La capellanía clínica profesional
Esteban Montilla | 26 agosto, 2026
La capellanía clínica o profesional como presencia que asiste la vida
R. Esteban Montilla, Ph.D.
Introducción y definición
La capellanía puede comprenderse como una expresión especializada del ministerio pastoral que lleva la presencia y la asistencia espiritual allí donde transcurre la vida humana, particularmente cuando surgen vulnerabilidad, crisis, sufrimiento, decisiones difíciles y preguntas sobre el sentido. Su identidad histórica resulta significativa porque representa un movimiento que sale del espacio religioso convencional para encontrarse con las personas en hospitales, hogares, prisiones, campos de batalla, universidades, organizaciones y otros ámbitos de la vida social. Desde esta perspectiva, el capellán o la capellana no espera que la persona llegue al templo, sino que se hace disponible allí donde ocurre la existencia. Ejerce un ministerio que asiste sin exigir pertenencia religiosa y procura representar la bondad, el amor y la justicia más allá de los límites de una comunidad confesional particular.
Las expresiones «capellanía clínica» y «capellanía profesional» no designan dos tipos distintos de capellanía. En esta propuesta se hace referencia a una misma profesión pastoral, aunque la denominación utilizada suele depender del contexto institucional. En hospitales, centros de rehabilitación, hospicios y otros entornos relacionados con la salud es frecuente hablar de capellanía clínica. En escenarios penitenciarios, militares, policiales, educativos, gubernamentales, corporativos, deportivos o del entretenimiento suele utilizarse con mayor naturalidad la expresión «capellanía profesional». La diferencia terminológica no modifica la naturaleza esencial del trabajo. En ambos casos se requieren educación especializada, competencias clínicas y relacionales, supervisión, responsabilidad ética, afiliación profesional y procesos de certificación.
El significado de clínico, tal como se utiliza aquí, trasciende el ámbito sanitario y expresa una postura fundamental ante la persona. Ser clínico significa inclinarse hacia la experiencia humana para comprenderla desde el lugar en el que la persona la vive. El profesional de la capellanía no comienza imponiendo una explicación religiosa, teológica, psicológica o moral. Procura comprender qué está sucediendo, cómo la persona interpreta lo que vive, cuáles son sus necesidades y fortalezas, qué relaciones la sostienen o la hieren, qué lugar ocupa la espiritualidad en su experiencia y qué factores biológicos, culturales, históricos, relacionales e institucionales participan en su situación. La intervención comienza, por tanto, con una comprensión suficientemente cuidadosa de la realidad que la persona expresa y vive.
Todo capellán profesional necesita desarrollar esta disposición clínica, independientemente del lugar donde ejerza. El carácter clínico no proviene del edificio en el que trabaja, sino de la manera en que se aproxima a la experiencia humana. Quien sirve en una prisión necesita intentar comprender el encierro desde la experiencia de quien vive bajo custodia. En el ámbito militar, resulta necesario escuchar lo que significan el deber, la violencia, la responsabilidad, las rupturas relacionales y una posible lesión moral para quien ha vivido esas experiencias. En una universidad, el profesional necesita aproximarse a las preguntas sobre identidad, vocación, pertenencia y propósito desde la realidad concreta de quien estudia. Del mismo modo, las capellanías corporativas, deportivas, policiales o gubernamentales requieren conocer las culturas institucionales, las relaciones de poder, las demandas y los conflictos que configuran la vida de las personas a las que se asiste. La capellanía es clínica cuando escucha antes de concluir, observa antes de clasificar y procura comprender antes de intervenir.
Esta disposición evita reducir la capellanía a una colección de técnicas religiosas o de habilidades interpersonales. La competencia profesional incluye presencia, observación, comunicación humana, escucha profunda, evaluación espiritual, discernimiento, conciencia de sí, comprensión contextual y reflexión crítica sobre la propia participación en la relación. La formación clínica pastoral busca fortalecer precisamente esta capacidad de examinar la práctica mediante la experiencia supervisada, la integración teológica, la reflexión crítica y el autoconocimiento. De esta manera, la intervención pastoral no depende únicamente de la intención de ayudar, sino también de la capacidad para reconocer qué ocurre en la relación, qué aporta el profesional y qué consecuencias puede tener su manera de intervenir.
Csaba Szilagyi, Mark Newitt y Daniel Nuzum (2024), en un estudio piloto de métodos mixtos con siete capellanes que participaron en una unidad de Educación Pastoral Clínica (CPE) en Inglaterra, observaron un desarrollo en la confianza, la práctica reflexiva, la inteligencia emocional, la escucha, la atención a la diversidad y la evaluación espiritual. Posteriormente, Csaba Szilagyi y sus colaboradores (2025), en un estudio multicéntrico pretest-postest con 196 participantes de 29 centros acreditados de CPE en Estados Unidos, observaron aumentos estadísticamente significativos en la inteligencia emocional y la autoeficacia para la consejería, con magnitudes de efecto entre moderadas y grandes. Estos diseños no permiten afirmar que la CPE produzca por sí sola todos esos cambios ni que una unidad genere competencia profesional plena. Sí, aportan evidencia empírica compatible con el valor de una educación clínica basada en la experiencia, la reflexión y la supervisión.
Desde esta perspectiva, la capellanía clínica o profesional puede definirse como una profesión pastoral especializada mediante la cual una persona debidamente formada se aproxima a individuos, familias, grupos y comunidades para comprender sus necesidades, fortalezas y realidades desde la perspectiva de quienes las viven, y ofrecer asistencia espiritual, relacional, existencial y ética, respetándolos y considerando su dignidad, autodeterminación, cultura, sistema de creencias y contexto. Su carácter clínico se manifiesta en la disposición a inclinarse hacia la experiencia humana para comprenderla desde la perspectiva de la persona. Su carácter profesional se manifiesta en la educación, las competencias, la supervisión, los límites de práctica, la afiliación profesional, los marcos éticos, la certificación y la rendición de cuentas, que sustentan un ejercicio responsable.
Una profesión pastoral
Definir la capellanía clínica o profesional como una profesión conlleva consecuencias importantes. Su ejercicio excede la función religiosa asignada por una institución y no puede depender exclusivamente de la buena voluntad, de la experiencia congregacional o de la vocación personal. Como otras profesiones de asistencia, posee una identidad propia, un cuerpo organizado de conocimientos y competencias, un programa establecido de educación, organizaciones profesionales a las que sus practicantes se afilian, marcos éticos que regulan la práctica y procesos de certificación mediante los cuales se examina si una persona ha alcanzado las competencias necesarias para ejercer de manera responsable. La vocación puede constituir una fuente importante de motivación, pero no sustituye la preparación académica, la formación clínica, la supervisión ni la responsabilidad profesional.
La educación requerida debe corresponder a la complejidad de los organismos humanos, de sus relaciones y de los contextos en los que se ejerce la capellanía. La preparación profesional, por ello, no puede limitarse al conocimiento bíblico y teológico, aun cuando ambos continúen siendo fundamentales para la identidad pastoral. Dentro de esta propuesta, un programa formativo integral incluye Comunicación Humana Intercultural, porque toda relación pastoral ocurre entre personas cuyas historias, lenguajes, culturas y sistemas de significado pueden ser diferentes; Intervención en Crisis, Traumas Psicológicos y Facilitación en Duelo, porque una parte importante del trabajo del capellán ocurre en circunstancias de ruptura relacional, desorganización, violencia, amenaza o sufrimiento; y Consejería Pastoral a través del Desarrollo del Ciclo Vital, porque las necesidades espirituales, relacionales y existenciales adquieren expresiones particulares durante las diferentes etapas del desarrollo humano.
La preparación profesional comprende también Principios de Salud y Bienestar Psicológico y Teorías y Estrategias de la Psicoterapia Pastoral, de manera que el capellán pueda comprender procesos psicológicos relevantes sin confundir la identidad de la capellanía con la psicología, la psiquiatría u otras profesiones de la salud mental. A esta formación se integran las Reflexiones Sistemáticas sobre Teología y la Teología del Cuidado Pastoral y de la Consejería. Mediante ellas, el profesional aprende a interpretar críticamente la experiencia humana desde la tradición teológica sin convertir la teología en un repertorio de respuestas prefabricadas. La reflexión teológica entra así en diálogo con las preguntas que las personas formulan sobre el significado, la esperanza, la justicia, el sufrimiento, la responsabilidad, la trascendencia y su relación con lo que consideran sagrado.
La Ética de la Capellanía y la Psicoterapia Pastoral constituye otro componente indispensable. Toda relación profesional implica poder, límites y responsabilidades. La confidencialidad, la autodeterminación, el consentimiento, las relaciones múltiples, el manejo de la información, el uso de la autoridad, la diversidad religiosa y la referencia a otros profesionales requieren discernimiento ético continuo. De manera complementaria, el estudio de Psicopatología y Distorsiones del Alma permite identificar diferencias y relaciones entre las necesidades espirituales, las dificultades relacionales, las distorsiones del alma y los trastornos psicológicos. La finalidad de esta formación no es convertir al capellán en psicólogo o psiquiatra, sino ofrecer conocimientos suficientes para reconocer la complejidad humana, trabajar dentro de los límites de la propia profesión e identificar las circunstancias en las que se requiere la participación de otros profesionales.
La naturaleza relacional de la existencia humana exige también formación en Teorías y Estrategias de Consejería Familiar, de Parejas y de Terapia Sexual. Muchas situaciones que llegan a la capellanía no se originan ni se mantienen exclusivamente en la experiencia individual. La enfermedad, el duelo, las transiciones familiares, la migración, los conflictos de pareja, la sexualidad, las separaciones y otras rupturas relacionales ocurren dentro de redes de relaciones en las que participan afectos, responsabilidades, historias, expectativas culturales, valores y diversas expresiones de poder. La formación en estas áreas proporciona marcos para comprender esas realidades, sin asumir que haber estudiado una disciplina autoriza automáticamente a ejercer todas sus modalidades especializadas. Parte de la competencia profesional consiste precisamente en conocer el alcance de la propia práctica y reconocer cuándo la persona necesita ser referida.
La preparación en Diversidad Religiosa, Evaluación Espiritual e Interculturalidad resulta igualmente indispensable para una profesión que trabaja en sociedades caracterizadas por una amplia pluralidad religiosa, espiritual, filosófica y cultural. Anke Liefbroer, Erik Olsman, Ruard Ganzevoort y Faridi van Etten-Jamaludin (2017) realizaron una revisión sistemática de 22 estudios empíricos sobre el cuidado espiritual interreligioso. Sus hallazgos mostraron la importancia tanto de las competencias de quienes ofrecen cuidado espiritual como de las posibilidades y restricciones del contexto institucional. Esta literatura refuerza la necesidad de una capellanía capaz de escuchar sistemas de significado distintos sin convertir la propia tradición en la medida con la que se interpreta o evalúa la experiencia ajena.
La evaluación espiritual también puede realizarse de manera sistemática sin convertir la espiritualidad en una categoría psicopatológica ni reducir la relación pastoral a la administración de instrumentos. Stefanie Monod, Estelle Martin, Brenda Spencer, Étienne Rochat y Christophe Büla (2012) examinaron la Spiritual Distress Assessment Tool en 203 personas adultas mayores hospitalizadas. Los autores informaron coeficientes altos de consistencia intraevaluador e interevaluador, así como relaciones significativas entre sus puntuaciones y otras medidas de bienestar y de sufrimiento espiritual. Esta evidencia debe interpretarse en la población, con el propósito y bajo las condiciones específicas del estudio. Aun así, muestra que determinadas interpretaciones derivadas de una evaluación espiritual pueden someterse a un examen sistemático y complementar, sin sustituir, la escucha clínica y pastoral.
Este programa educativo adquiere su sentido pleno cuando se integra con formación clínica supervisada, afiliación profesional, marcos éticos y certificación para el ejercicio de la profesión. La supervisión permite examinar cómo la historia personal, las emociones, las convicciones religiosas, los prejuicios, las necesidades y los patrones relacionales del propio capellán inciden en su labor. La afiliación profesional sitúa al practicante dentro de una comunidad de colegas en la que puede consultar, continuar formándose, examinar dilemas y rendir cuentas. Los marcos éticos establecen responsabilidades hacia quienes reciben los servicios, las instituciones y la profesión. La certificación, por su parte, ofrece un proceso formal para evaluar la educación, la formación clínica, las competencias y la práctica ética antes de reconocer el ejercicio profesional.
Llamar profesional a la capellanía implica, por consiguiente, una responsabilidad pública. Quienes reciben estos servicios deben poder esperar que la persona que se identifica como capellán profesional haya recibido educación pertinente para comprender la complejidad humana, posea competencias pastorales y clínicas, conozca los límites de su práctica, mantenga relación con una comunidad profesional, responda a estándares éticos identificables y haya participado en un proceso de certificación. La profesionalización no disminuye la vocación pastoral. Procura que esa vocación se ejerza con el conocimiento, la competencia y la responsabilidad que merece quien busca asistencia.
Las funciones de la capellanía
Esta identidad profesional permite comprender que las funciones de la capellanía son considerablemente más amplias que orar, administrar sacramentos o proporcionar consuelo religioso. Estas prácticas pueden tener un valor profundo cuando responden a las necesidades y decisiones de la persona, pero no agotan el trabajo del capellán. La capellanía establece relaciones pastorales, escucha historias, identifica necesidades y fortalezas espirituales, asiste en crisis, duelos y rupturas relacionales, facilita la búsqueda de significado y propósito, fortalece los recursos de fe y esperanza cuando son importantes para quien recibe el servicio, participa en procesos de discernimiento y ayuda a reconocer factores relacionales, culturales, espirituales, institucionales y éticos que influyen en la experiencia humana.
La literatura sobre capellanía en contextos de salud aporta evidencia empírica sobre algunas de estas funciones, aunque su calidad y alcance varían. Robert Kirchoff y sus colaboradores (2021), en una revisión sistemática sobre el cuidado espiritual de pacientes hospitalizados, identificaron estudios sobre la satisfacción, el bienestar espiritual y la calidad de vida y señalaron limitaciones metodológicas y la necesidad de investigaciones más rigurosas. Alexia Torke y sus colaboradores (2023), en un ensayo clínico aleatorizado con familiares que tomaban decisiones por pacientes en unidades de cuidado intensivo, observaron que una intervención espiritual proactiva y semiestructurada ofrecida por capellanes se asoció con menor ansiedad en el seguimiento, mayores probabilidades de una mejoría clínicamente importante en el bienestar espiritual y mayor satisfacción con el cuidado espiritual. Estos resultados respaldan determinadas formas de integración del capellán en equipos de cuidado, pero no justifican atribuir los mismos efectos a toda intervención pastoral.
Jennifer Mascaro y sus colaboradores (2025) aportaron evidencia adicional mediante un estudio controlado en el que residentes de capellanía fueron asignados aleatoriamente al momento de recibir formación en una intervención de salud espiritual centrada en la compasión. Entre los pacientes hospitalizados incluidos, quienes recibieron consultas de capellanes ya formados en la intervención mostraron puntuaciones posteriores de depresión más bajas que quienes recibieron la consulta tradicional. La importancia de trabajos como este no consiste en hacer depender la legitimidad de la capellanía exclusivamente de resultados cuantificables. Su valor radica también en mostrar que algunas intervenciones pastorales pueden definirse con suficiente precisión para ser estudiadas y que sus posibles efectos pueden someterse a evaluación científica.
El capellán puede facilitar prácticas y recursos religiosos cuando sean solicitados, asistir en decisiones difíciles, contribuir al manejo de conflictos, participar en procesos de duelo, asistir a familias, colaborar con equipos interdisciplinarios y realizar referencias responsables cuando las necesidades de una persona exceden su formación o competencia. El ejercicio profesional no exige tener todas las respuestas. Requiere reconocer qué puede aportar legítimamente la capellanía, qué pertenece a su ámbito de práctica y cuándo la dignidad de la persona hace necesaria la participación de otras profesiones.
La capellanía cumple, además, una función humanizadora en las instituciones. Toda institución desarrolla lenguajes, procedimientos, jerarquías y formas de organizar a las personas que pueden ser necesarios para cumplir su misión, pero que también pueden simplificar en exceso la complejidad de la existencia humana. Un hospital puede reducir a alguien a un diagnóstico o a un número de habitación; una prisión, a un expediente o a una condena; una organización laboral, a una función productiva; y una institución militar, policial o gubernamental, al desempeño, al cumplimiento o a la función operativa. La presencia pastoral recuerda que detrás de cada categoría institucional existe un organismo humano con historia, relaciones, necesidades espirituales, derechos, temores, responsabilidades, esperanzas y capacidad de autodeterminación.
Esta función humanizadora también posee una dimensión ética y, cuando las circunstancias lo requieren, una dimensión profética. El capellán no necesita constituirse en adversario permanente de la institución, pero tampoco puede permitir que la lealtad institucional silencie su responsabilidad hacia la dignidad humana. Su posición puede hacer visibles dinámicas que despersonalizan y abrir posibilidades para recuperar espacios de humanidad. Esto puede requerir facilitar una conversación difícil, abogar por la autodeterminación, cuestionar una práctica deshumanizante, participar en una deliberación ética o procurar que una voz vulnerable sea escuchada. La cercanía institucional adquiere valor pastoral cuando no se convierte en una subordinación acrítica al poder de la institución.
La capellanía y la consejería pastoral
La capellanía clínica o profesional y la consejería pastoral mantienen una relación particularmente estrecha. Ambas pertenecen al campo de las profesiones pastorales y comparten la importancia de la relación, la evaluación, el discernimiento, la espiritualidad, la ética, la supervisión y de una comprensión integral del organismo humano. También pueden utilizar críticamente conocimientos y modelos de intervención provenientes de la psicología, las ciencias sociales, la educación y otras disciplinas, siempre que sean compatibles con su identidad pastoral y se encuentren dentro de las competencias del profesional. Esta proximidad no elimina las diferencias de encuadre, pero evita presentar ambos campos como territorios profesionales que necesariamente compiten entre sí.
La relación se vuelve especialmente visible cuando la capellanía y la consejería pastoral son ofrecidas por la misma persona. Un profesional puede estar formado y certificado para ejercer como capellán y, además, contar con la formación y las competencias necesarias para ofrecer consejería pastoral. En esas circunstancias, no resulta necesario establecer una separación artificial que obligue a transferir automáticamente a la persona a otro profesional simplemente porque la relación pastoral ha comenzado a profundizarse. El criterio decisivo es que quien ofrece ambos servicios posea la preparación correspondiente, pueda identificar con claridad qué servicio preste y mantenga los límites éticos y profesionales propios de cada encuadre.
Esta continuidad puede observarse con particular claridad tras una intervención en crisis. El capellán puede encontrarse inicialmente con una persona durante una hospitalización, una muerte, un accidente, una emergencia institucional, una experiencia de violencia, una ruptura relacional u otro acontecimiento que haya desorganizado temporalmente su vida. La intervención inicial puede centrarse en ofrecer presencia, ayudar a organizar la experiencia inmediata, identificar riesgos y recursos, facilitar relaciones aliadas, atender necesidades espirituales urgentes y contribuir a que la persona recupere suficiente estabilidad para afrontar las próximas decisiones. Una crisis, sin embargo, también puede hacer visibles conflictos, necesidades espirituales, preguntas de fe, duelos anteriores, dificultades relacionales o distorsiones del alma que requieren un trabajo más prolongado.
Cuando el capellán posee la educación y las competencias necesarias, la relación puede continuar posteriormente como consejería pastoral. La persona que intervino durante la crisis puede seguir encontrándose con quien recibió sus servicios, ahora dentro de un encuadre diferente y con objetivos que permiten explorar con mayor profundidad aquello que la crisis puso de manifiesto. El mismo profesional puede pasar así de una intervención inmediata de capellanía a una relación más estructurada de consejería pastoral. Existe continuidad en la asistencia, pero cambian el propósito, la estructura y, en ocasiones, la duración del servicio.
Esa continuidad exige claridad. Que un mismo profesional pueda ejercer ambas funciones no significa que los encuadres sean idénticos ni que la transición deba ser implícita. Cuando una intervención de capellanía comienza a convertirse en una relación sostenida de consejería pastoral, conviene aclarar con la persona la naturaleza del servicio, sus objetivos, la frecuencia de los encuentros, los límites de la confidencialidad, las responsabilidades mutuas y cualquier otra condición pertinente. Esta transparencia protege la autodeterminación y evita que una relación iniciada bajo las condiciones particulares de una institución cambie de naturaleza sin que la persona comprenda lo que ocurre.
La conexión entre ambas profesiones también puede comprenderse a partir de sus finalidades. La consejería pastoral establece una relación profesional en la que personas, parejas, familias o grupos pueden explorar fortalezas, necesidades espirituales, impedimentos para el desarrollo humano, relaciones y rupturas relacionales, distorsiones del alma, crecimiento espiritual y desarrollo de la fe. La capellanía puede desempeñar varias de estas funciones, aunque las condiciones institucionales suelen modificar el encuadre, la duración y la intensidad de la relación. En ciertas circunstancias, el servicio finaliza tras una intervención breve. En otras, el capellán continúa asistiendo durante semanas, meses o periodos más prolongados y, cuando existe preparación profesional y un acuerdo claro, esa continuidad puede adoptar explícitamente la forma de consejería pastoral.
La diferencia entre capellanía y consejería pastoral no puede establecerse únicamente por el contenido de una conversación ni, necesariamente, por la identidad de quien presta el servicio. Una misma conversación pastoral puede incluir duelo, fe, relaciones, sentido, decisiones y sufrimiento. Para distinguir la modalidad de servicio es necesario atender también al contexto, al acuerdo profesional, a los objetivos de la relación, a su duración, a las competencias de quien la ofrece y al alcance de la intervención. La misma persona puede ejercer ambas profesiones cuando está debidamente preparada, pero necesita mantener claridad respecto de la función que desempeña en cada momento.
La investigación contemporánea sobre Educación Pastoral Clínica ofrece un respaldo indirecto, aunque relevante, para comprender esta proximidad. Szilagyi, Newitt y Nuzum (2024), así como Szilagyi y sus colaboradores (2025), observaron cambios en capacidades como la escucha, la práctica reflexiva, la inteligencia emocional y la autoeficacia en la consejería durante la formación clínica pastoral. Estos hallazgos no demuestran que todo capellán deba ejercer consejería pastoral ni eliminan la necesidad de una educación específica para hacerlo. Indican, más modestamente, que varias competencias relacionales necesarias para ambas prácticas pueden desarrollarse en un terreno formativo compartido.
La frontera entre capellanía y consejería pastoral puede comprenderse, por ello, mejor como una zona de proximidad que, en determinados casos, permite la continuidad profesional. El capellán que se inclina hacia una persona durante una crisis puede continuar encontrándose con ella como consejero pastoral cuando posee la preparación correspondiente, cuando el nuevo encuadre se hace explícito y cuando esa continuidad responde a las necesidades y decisiones de la persona. Pueden modificarse la profundidad, la estructura y la duración del trabajo, pero permanece una responsabilidad fundamental comprender, asistir, respetar la autodeterminación y favorecer condiciones en las que la persona pueda desarrollar mayor sabiduría para vivir.
La diversidad contextual de los servicios de capellanía
La identidad de la profesión adquiere mayor claridad cuando reconocemos la diversidad contextual de los servicios de capellanía. Las personas interpretan lo que les sucede a través de sus historias, culturas, relaciones, símbolos, lenguajes y sistemas de significado. Las instituciones también participan en esa interpretación mediante sus normas, jerarquías, categorías y relaciones de poder. Por ello, ninguna forma de ejercer la capellanía puede trasladarse mecánicamente de una institución a otra. Lo que debe permanecer estable es la orientación ética hacia la dignidad, la autodeterminación, la comprensión de la persona desde su propia perspectiva y la asistencia responsable. Lo que cambia es la manera en que esa presencia necesita expresarse en cada contexto.
En los servicios de salud, la capellanía se encuentra con la enfermedad, la fragilidad física, la incertidumbre diagnóstica, la discapacidad, el duelo, las decisiones médicas y la proximidad de la muerte. Allí, la atención espiritual puede ayudar a una persona a expresar temores, reconocer fuentes de significado, movilizar personas aliadas, recurrir a prácticas religiosas significativas o discernir ante decisiones particularmente difíciles. El capellán clínico también puede participar en equipos interdisciplinarios y aportar una perspectiva sobre las necesidades espirituales, los valores, las relaciones y los significados que contribuya a una comprensión más integral de la experiencia del paciente. Es en estos contextos donde se ha desarrollado una base empírica particularmente amplia sobre las intervenciones y los resultados de la capellanía (Kirchoff et al., 2021; Mascaro et al., 2025; Torke et al., 2023).
En los ambientes penitenciarios, el contexto modifica profundamente la relación pastoral. La privación de libertad, la separación familiar, la culpa, la vergüenza, la responsabilidad por el daño causado, la estigmatización y las posibilidades de reconstruir la propia historia configuran necesidades particulares. Una capellanía responsable puede afirmar la dignidad de la persona sin negar las consecuencias de sus actos. Puede asistir en procesos de reflexión, responsabilidad, reconciliación, formación de relaciones más saludables, crecimiento espiritual y reconstrucción de un horizonte de vida, evitando tanto la condena moralista como una espiritualidad que ignore a quienes fueron afectados por el daño. La literatura sobre capellanía penitenciaria continúa siendo menos desarrollada que la disponible en salud, por lo que conviene distinguir con cuidado entre las funciones que razonablemente puede ejercer el capellán y los efectos que solo pueden afirmarse cuando la evidencia los sustenta.
Las capellanías militares, policiales y gubernamentales plantean desafíos adicionales porque allí adquieren especial peso la autoridad, el poder, la exposición a la violencia, las decisiones tomadas bajo presión, las rupturas relacionales y las posibles lesiones morales. Kent Drescher y sus colaboradores (2018), en un estudio cualitativo con capellanes del sistema de la Oficina de Asuntos de los Veteranos de Estados Unidos que trabajaban con veteranos afectados por lesión moral, identificaron tres grandes áreas de las intervenciones descritas por los participantes. Estas incluían la presencia pastoral o terapéutica, intervenciones específicas y procesos orientados a la reparación moral. Los autores señalaron también el posible valor de una mejor integración de los capellanes en los servicios de salud mental para veteranos. Este trabajo resulta relevante porque muestra un territorio en el que las dimensiones psicológicas, relacionales, morales y espirituales de la experiencia se entrelazan profundamente.
En el ámbito policial, asistir a un agente que atraviesa una crisis no implica justificar una conducta abusiva. La presencia pastoral puede ofrecer un espacio para hablar con honestidad sobre el miedo, la responsabilidad, la culpa, el deber, la justicia, el poder y el servicio comunitario. Una responsabilidad similar existe en las instituciones gubernamentales cuyas decisiones afectan a personas y comunidades. El profesional de la capellanía necesita mantenerse lo suficientemente cerca para comprender la experiencia de quienes sirven en esas instituciones y conservar, al mismo tiempo, la libertad ética necesaria para que su asistencia no se convierta en una legitimación automática de las decisiones institucionales.
En escuelas, universidades y seminarios, la capellanía se encuentra con procesos de desarrollo, de formación de identidad, de decisiones vocacionales, de sentido de pertenencia, de crisis académicas y de preguntas sobre el sentido y el futuro. En estos contextos, la espiritualidad puede expresarse menos como una petición explícitamente religiosa y más como una búsqueda de coherencia, de significado, de comunidad o de propósito. La tarea clínica consiste nuevamente en inclinarse hacia la realidad del estudiante, comprender cómo formula sus preguntas y asistir sin imponer un modelo particular de espiritualidad ni anticipar una respuesta doctrinal.
La misma lógica se extiende a las capellanías corporativas, deportivas y del entretenimiento. En el ámbito corporativo pueden predominar las presiones laborales, la incertidumbre económica, las rupturas relacionales, los dilemas de integridad y la tensión entre productividad y dignidad. En el deporte aparecen el rendimiento, la competencia, las lesiones, el éxito, el fracaso y el riesgo de que la identidad quede excesivamente ligada a la capacidad física. En el entretenimiento pueden pesar la exposición pública, la inestabilidad laboral, la presión creativa y la dificultad de mantener una vida interior diferenciada de la imagen pública. La investigación sobre la capellanía en varios de estos campos sigue en curso. Esta realidad no invalida la práctica, pero exige diferenciar las funciones profesionales que razonablemente corresponden a la capellanía de los efectos que solo pueden atribuirse cuando existen datos suficientes para sostenerlos.
Esta diversidad permite comprender por qué resulta insuficiente identificar la capellanía clínica únicamente en el hospital. Toda capellanía responsable necesita ser clínica en el sentido desarrollado aquí, porque debe inclinarse hacia la realidad de las personas, conocerla desde su perspectiva y examinar el contexto antes de intentar asistirlas. En algunos ámbitos utilizaremos con mayor frecuencia la expresión capellanía clínica y, en otros, hablaremos de capellanía profesional, pero ambas denominaciones remiten a la misma profesión pastoral. Lo clínico nombra una postura de comprensión cercana, contextual y reflexiva; lo profesional señala la educación, las competencias, la ética, la afiliación, la certificación y la responsabilidad que hacen examinable su práctica.
La capellanía clínica o profesional puede entenderse, finalmente, como una profesión pastoral de presencia, relación y discernimiento que se desplaza hacia los lugares donde las personas viven, trabajan, sufren, deciden, celebran y buscan sentido. Su tarea no consiste simplemente en trasladar la religión a una institución ni en reproducir allí las prácticas del templo. Ofrece una forma profesional de disponibilidad que procura crear condiciones para que la persona pueda pensar, imaginar, sentir, relacionarse, comportarse y trascender con mayor conciencia, libertad y dignidad, dentro de su propia historia, cultura, sistema de creencias y contexto.
La calidad de esa práctica tampoco puede medirse únicamente por el número de oraciones pronunciadas, de sacramentos administrados o de conversaciones mantenidas. Requiere examinar la preparación y competencia del profesional, la calidad de las relaciones que establece, su capacidad para comprender antes de interpretar y para escuchar antes de responder, la manera en que ofrece recursos espirituales sin imponerlos, el reconocimiento de los límites de su competencia, la responsabilidad frente a una comunidad profesional y la protección de la autodeterminación de quienes reciben sus servicios. La investigación científica puede contribuir a estudiar algunas de estas dimensiones y a analizar los resultados de intervenciones específicas, pero no reemplaza el discernimiento teológico, ético y relacional propio de la profesión. En su mejor expresión, ambos campos de conocimiento dialogan y hacen posible una práctica más responsable, examinable y abierta al aprendizaje.
En ese punto se encuentran la capellanía, la consejería pastoral y una comprensión profunda del ministerio. La presencia profesional se inclina hacia la vida humana para conocerla desde el lugar donde se vive y, desde esa comprensión, procura asistir a las personas para que reconozcan y desarrollen recursos con los que puedan continuar vivificándose y, cuando sea posible, vivificar también las relaciones, instituciones y comunidades de las que forman parte.
Conclusión
La capellanía clínica o profesional puede comprenderse como una profesión pastoral que se hace presente en los diversos lugares donde transcurre la vida humana y donde surgen preguntas, crisis, decisiones, relaciones, sufrimiento, esperanza y la búsqueda de sentido. Su carácter clínico no depende exclusivamente del hospital ni del contexto sanitario, sino de una manera particular de aproximarse a la persona, procurando comprender su experiencia desde la realidad concreta en la que vive antes de interpretar, clasificar o intervenir. Su carácter profesional, a su vez, exige una preparación especializada que integre educación, formación clínica supervisada, competencias relacionales y pastorales, marcos éticos, afiliación profesional, certificación y rendición de cuentas. Desde esta perspectiva, la vocación pastoral adquiere mayor profundidad cuando se ejerce con conocimiento, responsabilidad y conciencia de los límites propios de la práctica.
Esta comprensión permite reconocer que la capellanía trasciende una visión limitada a la oración, a los sacramentos o al consuelo religioso. Estas prácticas pueden ser profundamente significativas cuando responden a las necesidades y deseos de la persona, pero forman parte de una labor más amplia que incluye escuchar historias, identificar necesidades y fortalezas espirituales, asistir en crisis y rupturas relacionales, facilitar procesos de discernimiento, colaborar con equipos interdisciplinarios, promover la dignidad humana y reconocer cuándo es necesario recurrir a otros profesionales. Del mismo modo, la proximidad entre capellanía y consejería pastoral permite comprender que una misma persona, debidamente preparada, puede ejercer ambas funciones, siempre que mantenga claridad respecto del encuadre, los objetivos, las competencias, la confidencialidad y los límites éticos que corresponden a cada servicio.
En cualquiera de sus contextos —sanitario, penitenciario, militar, policial, educativo, gubernamental, corporativo, deportivo o comunitario— la capellanía conserva una responsabilidad fundamental hacia la dignidad y la autodeterminación de las personas. Su tarea consiste en permanecer lo suficientemente cerca para comprender la experiencia humana y lo suficientemente libre para no convertirse en un instrumento de control institucional, de imposición religiosa o de sustitución de otras profesiones. La calidad de la capellanía se reconoce, por tanto, no solamente en aquello que el profesional hace, sino también en la manera en que establece relaciones, ejerce su autoridad, escucha, discierne, reconoce sus límites y protege la libertad de quienes reciben sus servicios.
Entendida de esta manera, la capellanía clínica o profesional representa una forma especializada del ministerio pastoral orientada a crear condiciones para que las personas comprendan mejor aquello que viven, reconozcan sus recursos, fortalezcan relaciones significativas, afronten decisiones complejas y continúen desarrollándose con mayor conciencia, libertad y dignidad. Su propósito no consiste en controlar la experiencia espiritual de las personas ni en ofrecer respuestas prefabricadas, sino en establecer una presencia profesional capaz de asistirlas en el proceso de vivificarse y, cuando sea posible, contribuir también a la vivificación de sus relaciones, comunidades e instituciones.
Referencias
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