El amor como el vínculo perfecto

Esteban Montilla | 14 febrero, 2023

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“Por encima de todo, vistámonos de amor, que es el vínculo perfecto” (Colosenses 3:14). ‬‬‬‬‬‬‬‬

El amor es más fácil sentirlo que explicarlo. El amor se siente, se expresa y se experimenta al mostrar cuidado, proteger, ofrecer afecto, proveer oportunidades y al regocijarse el uno para con el otro. El amor “como el vínculo perfecto” constituye la motivación por excelencia para dar lo mejor de uno en las relaciones humanas a fin sostenerlas a través del curso de la existencia.

Las relaciones humanas y la convivencia en comunidad prosperan, progresan y evolucionan cuando los diálogos y las conductas prosociales están enmarcadas en el amor. Se ama cuando se respeta la libertad de las demás personas, cuando se toma en serio lo que tienen que decir, cuando se validan sus sentimientos y cuando se reconoce la importancia de su poder o influencia. En el amor se celebra la dignidad y los derechos humanos de cada persona. Es así como uno se da cuenta que está frente al amor.

En este sentido el amor va de la mano de la justicia al tratarnos unos a otros con equidad y rectitud. Este dúo del amor y la justicia representa el camino más seguro a la paz y la sana convivencia. En las relaciones humanas marcadas por el amor, se nota al reflejar paciencia, al actuar con compasión, al extender el perdón, al dialogar en vez de debatir, al manejar los conflictos con cordura, al unir esfuerzos para lograr las metas propuestas, al asistir a las demás personas en la satisfacción de sus necesidades sin descuidar las nuestras y al mostrar lealtad en el contexto de la justicia.

El amor por su naturaleza dinámica crece al llevarse a cabo estas acciones de bondad, ternura y generosidad. La aplicación diaria de estas conductas adaptativas, el esfuerzo continuo en hacer presente el amor y la constancia en la demostración de cuidado el uno para con el otro puede librar a las relaciones del estancamiento. El amor entonces puede estar presente, pero se hace vivo al expresarse en estas acciones concretas. En este sentido el amor nunca deja de ser.

El amar y el sentirse amado es una de las experiencias más transcendentales que un ser humano pueda experimentar. Esta fuerza llamada amor es tan poderosa y tan abarcante que forma parte de las creencias centrales en la mayoría de las religiones del mundo. Los judíos y los cristianos consideran que amar a Dios, amar a los demás y amarse a sí mismo constituye el más alto compromiso existencial que tiene una persona. Estas dos religiones postulan que la salvación está conectada con la práctica de esta máxima del amor (Deuteronomio 6:4-5; Levíticos 19:18; Marcos 12:29-30; Lucas 10:27; 1 Juan 4:16), y sugieren que el amor es una fuerza que sana, une, restaura y transforma.

El autor del Evangelio de Juan dice que el amor es la esencia de Dios. “El que no ama no ha conocido a Dios, porque Dios es amor” (1 Juan‬ ‭4:8‬ ‭DHH). El amor entonces puede constituir el termómetro por excelencia para medir nuestra espiritualidad. El amor traducido en acciones de bondad refleja la esencia de la espiritualidad humana. Este acto de ponerle una pausa a nuestras necesidades mientras nos centramos en las realidades de las demás personas constituye el corazón del amor.

Uno de los fundadores del cristianismo, el Apóstol Pablo, indica que todo pensamiento, acción y conducta que se haga en ausencia del amor carece del poder transformador y de una sanidad que permanece. “Si hablo en lenguas humanas y angelicales, pero no tengo amor, no soy más que un metal que resuena o un platillo que hace ruido. Si tengo el don de profecía y entiendo todos los misterios y poseo todo conocimiento, y si tengo una fe que logra trasladar montañas, pero me falta el amor, no soy nada. Si reparto entre los pobres todo lo que poseo, y si entrego mi cuerpo para que lo consuman las llamas, pero no tengo amor, nada gano con eso” (1 Corintios 13:1-3).

En la Biblia Cristiana se encuentran tres vocablos para referirse al amor:
a) Ágape para referirse al amor que compartimos con personas a quienes no conocemos o personas extrañas. “Maestro, ¿qué tengo que hacer para heredar la vida eterna? Jesús replicó: — ¿Qué está escrito en la ley? ¿Cómo la interpretas tú? Como respuesta el hombre citó: —‘Ama al Señor tu Dios con todo tu corazón, con todo tu ser, con todas tus fuerzas y con toda tu mente’ y: ‘Ama a tu prójimo como a ti mismo.’ —Bien contestado —le dijo Jesús—. Haz eso y vivirás. Pero él quería justificarse, así que le preguntó a Jesús: “¿Y quién es mi prójimo? Jesús respondió: —Bajaba un hombre de Jerusalén a Jericó, y cayó en manos de unos ladrones. Le quitaron la ropa, lo golpearon y se fueron, dejándolo medio muerto…” (Lucas 10:26-37).

b) El segundo vocablo es Phileo para indicar el amor familiar y de la amistad. El amor que compartimos entre personas a quienes conocemos y consideramos familia o amistad. El amor que actúa para buscar el bienestar de nuestros familiares y amistades (Juan 3:35-36). “El Padre ama al Hijo, y ha puesto todo en sus manos. El que cree en el Hijo tiene vida eterna”.

c) El tercer vocablo es Epithumia el cual hace referencia al deseo fuerte por tener intimidad o cercanía con otra persona (Lucas 22:15). Esto diferentes vocablos no indican que hay diferentes tipos de amor, sino que existen diversas maneras de mostrar el amor.

La invitación es a refugiarse en los brazos sanadores del amor. El gran poeta nicaragüense Rubén Darío (1867-1916), padre del modernismo literario en la lengua española y conocido como el príncipe de las letras castellanas, en su poema “Amo, amas” habla de la experiencia integral del amor. “Amar, amar, amar, amar siempre, con todo el ser y con la tierra y con el cielo, con lo claro del sol y lo oscuro del lodo: amar por toda ciencia y amar por todo anhelo. —Y cuando la montaña de la vida nos sea dura y larga y alta y llena de abismos, amar la inmensidad que es de amor encendida ¡y arder en la fusión de nuestros pechos mismos!”.

El cuentista cristiano de origen español Pedro P. Sacristán (2010) en el cuento “la princesa de fuego” nos enseña acerca del poder transformador del amor. “Erase una vez una princesa muy rica, bella y sabia. Al cansarse de pretendientes falsos que se acercaban a ella para conseguir sus riquezas, anunció que se casaría con quien le llevase el regalo más valioso, tierno y sincero a la vez. El palacio se llenó de flores y regalos de todos los tipos y colores, de cartas de amor incomparables y de poesías encantadoras. Y entre todos aquellos regalos magníficos, descubrió una piedra; una simple y sucia piedra. Intrigada, hizo llamar a quien se la había regalado. A pesar de su curiosidad, mostró estar muy ofendida cuando apareció el joven, y este se explicó diciendo: Esa piedra representa lo más valioso que os puedo regalar, princesa: es mi corazón. Y también es sincera, porque aún no es vuestro y es duro como una piedra. Sólo cuando se llene de amor se ablandará y será más tierno que ningún otro.

El joven se marchó tranquilamente, dejando a la princesa sorprendida y atrapada. Quedó tan enamorada que llevaba consigo la piedra a todas partes, y durante meses llenó al joven de regalos y atenciones, pero su corazón seguía siendo duro como la piedra en sus manos. Desanimada, terminó por arrojar la piedra al fuego; al momento vio cómo se deshacía la arena, y de aquella piedra tosca surgía una bella figura de oro. Entonces comprendió que ella misma tendría que ser como el fuego, y transformar cuanto tocaba separando lo inútil de lo importante.

Durante los meses siguientes, la princesa se propuso cambiar en el reino, y como con la piedra, dedicó su vida, su sabiduría y sus riquezas a separar lo inútil de lo importante. Acabó con los excesos en su reino de manera que la gente del país tuvo comida y libros. Cuantos trataban con la princesa salían encantados por su carácter y cercanía, y su sola presencia transmitía tal calor humano y pasión por cuanto hacía, fue así como comenzaron a llamarla cariñosamente ‘La princesa de fuego’. Y como con la piedra, su fuego deshizo la dura corteza del corazón del joven, que tal y como había prometido, resultó ser tan tierno y justo que hizo feliz a la princesa hasta el fin de sus días.

El amor como una experiencia que involucra al ser humano en su totalidad tiene características fisiológicas, cognitivas, emocionales y relacionales que al activarse generan en el ser humano una cadena de reacciones difíciles de medir y precisar. Sin embargo, por su naturaleza dinámica sabemos que puede crecer y expresarse a una magnitud cada vez más profunda. Quizá una manera concreta para empezar a nutrirlo es conociendo y perfeccionando cada uno de sus elementos. El amor tiene ocho componentes fundamentales: 1) El compromiso, 2) la intimidad, 3) la pasión, 4) el respeto, 5) la solidaridad, 6) la compasión, 7) la humildad y 8) la lealtad. En cualquier relación seria y significativa se pueden notar estos ocho factores. Estos componentes del amor se pueden observar en una relación de amistad, en una relación de pareja y en una relación familiar. La diferencia estaría en la intensidad y en la manera como se expresan cada uno de estos componentes. En este sentido, no hay varios tipos de amor sino uno sólo, pero, que se expresa de forma distinta dependiendo de la naturaleza de la relación.

Como la princesa de fuego separemos lo inútil de lo importante. Acabemos con los excesos y exuberancias de nuestras vidas y decidamos dar y recibir el mejor regalo dado a la humanidad: el don del amor. Hoy es una buena oportunidad para apropiarnos de ese modelo de vida basado en la intimidad, la pasión, el compromiso, el respeto, la solidaridad, la compasión, la humildad y la lealtad. Si vivimos el amor a este nivel de profundidad, como pasó con la princesa de fuego, las personas que se nos acerquen o a quienes nos acerquemos podrán recibir el calor humano y la intensidad de nuestro amor. “Y pido que el amor sea la raíz y el fundamento de nuestras vidas de manera que podamos comprender, junto con todos los santos, cuán ancho y largo, alto y profundo es el amor de Cristo. Pido, pues, que conozcamos ese amor, que es mucho más grande que todo cuanto podemos conocer, para que así seamos colmados de la plenitud total de Dios” (Efesios 3: 14-19). ‬‬

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