Discernir y encarnar la presencia de Dios en el sufrimiento humano
Esteban Montilla | 1 julio, 2026
Discernir y encarnar la presencia de Dios en el sufrimiento humano. Una hermenéutica del amor y la justicia.
Esteban Montilla, Ph.D.
Introducción
Cuando la Tierra se mueve con fuerza suficiente para derribar ciudades enteras, las certezas mismas de las que depende la humanidad para estructurar nuestras vidas también tiemblan. Un terremoto destruye carreteras, hospitales, escuelas y casas. Cambia profundamente no solo cómo hombres y mujeres miran el mundo, cómo se ven a sí mismos a través de la historia, cómo ven a los demás, sino incluso su relación con Dios.
En una tragedia tan devastadora, las muertes repentinas de familiares, amigos y vecinos, la interrupción inmediata de los lazos diarios, el desplazamiento forzoso desde un punto inicial de conexión y la destrucción de proyectos comunitarios han llevado a considerar asuntos que no tienen explicación científica ni formulación doctrinal.
La geología puede describir los movimientos de las placas tectónicas, los precipitantes físicos que causan un terremoto. La ingeniería puede estudiar qué causó el colapso de los edificios. La medicina trata las lesiones del organismo y la psicología contribuye a comprender la experiencia humana del sufrimiento, del duelo y de la reestructuración de la vida después de eventos devastadores en el pasado humano. Sin embargo, cuando una comunidad contempla miles de personas que han muerto, heridas, desplazadas o desaparecidas, emergen otras clases de preguntas que pertenecen al ámbito del significado, de la esperanza, de la justicia y de la fe.
Esta verdad fue expuesta una vez más por los terremotos del 24 de junio de 2026 en Venezuela, que afectaron a miles de familias o provocaron su desaparición. Mientras los equipos de rescate buscaban sobrevivientes entre los escombros y las personas intentaban entender qué había sucedido realmente, comenzó a circular una multitud de interpretaciones religiosas que trataban de explicar el significado “espiritual” del desastre. El castigo divino de la nación por sus pecados, decían algunos. Otros afirmaban que todas las muertes tenían un propósito divino que finalmente se comprendería. Otros prometían que Dios había elegido llevarse a los que murieron por necesidad, ya fuera porque los nuevos ángeles requeridos en el cielo habían sido elegidos, o porque había llegado el momento adecuado para que cualquier persona se fuera.
Hubo voces que, al igual que habían sido rápidas en desacreditar las creencias religiosas de otras tradiciones, percibieron el terremoto como un castigo de Dios por practicar y abrazar expresiones espirituales no cristianas ortodoxas, como el espiritismo y la santería, en tanto que estas son religiones sincréticas que combinan aspectos de las creencias africanas, indígenas y cristianas.
Este tipo de afirmaciones no solo atribuye a Dios una intención específica imposible de verificar, sino que también convierte el sufrimiento colectivo en un instrumento para estigmatizar a comunidades religiosas y profundizar las divisiones sociales, precisamente cuando la tragedia demanda solidaridad, compasión y responsabilidad compartida. Aunque muchas de estas interpretaciones nacen de un sincero deseo de ofrecer consuelo o de defender determinadas convicciones religiosas, con frecuencia terminan por aumentar la confusión, la culpa y el sufrimiento de quienes intentan integrar lo ocurrido en una vida que ya no podrá narrarse de la misma manera.
Esta situación no es un fenómeno nuevo en la historia de las religiones. Desde la antigüedad, el ser humano ha buscado interpretar las grandes tragedias mediante narrativas que le permitan preservar cierto sentido de orden y coherencia. Harold Kushner (1981) mostró que muchas personas creyentes no abandonan la fe por sufrir, sino porque ciertas explicaciones religiosas hacen que Dios parezca moralmente indiferente, cruel o arbitrario. Nicholas Wolterstorff (1987), al escribir tras la muerte de su hijo, recordó que el duelo no se resuelve mediante argumentos abstractos, sino mediante una honestidad humana capaz de llorar sin renunciar a la fe.
Robert Neimeyer (2001) ha mostrado que el duelo implica procesos de reconstrucción de significado, porque los eventos de muerte y ruptura no solo modifican las circunstancias externas de la vida, sino también las narrativas mediante las cuales una persona comprende quién es, dónde está y cómo puede seguir viviendo con dignidad. Desde la teología práctica, esta reconstrucción del significado debe ampliarse para incluir también la manera en que la persona reorganiza su relación vivida con Dios.
La literatura bíblica refleja este mismo esfuerzo humano por comprender el sufrimiento y, al mismo tiempo, desarrolla una profunda crítica de aquellas interpretaciones que reducen el dolor a una consecuencia directa del pecado personal o a un mecanismo mediante el cual Dios premia, castiga o corrige a los seres humanos. Gustavo Gutiérrez (1986), en su lectura del libro de Job, insistió en que hablar de Dios desde el sufrimiento del inocente exige una transformación espiritual y ética del lenguaje religioso. Walter Brueggemann (1984) mostró que el lamento bíblico no representa una debilidad de la fe, sino una forma legítima de relación con Dios cuando la vida ha sido desorganizada por la injusticia, la muerte o el sufrimiento.
El libro de Job representa quizá la confrontación más importante de las Escrituras con este tipo de pensamiento religioso cerrado. Al finalizar el relato, el problema central ya no consiste en descubrir la causa del sufrimiento de Job, sino en reconocer la diferencia entre quienes hablaron acerca de Dios desde la seguridad de sus sistemas doctrinales y quien habló con Dios desde la autenticidad de su sufrimiento. “Estoy muy irritado con ustedes dos, porque, a diferencia de mi siervo Job, lo que han dicho de mí no es verdad” (Job 42:7, NVI).
La tradición cristiana encuentra en la vida y el ministerio de Jesús de Nazaret una orientación igualmente significativa. Frente al sufrimiento humano, él rara vez comienza ofreciendo explicaciones sobre las causas del dolor. En numerosos relatos evangélicos su primera respuesta consiste en acercarse a quienes sufren, escuchar sus voces, reconocer su dignidad y actuar de maneras que restauran la vida, la esperanza y las relaciones.
Jürgen Moltmann (1972) propuso que la fe cristiana no puede hablar de Dios de manera responsable si evita la cruz, porque el Dios revelado en Cristo no permanece distante del sufrimiento humano. Dorothee Sölle (1973) criticó las formas religiosas que convierten el sufrimiento en virtud pasiva y recordó que la fe debe resistir toda interpretación que justifique el dolor evitable o silencie a quienes sufren. Henri Nouwen (1972) comprendió el ministerio como una presencia humana herida y compasiva, capaz de servir no desde la superioridad del experto religioso, sino desde una humanidad compartida. “Jesús lloró” (Juan 11:35, NVI). El texto no presenta ese llanto como una insuficiencia teológica ni como una falta de esperanza. Presenta a Cristo participando plenamente de la condición humana antes de pronunciar cualquier palabra sobre la vida.
Este artículo sostiene que la principal contribución de la teología práctica o pastoral frente a las tragedias colectivas no consiste en justificar a Dios ni en ofrecer interpretaciones definitivas del origen del sufrimiento. Su responsabilidad consiste en crear condiciones humanas, relacionales, espirituales y comunitarias que favorezcan que las personas disciernan y encarnen la presencia de Dios mientras integran en su historia los acontecimientos devastadores que han transformado sus vidas. Desde esta perspectiva, el diálogo entre la teología práctica, la psicología pastoral y los estudios contemporáneos sobre el duelo permite desplazar la atención de la explicación del sufrimiento hacia el discernimiento y la encarnación de la presencia divina en medio de él.
Esta propuesta se desarrolla desde una Hermenéutica del Amor y la Justicia, entendida como un marco interpretativo que examina las consecuencias humanas, relacionales, éticas y espirituales de las interpretaciones teológicas. Desde esta perspectiva, la fidelidad a las Escrituras no puede evaluarse únicamente por la consistencia doctrinal de una interpretación, sino también por su capacidad para promover la dignidad humana, la justicia, la esperanza y el amor que el Dios revelado en Jesús de Nazaret manifiesta hacia la humanidad. A lo largo de estas páginas se argumentará que la vocación de la teología práctica consiste precisamente en discernir la presencia de Dios en el sufrimiento humano y en encarnarla mediante relaciones y prácticas inspiradas por el amor y la justicia.
I.- Cuando las palabras también producen sufrimiento.
Toda gran tragedia despierta una profunda necesidad de comprender lo ocurrido. La incertidumbre resulta psicológica, existencial y espiritualmente difícil de sostener. Cuando una comunidad presencia la muerte de miles de personas, la destrucción de ciudades o el colapso de aquello que ofrecía estabilidad, la pregunta por el significado surge casi de inmediato. No se trata únicamente de una curiosidad intelectual.
Es una búsqueda profundamente humana mediante la cual las personas intentan reorganizar su comprensión del mundo y encontrar un horizonte que les permita seguir viviendo. Precisamente por esa razón, los primeros discursos que emergen tras una catástrofe ejercen una enorme influencia sobre la manera en que las personas interpretarán lo sucedido y sobre la imagen de Dios que comenzará a formarse en medio del sufrimiento.
Las tradiciones religiosas no han permanecido al margen de este proceso. A lo largo de la historia, numerosos líderes espirituales han intentado responder a la pregunta de por qué ocurren los desastres naturales, las epidemias, las guerras o las muertes colectivas. Algunas interpretaciones han contribuido a fortalecer la esperanza y a movilizar la solidaridad. Otras, en cambio, han terminado por atribuir a Dios decisiones que presentan al Creador como responsable directo de la destrucción humana.
Harold Kushner (1981) observó que muchas personas no abandonan la fe porque hayan sufrido demasiado, sino porque las explicaciones religiosas que reciben les hacen imposible seguir creyendo en un Dios bueno y compasivo. El problema, por tanto, no reside únicamente en el sufrimiento mismo, sino también en la manera en que este se interpreta desde el discurso religioso.
Conviene reconocer que toda afirmación acerca de las intenciones particulares de Dios respecto de un acontecimiento histórico rebasa los límites del conocimiento humano. En este sentido, la teología no estudia directamente a Dios como si pudiera convertirse en un objeto accesible a la observación o a la verificación humanas.
Como señala David Tracy (1981), la reflexión teológica constituye una tarea esencialmente interpretativa, desarrollada en diálogo permanente entre las Escrituras, la tradición, la experiencia y los contextos históricos. Desde esta perspectiva, la teología estudia los múltiples diálogos, testimonios, narrativas, interpretaciones y confesiones de fe mediante los cuales los seres humanos, a lo largo de la historia, han intentado comprender al Creador, discernir su presencia e interpretar su acción en el mundo.
Edward Farley (1983) recuerda que la teología no consiste simplemente en acumular conocimientos doctrinales, sino en una forma de sabiduría práctica que orienta la vida de la comunidad creyente. Por ello, la reflexión teológica siempre permanece mediada por la experiencia humana, las Escrituras, las tradiciones religiosas y los contextos históricos y culturales desde los cuales las comunidades creyentes hablan de Dios.
Por ello, la reflexión teológica siempre permanece mediada por la experiencia humana, las Escrituras, las tradiciones religiosas y los contextos históricos y culturales desde los cuales las comunidades creyentes hablan de Dios. La teología puede reflexionar sobre el carácter de Dios revelado en las Escrituras, sobre la historia de la salvación y sobre las múltiples formas en que la tradición cristiana ha comprendido la acción divina.
Sin embargo, otra cosa muy distinta es afirmar con certeza que un terremoto, una inundación o una enfermedad específica constituye un acto deliberado mediante el cual Dios decidió castigar, corregir o premiar a una población determinada. Tal afirmación no surge de una observación verificable ni de una revelación directamente accesible al resto de la comunidad creyente. Se trata de una interpretación humana que con frecuencia se presenta como si tuviera autoridad divina.
Stanley Hauerwas (1981) ha insistido en que la tarea de la Iglesia no consiste en explicar exhaustivamente el sufrimiento, sino en formar comunidades capaces de vivir con fidelidad en medio de él. Del mismo modo, John Swinton (2007) advierte que muchas preguntas sobre el sufrimiento parten de presupuestos equivocados, pues suponen que la finalidad de la fe consiste en ofrecer respuestas completas a todos los acontecimientos de la existencia. La tradición cristiana nunca ha sostenido semejante pretensión. Por el contrario, reconoce que existen dimensiones del misterio de Dios que trascienden la capacidad interpretativa del ser humano y exigen humildad intelectual y espiritual.
La dificultad surge cuando esa humildad desaparece y es sustituida por la certeza absoluta. En ese momento, el discurso religioso deja de ser una búsqueda compartida de comprensión para convertirse en una declaración unilateral sobre las supuestas intenciones divinas. Emmanuel Lartey (2003) ha mostrado que toda práctica pastoral se desarrolla en relaciones de poder y que el lenguaje empleado por quien ejerce un ministerio nunca es neutral.
Las palabras de un líder religioso poseen una autoridad simbólica que puede fortalecer la esperanza o agravar el sufrimiento de quienes las escuchan. Carrie Doehring (2015) añade que las narrativas religiosas pueden facilitar procesos de integración del sufrimiento cuando validan la experiencia humana, pero también pueden profundizar la angustia cuando invalidan las emociones, silencian las preguntas o atribuyen el dolor a fallas morales o espirituales de quien sufre.
La literatura sapiencial del Antiguo Testamento ofrece una de las críticas más profundas a este tipo de certezas religiosas. Los amigos de Job representan una teología que considera indispensable encontrar una explicación coherente del sufrimiento. Desde su perspectiva, Dios gobierna el universo mediante un principio de retribución moral, según el cual la obediencia produce bienestar y el pecado, sufrimiento. Si Job experimenta una tragedia de semejante magnitud, necesariamente debe haber una falta que explique lo ocurrido. El sistema doctrinal permanece intacto porque toda la carga de la explicación recae sobre quien sufre.
Gustavo Gutiérrez (1986) observa que el verdadero conflicto del libro de Job no consiste en descubrir el origen del sufrimiento, sino en desenmascarar una comprensión de Dios incapaz de reconocer la realidad del inocente que sufre. Walter Brueggemann (1984) llega a una conclusión semejante al señalar que la literatura bíblica rompe deliberadamente con toda teología que pretenda reducir la complejidad de la existencia humana a fórmulas religiosas simples. La protesta de Job no constituye una amenaza para la fe. La verdadera amenaza surge cuando el sistema doctrinal resulta más importante que la persona concreta cuya vida ha sido profundamente transformada por el sufrimiento.
Esta observación tiene profundas implicaciones para la práctica pastoral contemporánea. Después de una tragedia colectiva, el deseo de ofrecer respuestas rápidas suele obedecer más a la ansiedad de quien habla que a las necesidades de quienes sufren. El silencio, la incertidumbre y el misterio generan incomodidad. Explicar apresuradamente el sufrimiento puede disminuir temporalmente la incomodidad del líder religioso, pero no necesariamente contribuye al bienestar espiritual de la comunidad. Donald Capps (1990) recordaba que la tarea pastoral requiere una profunda capacidad para tolerar la ambigüedad sin precipitar interpretaciones que clausuren prematuramente la experiencia humana.
El relato de Job alcanza su punto culminante cuando Dios dirige su palabra a Elifaz. “Estoy muy irritado con ustedes dos, porque, a diferencia de mi siervo Job, lo que han dicho de mí no es verdad” (Job 42:7, NVI). Resulta significativo que la reprensión divina no recaiga sobre quien expresó su confusión, su dolor, su protesta y sus preguntas, sino sobre quienes pretendieron hablar con absoluta seguridad acerca de Dios. La diferencia entre Job y sus amigos no radica en quién poseía mayor información doctrinal, sino en la honestidad con la que cada uno habló desde su propia condición humana. Job habló desde el sufrimiento. Sus amigos hablaron desde la necesidad de defender un sistema de explicaciones.
Esta observación constituye una advertencia permanente para la teología pastoral. La fidelidad al Dios revelado en Jesucristo no se mide por la rapidez con la que respondemos a las preguntas sobre el sufrimiento, sino por la responsabilidad ética con la que utilizamos el lenguaje cuando la vida de otras personas ha sido profundamente transformada por acontecimientos que ninguna explicación alcanza a contener. Antes de intentar interpretar los designios de Dios, la comunidad cristiana está llamada a reconocer los límites de su propio conocimiento y a recordar que ninguna formulación doctrinal tiene derecho a disminuir la dignidad, la humanidad o la experiencia de quienes atraviesan el sufrimiento.
II.- Cuando también se transforma el significado de la vida.
Si las interpretaciones religiosas pueden aliviar o profundizar el sufrimiento humano, entonces la pregunta pastoral ya no se limita a evaluar la validez doctrinal de esos discursos. También exige comprender cómo las personas intentan reorganizar el significado de su existencia cuando acontecimientos profundamente devastadores transforman su historia. Este desplazamiento invita a pasar de la crítica del lenguaje religioso a la experiencia humana del sufrimiento, porque allí la teología práctica encuentra uno de sus campos más fecundos de reflexión y de servicio. Antes de preguntarse cómo hablar de Dios en medio de una tragedia, necesita comprender qué sucede con el ser humano cuando su historia queda profundamente transformada.
Toda experiencia de sufrimiento profundo modifica la manera en que una persona comprende su existencia. Después de una tragedia colectiva, la vida ya no puede narrarse exactamente de la misma manera. La muerte de familiares, amistades y vecinos, la desaparición de comunidades enteras, la destrucción de los espacios donde transcurría la vida cotidiana y la interrupción de proyectos personales y colectivos no constituyen únicamente acontecimientos externos. Se convierten en acontecimientos históricos que pasan a formar parte de la identidad de quienes los han vivido. La historia personal continúa, pero ya no puede comprenderse ni narrarse al margen de lo ocurrido. Aquello que sucedió pasa a formar parte de la biografía de las personas y continúa influyendo en la manera en que comprenden el pasado, viven el presente e imaginan el futuro.
Desde esta perspectiva, el sufrimiento no es simplemente una experiencia emocional intensa. También constituye una experiencia hermenéutica. El ser humano necesita interpretar lo que vive porque la comprensión de sí mismo depende, en gran medida, de las narrativas con las que organiza su historia. Cuando un acontecimiento altera profundamente esa narrativa, también se transforma la manera de comprender el pasado, de vivir el presente y de imaginar el futuro. La pregunta por el significado no surge únicamente del deseo de obtener una explicación intelectual. Surge porque el ser humano necesita reorganizar la continuidad de su propia existencia.
Robert Neimeyer (2001) ha desarrollado una de las propuestas más influyentes para comprender este proceso al afirmar que las experiencias de muerte y de ruptura desafían los sistemas de significado mediante los cuales las personas interpretan su realidad. El duelo no consiste simplemente en responder emocionalmente a la muerte de un ser querido. También implica un proceso continuo de reorganización de la identidad, de las relaciones y de las narrativas que permiten seguir viviendo con sentido. Desde esta perspectiva, el significado no se descubre como una verdad previamente oculta, sino que se construye y se reconstruye continuamente a medida que la persona integra los acontecimientos de su historia en una comprensión más amplia de su existencia.
Esta comprensión resulta especialmente valiosa para la teología práctica porque evita reducir el sufrimiento a un problema que deba resolverse o eliminarse. La muerte de una hija, de un esposo, de una madre o de un amigo no desaparece con el paso del tiempo. Tampoco deja de formar parte de la historia de quien continúa viviendo. Lo que puede transformarse es la manera en que esa historia se integra a la identidad personal y comunitaria. El duelo no constituye una enfermedad que deba curarse ni un obstáculo que deba superarse. Constituye una respuesta profundamente humana ante acontecimientos que modifican para siempre la biografía de las personas.
Kenneth Doka (2002) ha señalado que muchas expresiones de duelo permanecen invisibles porque las comunidades no siempre reconocen la legitimidad de todas las formas en que las personas viven la muerte y las rupturas relacionales. Pauline Boss (1999) mostró igualmente que existen situaciones en las que la incertidumbre prolongada dificulta elaborar una narrativa estable sobre lo ocurrido, como sucede cuando una persona permanece desaparecida o cuando la magnitud de una tragedia impide identificar plenamente a quienes fallecieron. En circunstancias como éstas, la necesidad pastoral no consiste en acelerar procesos emocionales ni en ofrecer respuestas concluyentes, sino en favorecer espacios en los que la experiencia humana pueda ser reconocida, expresada e integrada con respeto.
La literatura bíblica ofrece un testimonio extraordinariamente rico de esta realidad. Una lectura atenta de los Salmos permite observar que el pueblo de Israel nunca entendió el lamento como una expresión de incredulidad. Muy por el contrario, el lamento constituye una de las formas más profundas de la fe porque mantiene abierta la relación con Dios precisamente cuando la realidad parece desmentir todas las promesas. Walter Brueggemann (1984) sostiene que los salmos de lamento representan una resistencia a toda espiritualidad que pretenda ocultar el sufrimiento bajo un optimismo religioso artificial. La oración del lamento no intenta negar el dolor ni justificarlo. Lo presenta delante de Dios con toda su intensidad.
El libro de Job desarrolla esta misma perspectiva desde otra. Job no solamente cuestiona lo ocurrido. También descubre que el sufrimiento ha transformado radicalmente su comprensión de sí mismo y de Dios. Al final del libro no recibe una explicación de las razones que provocaron su sufrimiento. Lo que experimenta es una nueva manera de situarse ante Dios. “De oídas había oído hablar de ti, pero ahora te veo con mis propios ojos” (Job 42:5, NVI). Resulta significativo que esta transformación no ocurra tras recibir una respuesta intelectual, sino tras una experiencia que modifica profundamente su comprensión de Dios y de sí mismo.
Gustavo Gutiérrez (1986) interpreta este pasaje afirmando que el verdadero cambio experimentado por Job no consiste en comprender finalmente el origen de su sufrimiento, sino en descubrir una relación con Dios que trasciende las explicaciones retributivas de sus amigos. El encuentro con Dios no elimina los acontecimientos vividos ni borra la historia. Lo que transforma es la manera de comprender esa historia desde una relación más profunda con el Dios de la vida.
Esta observación permite establecer una diferencia importante entre la búsqueda de explicaciones y la experiencia de la presencia de Dios. La primera intenta explicar por qué ocurrieron determinados acontecimientos. La segunda pregunta: ¿cómo puede una persona seguir viviendo, creyendo y esperando cuando esos acontecimientos ya forman parte irreversible de su historia? La teología pastoral encuentra precisamente en esta segunda pregunta uno de sus campos más fecundos de reflexión y de servicio.
Desde esta perspectiva, el desafío pastoral no consiste únicamente en facilitar procesos mediante los cuales las personas reorganicen el significado de su historia. También consiste en favorecer condiciones humanas, espirituales y comunitarias que les permitan descubrir que la relación con Dios puede adquirir una nueva profundidad precisamente cuando muchas de las antiguas certezas han dejado de sostener la vida. La experiencia cristiana no promete una existencia libre de sufrimiento. Propone que ninguna realidad humana, por devastadora que sea, tiene la última palabra sobre la posibilidad de vivir con esperanza, dignidad y comunión con Dios.
III. La presencia de Dios en medio del sufrimiento.
Después de una tragedia colectiva, una de las preguntas que más a menudo emergen no es únicamente por qué ocurrió el desastre, sino también dónde estaba Dios mientras todo sucedía. Esta pregunta no surge exclusivamente de una inquietud intelectual. Expresa una necesidad profundamente existencial. Cuando una persona contempla la muerte de seres queridos, la destrucción de su comunidad o el derrumbe de aquello que daba estabilidad a su vida, también puede experimentar que la imagen de Dios construida durante muchos años resulta insuficiente para comprender la nueva realidad. En ese momento, la cuestión fundamental deja de ser la explicación del sufrimiento y pasa a ser la posibilidad de reconocer la presencia de Dios en una historia profundamente transformada.
Una parte importante de la tradición cristiana ha intentado responder a esta pregunta defendiendo la omnipotencia divina mediante explicaciones sobre las razones por las que Dios permite el sufrimiento. Aunque estas reflexiones han enriquecido el pensamiento teológico, con frecuencia terminan desplazando la atención de las personas concretas hacia la necesidad de justificar intelectualmente la acción de Dios. El sufrimiento humano corre entonces el riesgo de convertirse en un problema filosófico más que en una realidad histórica que reclama compasión, responsabilidad y solidaridad.
Jürgen Moltmann (1972) propuso un cambio decisivo al afirmar que la revelación cristiana alcanza su máxima expresión en el Dios crucificado. El centro de la fe no se encuentra en un Dios distante que contempla el sufrimiento desde la seguridad de su trascendencia, sino en un Dios que participa plenamente de la condición humana en Jesucristo. La cruz no explica el sufrimiento del mundo. Revela que Dios no permanece indiferente ante él. Esta afirmación modifica profundamente la práctica pastoral porque desplaza la atención de la búsqueda de explicaciones a la contemplación de la presencia solidaria de Dios en medio del dolor humano.
Dorothee Sölle (1973) desarrolló una reflexión semejante al cuestionar aquellas formas de religiosidad que presentan el sufrimiento como un destino querido por Dios o como una virtud espiritual en sí misma. Para Sölle, la fe cristiana no consiste en resignarse pasivamente ante el dolor, sino en reconocer que Dios continúa actuando allí donde las personas resisten la injusticia, se cuidan unas a otras y trabajan por la restauración de la dignidad humana. La presencia de Dios no legitima el sufrimiento. Se manifiesta en el compromiso con la vida precisamente allí donde ésta ha sido amenazada.
Los evangelios ofrecen numerosos relatos que confirman esta perspectiva. Resulta significativo que Jesús de Nazaret responda de maneras muy diversas ante las distintas formas de sufrimiento humano, pero en ninguno de estos relatos aparece interesado en ofrecer una teoría general sobre las causas del dolor. Su ministerio se caracteriza por la proximidad a quienes sufren, por la restauración de la dignidad de las personas excluidas y por la creación de nuevas relaciones que hacen posible la esperanza. Ante la muerte de Lázaro, el Evangelio no ofrece primero una explicación doctrinal del sentido de la muerte. “Jesús lloró” (Juan 11:35, NVI). Ese breve testimonio constituye una de las afirmaciones cristológicas más profundas del Nuevo Testamento. El Hijo de Dios participa plenamente del sufrimiento humano antes de pronunciar palabras sobre la vida y la resurrección.
Henri Nouwen (1972) comprendió esta realidad al afirmar que el ministerio cristiano nace de una humanidad compartida y no de una supuesta superioridad espiritual. El cuidado pastoral pierde su autenticidad cuando intenta situarse por encima del sufrimiento humano. Por el contrario, adquiere profundidad cuando reconoce que quienes ejercen un ministerio también conocen la fragilidad, el dolor y la necesidad de la gracia. La autoridad espiritual no proviene de poseer todas las respuestas, sino de vivir con integridad la presencia de Dios en medio de las mismas incertidumbres que atraviesan las demás personas.
John Swinton (2007) ha insistido en que una de las tareas fundamentales de la teología práctica consiste en ayudar a las comunidades cristianas a discernir la presencia de Dios en la realidad concreta de la vida cotidiana, y no únicamente en los sistemas doctrinales. Esta observación resulta particularmente importante tras una tragedia colectiva. Muchas personas esperan encontrar a Dios en un acontecimiento extraordinario que elimine de inmediato el sufrimiento. Sin embargo, los testimonios de quienes han atravesado guerras, terremotos, desplazamientos forzados o enfermedades devastadoras muestran con frecuencia otra realidad. La presencia de Dios comienza a ser reconocida en el gesto de quienes permanecen al lado de quien sufre, en la solidaridad que moviliza comunidades enteras, en la capacidad de conservar la esperanza cuando el futuro parece incierto y en la fuerza interior que permite continuar viviendo aun cuando la historia ha cambiado para siempre.
Esta comprensión encuentra una profunda resonancia en la tradición de la Educación Pastoral Clínica (CPE). Anton Boisen (1936) sostuvo que las personas constituyen documentos vivos cuya historia merece ser leída con la misma atención que los textos teológicos. Desde esta perspectiva, la presencia de Dios no se descubre alejándose de la experiencia humana, sino que entra respetuosamente en ella. Cada historia revela preguntas, esperanzas, contradicciones y búsquedas que desafían constantemente las formulaciones religiosas demasiado simples. La reflexión teológica nace entonces del encuentro con personas concretas y vuelve a ellas para contribuir a su bienestar espiritual y humano.
La presencia de Dios tampoco puede reducirse a una experiencia emocional particular. Existen personas que, en medio del sufrimiento, experimentan consuelo, paz o fortaleza espiritual. Otras atraviesan largos períodos de silencio, incertidumbre o profunda desolación. La ausencia de determinadas emociones religiosas no implica necesariamente la ausencia de Dios. Los Salmos ofrecen numerosos testimonios de creyentes que continúan dirigiéndose a Dios aun cuando no perciben su cercanía. “¿Hasta cuándo, Señor? ¿Me seguirás olvidando para siempre? ¿Hasta cuándo esconderás de mí tu rostro?” (Salmo 13:1, NVI). La fe bíblica reconoce que la experiencia humana de la presencia divina puede adoptar múltiples formas y que incluso el silencio forma parte de la historia espiritual de muchas personas.
La práctica pastoral encuentra aquí una orientación decisiva. Su responsabilidad no consiste en producir experiencias religiosas específicas ni en convencer a las personas de que deben sentirse de determinada manera para demostrar su fe. Su responsabilidad consiste en favorecer condiciones humanas, espirituales y comunitarias que permitan reconocer que Dios continúa siendo fiel aun cuando las circunstancias hayan cambiado radicalmente. La presencia divina no elimina la historia del sufrimiento. Se hace visible en esa misma historia mediante relaciones caracterizadas por la compasión, la solidaridad, la justicia, la esperanza y el amor.
Desde esta perspectiva, la pregunta central deja de ser: ¿dónde estaba Dios cuando ocurrió la tragedia? La pregunta pastoral más fecunda consiste en discernir de qué maneras la presencia de Dios continúa manifestándose mientras una comunidad aprende a vivir con una historia transformada para siempre. Allí comienza a revelarse una comprensión de la fe que ya no depende de explicaciones exhaustivas sobre el sufrimiento, sino de la convicción de que ninguna tragedia puede separar al ser humano del amor de Dios ni impedir que ese amor continúe haciéndose presente en la historia.
IV.- Discernir la presencia de Dios desde una Hermenéutica del Amor y de la Justicia.
Las reflexiones desarrolladas hasta este punto conducen a una pregunta distinta de aquella que tradicionalmente ha ocupado buena parte de la teodicea cristiana. Durante siglos, la discusión giró en torno a cómo conciliar la existencia de un Dios bueno y omnipotente con la realidad del sufrimiento. Esa pregunta sigue teniendo una enorme importancia para la filosofía y la teología sistemática.
Sin embargo, cuando una madre contempla la muerte de sus hijos tras un terremoto, cuando una comunidad intenta identificar a quienes murieron entre los escombros o cuando una familia regresa al lugar donde antes existía su hogar, la necesidad inmediata rara vez consiste en resolver un problema filosófico. La pregunta que emerge de la profundidad de la experiencia humana es otra. ¿Cómo puede reconocerse la presencia de Dios cuando la historia ha sido transformada de manera tan radical?
Responder a esta pregunta exige una manera diferente de interpretar las Escrituras, la experiencia humana y la acción pastoral. Montilla (2026) propone que toda interpretación teológica debe ser examinada no solo por su consistencia doctrinal, sino también por las consecuencias humanas, relacionales, espirituales y comunitarias que produce. Ninguna interpretación puede considerarse pastoralmente adecuada si degrada la dignidad humana, incrementa innecesariamente el sufrimiento, fomenta la culpa o presenta un rostro de Dios incompatible con el revelado en Jesús de Nazaret. La fidelidad teológica no depende únicamente de afirmar doctrinas correctas. También exige discernir si nuestras interpretaciones favorecen la vida, la esperanza, la justicia y el amor.
Este criterio hermenéutico cobra especial relevancia tras una tragedia colectiva. Las explicaciones religiosas no son simples opiniones privadas. Configuran la manera en que las personas comprenderán a Dios, interpretarán su propia historia y se relacionarán con los demás. Cuando un líder religioso afirma que un terremoto constituye un castigo divino o que las muertes obedecen a una decisión específica de Dios, no solo propone una interpretación doctrinal. Está interviniendo activamente en la reorganización del significado que las personas intentan construir en medio del sufrimiento. La responsabilidad ética de quien interpreta las Escrituras aumenta precisamente porque sus palabras participan en la configuración espiritual de comunidades profundamente vulnerables.
Desde esta perspectiva, la Hermenéutica del Amor y la Justicia desplaza el centro de la reflexión. La primera pregunta ya no consiste en determinar si una explicación es lógicamente posible. La pregunta inicial consiste en discernir si esa interpretación refleja el carácter de Dios revelado en Jesús de Nazaret. Los Evangelios presentan reiteradamente a un Jesucristo que dignifica a las personas, restaura relaciones, denuncia la injusticia, recibe a quienes son rechazados por la sociedad y manifiesta una profunda sensibilidad ante el sufrimiento humano. Toda interpretación que atribuya a Dios acciones incompatibles con este horizonte ético merece ser examinada con prudencia, humildad y rigor teológico.
Este desplazamiento conduce también a una comprensión distinta de la presencia de Dios. Con frecuencia se busca esa presencia exclusivamente en acontecimientos extraordinarios o en experiencias religiosas intensas. Sin embargo, la narrativa bíblica muestra repetidamente que Dios se hace presente en la historia mediante relaciones caracterizadas por la compasión, la hospitalidad, la justicia, la solidaridad y el amor. El ministerio de Jesús de Nazaret constituye la expresión más plena de esta realidad. Su vida no estuvo orientada a ofrecer explicaciones exhaustivas sobre el sufrimiento, sino a hacer visible el Reino de Dios mediante acciones concretas que restauraban la dignidad de las personas y fortalecían la esperanza de las comunidades.
Esta comprensión encuentra una expresión práctica en lo que Montilla (2026) denomina el Modo Relacional Noble. La nobleza relacional no constituye una técnica de intervención religiosa ni una estrategia de comunicación. Representa una manera de situarse frente a la otra persona, reconociendo su dignidad, respetando su libertad, escuchando su historia con profundidad y evitando utilizar el lenguaje religioso como instrumento de control, manipulación o superioridad moral. En contextos de sufrimiento colectivo, esta forma de relación permite que las personas encuentren un espacio en el que sus preguntas, sus dudas, su dolor y su esperanza sean recibidos con respeto, sin la presión de aceptar respuestas prematuras o interpretaciones impuestas.
El libro de Job ofrece una ilustración particularmente significativa de esta realidad. Al comienzo del relato, los tres amigos de Job realizan quizá uno de los gestos más nobles de toda la narrativa. Se trasladan para estar con él, lloran, rasgan sus vestidos, permanecen sentados a su lado durante siete días y siete noches y guardan silencio porque reconocen la magnitud de su sufrimiento. Durante ese tiempo no intentan explicar la tragedia ni defender una doctrina. Su sola presencia expresa solidaridad y respeto hacia la experiencia de su amigo.
Sin embargo, cuando el silencio da paso al debate teológico, la relación comienza a transformarse. Elifaz, Bildad y Zofar abandonan progresivamente la escucha integral para defender sus propias convicciones sobre el mundo, la vida, Dios y las relaciones humanas. Más adelante se incorpora Eliú, un joven que también considera necesario corregir a Job y justificar la manera en que Dios gobierna el mundo. El centro de la conversación deja de ser la experiencia de quien sufre y pasa a ser la defensa de distintos sistemas doctrinales.
Cada uno representa una manera diferente de comprender la relación entre Dios y el sufrimiento humano. Elifaz interpreta la realidad desde una lógica predominantemente retributiva, según la cual el sufrimiento revela necesariamente alguna forma de culpa. Bildad insiste en el orden moral del universo y en la justicia infalible de Dios, convencido de que el sufrimiento confirma la rectitud de dicho orden. Zofar radicaliza aún más esa perspectiva al sugerir que Job merece un castigo incluso mayor que el que ha recibido. Eliú introduce otra interpretación al presentar el sufrimiento como un medio pedagógico por el cual Dios corrige, instruye y orienta a las personas. Aunque sus argumentos difieren entre sí, los cuatro comparten un mismo presupuesto. Consideran que poseen suficiente conocimiento para explicar la acción de Dios e interpretar con certeza el significado del sufrimiento de Job.
El desenlace del libro cuestiona profundamente esa pretensión. Después de escuchar detenidamente a todos los interlocutores, el Señor dirige su palabra a Elifaz, representante del grupo, y declara: “Estoy muy irritado con ustedes dos, porque, a diferencia de mi siervo Job, lo que han dicho de mí no es verdad” (Job 42:7, NVI). La crítica divina no se dirige contra quienes formularon preguntas difíciles ni contra quien expresó su dolor con honestidad. Se dirige contra quienes hablaron de Dios con una certeza que el propio Dios rechaza. El problema no reside únicamente en que sus explicaciones fueran insuficientes. Consiste en que abandonaron la solidaridad para defender sus sistemas de pensamiento. Dejaron de escuchar al ser humano concreto que tenían delante para proteger sus doctrinas sobre Dios.
Desde la perspectiva del Modo Relacional Noble, este cambio resulta decisivo. El ministerio espiritual pierde su orientación cuando la necesidad de defender una determinada comprensión de Dios adquiere mayor importancia que el bienestar de la persona que sufre. La nobleza relacional exige la disposición permanente a reconocer que ninguna formulación doctrinal posee mayor dignidad que el ser humano creado a imagen de Dios. Solo cuando esta convicción orienta nuestras relaciones, el lenguaje religioso deja de ser un instrumento de imposición y puede abrir espacios en los que las personas disciernan, con libertad y esperanza, la presencia del Dios revelado en Jesús de Nazaret.
Discernir la presencia de Dios desde una Hermenéutica del Amor y la Justicia implica reconocer que la acción de Dios no siempre se manifiesta mediante acontecimientos extraordinarios ni respuestas inmediatas a las preguntas humanas. Con mayor frecuencia, la comunidad creyente aprende a discernir esa presencia allí donde la vida humana es protegida, donde la dignidad es restaurada y donde la compasión se convierte en acciones concretas de justicia y solidaridad.
Después de un terremoto, la presencia de Dios suele hacerse discernible en los equipos de rescate que arriesgan su vida para salvar a otras personas, en los profesionales de la salud que permanecen durante jornadas interminables atendiendo a quienes han resultado heridos, en las iglesias que abren sus puertas para ofrecer refugio, alimento y cuidado espiritual, en los vecinos que comparten los recursos que todavía poseen y en las innumerables expresiones de generosidad mediante las cuales una comunidad decide reconstruir la vida sin abandonar a quienes han visto transformada profundamente su historia.
Ninguna de estas acciones constituye una demostración objetiva de la intervención divina ni explica por qué ocurrió la tragedia. Sin embargo, desde la fe cristiana pueden ser discernidas como acontecimientos en los cuales el amor, la misericordia y la justicia que las Escrituras atribuyen a Dios continúan haciéndose presentes en la historia humana.
Esta comprensión también transforma el significado del ministerio pastoral. La vocación del pastor, del capellán, del consejero pastoral y de todo líder religioso no consiste en interpretar los supuestos designios ocultos de Dios ante cada tragedia, sino en favorecer relaciones, comunidades y prácticas que permitan discernir con mayor claridad la presencia del Dios revelado en Jesucristo. La autoridad pastoral no nace de la capacidad para responder todas las preguntas ni de la seguridad con que se formulan afirmaciones sobre Dios. Surge de la credibilidad de una vida y de un ministerio que reflejan amor, justicia, humildad, esperanza y un profundo respeto por la dignidad de cada ser humano.
Desde esta perspectiva, la pregunta decisiva tras una tragedia deja de ser por qué Dios permitió el sufrimiento. La pregunta se centra en discernir de qué maneras la comunidad cristiana puede hacer más visible, mediante su forma de vivir y de relacionarse, el amor y la justicia del Dios revelado en Jesús de Nazaret. La teología práctica no tiene autoridad para explicar por qué ocurrió un terremoto. Sí posee la responsabilidad ética y espiritual de favorecer condiciones humanas, relacionales y comunitarias que permitan discernir que la presencia de Dios continúa sosteniendo la vida aun cuando muchas preguntas permanezcan abiertas y la historia haya sido transformada para siempre.
Conclusión
Las grandes tragedias ponen a prueba no solo la fortaleza de las personas y de las comunidades, sino también la calidad de la reflexión teológica y de la práctica pastoral. Después de un terremoto, una inundación, una guerra o cualquier acontecimiento que transforme profundamente la historia humana, resurgen las mismas preguntas que han acompañado a la humanidad desde tiempos antiguos. ¿Dónde estaba Dios? ¿Por qué ocurrió esta tragedia? ¿Qué significado puede tener tanto sufrimiento? Estas preguntas continúan siendo legítimas y probablemente seguirán acompañando la experiencia humana mientras existan la muerte, el dolor y la injusticia. Sin embargo, la principal responsabilidad de la teología no consiste en responderlas de manera definitiva.
La tradición cristiana ofrece suficientes razones para afirmar que Dios permanece fiel a la humanidad aun en medio del sufrimiento. Lo que no ofrece es una autorización para atribuir con certeza a Dios las causas particulares de cada tragedia histórica. La diferencia entre estas dos afirmaciones resulta decisiva para la práctica pastoral. La primera fortalece la esperanza. La segunda puede convertir las interpretaciones humanas en supuestas declaraciones divinas y terminar por aumentar el sufrimiento de quienes buscan sentido en medio de circunstancias profundamente dolorosas.
El diálogo con Harold Kushner (1981), Nicholas Wolterstorff (1987), Robert Neimeyer (2001), Jürgen Moltmann (1972), Walter Brueggemann (1984), Gustavo Gutiérrez (1986), Henri Nouwen (1972), John Swinton (2007) y otros autores permite reconocer un punto de convergencia significativo. La cuestión decisiva no consiste en justificar intelectualmente a Dios ante el sufrimiento humano. Consiste en discernir de qué manera la presencia de Dios continúa haciéndose perceptible en una historia profundamente transformada por acontecimientos que ninguna explicación alcanza a contener plenamente.
Desde esta perspectiva, la Hermenéutica del Amor y la Justicia propone un cambio de orientación para la teología pastoral contemporánea. En lugar de comenzar por preguntar qué hizo Dios, invita a discernir cómo el amor, la justicia, la misericordia y la esperanza que las Escrituras revelan acerca de Dios continúan manifestándose en la vida de las personas y de las comunidades. Este discernimiento exige humildad intelectual para reconocer los límites del conocimiento humano y, al mismo tiempo, una profunda responsabilidad ética respecto del lenguaje utilizado cuando otras personas atraviesan el sufrimiento.
La práctica pastoral encuentra aquí uno de sus desafíos más importantes. Los ministros, capellanes, consejeros pastorales y líderes religiosos son llamados a ejercer un ministerio que haga visible el carácter de Jesucristo mediante la manera en que escuchan, sirven, cuidan, oran, enseñan y construyen comunidad. Su autoridad no depende de la capacidad de responder todas las preguntas sobre Dios. Depende de la credibilidad de una vida que refleje amor, justicia, humildad, compasión y esperanza precisamente allí donde la existencia humana ha sido profundamente transformada por el sufrimiento.
Las recientes tragedias vividas por el pueblo venezolano recuerdan que la tierra puede estremecerse en cuestión de segundos y alterar para siempre la historia de miles de personas. También recuerdan que las palabras pronunciadas después de una tragedia tienen la capacidad de fortalecer o debilitar la esperanza, de ampliar o disminuir la dignidad humana y de acercar o alejar a las personas de la imagen de Dios que anuncia el Evangelio. Por esta razón, la responsabilidad pastoral no consiste únicamente en hablar de Dios. Consiste en hacerlo con la prudencia, la humildad y la compasión que exige la realidad de quienes sufren.
La teología práctica nunca recibió la misión de explicar exhaustivamente la acción de Dios en la historia. Su vocación consiste en ayudar a las personas y a las comunidades a discernir, con sabiduría, responsabilidad y esperanza, las formas en que la presencia de Dios continúa haciéndose perceptible en medio de la historia humana. Explicar pertenece principalmente al ámbito de la certeza. Discernir pertenece al ámbito de la sabiduría. Allí donde la certeza reconoce sus límites, la sabiduría abre espacio para la humildad, para el misterio y para una fe que continúa descubriendo la presencia del Dios revelado en Jesús de Nazaret aun cuando la tierra haya temblado y muchas de las antiguas certezas se hayan transformado para siempre.
Discernir la presencia de Dios conduce inevitablemente a la responsabilidad de encarnarla en la historia. La fe cristiana no se limita a reconocer dónde puede percibirse la acción de Dios. También invita a decidir, libre y responsablemente, vivir de tal manera que nuestras acciones reflejen la bondad, la misericordia, la justicia y el amor que las Escrituras atribuyen al Creador. Cada vez que una persona opta por proteger la dignidad de otra, aliviar el sufrimiento, compartir sus recursos, defender la justicia, consolar con humildad o servir con generosidad, hace que el carácter de Dios resulte más perceptible en la historia humana.
Permitir que nuestros pasos recorran los caminos de la compasión, que nuestras manos se conviertan en instrumentos de cuidado y servicio, y que nuestras palabras comuniquen gracia, esperanza y verdad constituye una de las formas más profundas de encarnar la presencia de Dios en medio del dolor, del sufrimiento, de la miseria y del caos. Quizá esta sea una de las vocaciones más nobles de la teología práctica-pastoral y del ministerio cristiano. No pretender hablar en lugar de Dios, sino vivir de tal manera que otras personas puedan discernir, mediante nuestras relaciones y acciones, algo del amor y de la justicia del Dios revelado en Jesús de Nazaret.
Referencias
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