica seria. Comunidades donde se reconozca que nuestros vínculos con los semejantes, con la naturaleza y con el contexto sociocultural implican mutualidad, solidaridad y respeto a la diversidad.

Referencias:

 Atanasio de Alejandría. (367). Carta Festal 39.

 Beard, M., North, J., & Price, S. (1998). Religions of Rome: Volume 1, A History. Cambridge University Press.

Blanco, C. (2013). El pensamiento de la apocalíptica judía. Ensayo filosófico-teológico. Editorial Trotta.

Collins, J. J. (1998). The Apocalyptic Imagination: An Introduction to Jewish Apocalyptic Literature. Eerdmans.

González, J. (1994). Historia del cristianismo. Tomo 1. Editorial Unilit.

Hijmans, S. (2003). Sol Invictus, the Winter Solstice, and the Origins of Christmas. Journal of Early Christian Studies.

Newsom, C. A., Ringe, S. H., & Lapsley, J. E. (Eds.). (2012). Women’s Bible Commentary: Third Edition, Revised and Updated. Westminster John Knox Press.