La Paternidad Humana.

Esteban Montilla | 20 junio, 2026

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La Paternidad Humana. Biología, Cultura y Liberación en la Construcción del Padre.

Esteban Montilla, Ph.D.

Introducción.

La paternidad nunca ha sido una realidad simple ni un concepto uniforme. Atraviesa la historia humana como institución que organiza la vida social, como metáfora que expresa vínculos profundos, como experiencia emocional que marca la memoria, como rol que se aprende en comunidad y como símbolo religioso que ha moldeado diversas sociedades. Su evolución revela tanto la fragilidad como la creatividad de nuestra especie y muestra que ninguna época ha logrado agotarla ni definirla por completo.

Esa complejidad invita a reconocer que la paternidad no puede comprenderse ni desde una sola disciplina ni desde un único relato. Se sitúa en el cruce donde convergen la biología que sostiene la vida, la cultura que forma identidades, la sociedad que estructura relaciones, la espiritualidad que orienta significados y las dinámicas de poder que modelan los vínculos. Cada una de estas dimensiones ha dejado huellas distintas en la manera en que los seres humanos han imaginado, ejercido y transmitido la función paterna, configurando un campo de sentido siempre plural y en permanente transformación.

En ese horizonte amplio, la paternidad puede entenderse como la relación mediante la cual una persona contribuye de manera sostenida al desarrollo, la protección, la formación y la integración social de otra persona en una comunidad. Vista así, trasciende la biología y se expresa en prácticas concretas de cuidado, responsabilidad y transmisión de significado. Ser padre no depende del origen genético, sino de la capacidad de sostener la vida de otro y de asistir a su crecimiento con presencia ética y compromiso afectivo.

Esta comprensión permite reconocer la diversidad de caminos por los que se ejerce la paternidad. Algunos hombres llegan a ser padres mediante la procreación biológica, ya sea de forma natural o asistida. Otros asumen la función paterna mediante la adopción legal, la crianza compartida o el compromiso voluntario de cuidar y educar a un niño o una niña. En todos estos casos, la legitimidad de la paternidad no proviene de la biología, sino de la responsabilidad asumida. El padre es quien protege, cuida, ofrece afecto, promueve oportunidades de desarrollo y contribuye a crear las condiciones necesarias para que otra persona crezca con dignidad y despliegue sus capacidades en beneficio propio y de la comunidad.

La psicología evolutiva ha mostrado que el surgimiento del padre no fue un accidente cultural ni una construcción tardía, sino una respuesta adaptativa a una condición profundamente humana como lo es la extrema vulnerabilidad de nuestras crías. Los bebés humanos nacen antes de tiempo en términos evolutivos, requieren años de dependencia y demandan una inversión de cuidado que supera con creces la capacidad de una sola persona. En ese escenario, la cooperación se volvió indispensable para la sobrevivencia de los primeros grupos humanos y la figura paterna emergió como parte de ese entramado colectivo de protección y sostén (Hrdy, 2009).

Lejos de imaginar al padre primitivo como un jefe autoritario o como propietario de su descendencia, la evidencia sugiere que su función inicial estuvo anclada en la necesidad más básica, como lo es garantizar que los hijos vivieran lo suficiente para llegar a la adultez. La paternidad temprana se configuró como una forma de inversión compartida, en la que la provisión, la vigilancia del entorno y la defensa del grupo se distribuían entre varios adultos, y en la que el padre era uno más dentro de una red de cuidado cooperativo (Lamb, 2010).

Con el tiempo, esta participación masculina en el cuidado se fue especializando. La investigación contemporánea muestra que la paternidad no surgió como un espacio de poder, sino como una estrategia adaptativa que aumentaba las probabilidades de supervivencia de la descendencia. La figura paterna aparece entonces no como un símbolo de autoridad, sino como una respuesta a la necesidad de sostener la vida en condiciones ecológicas exigentes, donde la cooperación era la única vía para que los hijos prosperaran (Geary, 2015).

La antropología cultural ha mostrado que la paternidad experimentó una transformación decisiva cuando las sociedades humanas pasaron de la movilidad flexible de los grupos cazadores‑recolectores a la estabilidad agrícola. Ese tránsito no solo modificó la economía y el uso del territorio, sino que también reconfiguró las relaciones familiares y los significados asociados al padre. La aparición de la propiedad privada convirtió la paternidad en un mecanismo de control del linaje y de administración de bienes, desplazando el cuidado cooperativo hacia estructuras más rígidas de autoridad (Lerner, 1986).

A medida que la herencia patrilineal se consolidó como principio organizador de la vida doméstica, el padre comenzó a ocupar el centro jurídico y económico de la familia, no por su función afectiva, sino por su papel como garante del patrimonio y de la continuidad del nombre (Goody, 1976). Con el tiempo, la acumulación de bienes y la necesidad de protegerlos reforzaron jerarquías internas que confundieron la autoridad paterna con la posesión, generando modelos familiares en los que el padre dejó de ser un miembro más del entramado comunitario para convertirse en administrador, propietario y, en muchos casos, soberano del hogar (Hodder, 2012).

A la luz de este trasfondo histórico, resulta evidente que los modelos de paternidad centrados en la propiedad y el control no solo respondieron a las necesidades económicas de las sociedades agrarias, sino que también moldearon sociedades en las que la autoridad paterna se confundió con el dominio y la distancia emocional. Sin embargo, el giro contemporáneo hacia la comprensión relacional del desarrollo humano ha puesto de manifiesto los límites de ese paradigma. Las ciencias sociales han mostrado que, más allá de su posición jurídica o económica, la presencia sensible del padre constituye un recurso decisivo para el bienestar psicológico de los hijos, desplazando la antigua asociación entre paternidad y posesión hacia una visión en la que el vínculo afectivo y la capacidad de sostener emocionalmente a los niños adquieren un lugar central.

La psicología social contemporánea ha mostrado con claridad que la presencia del padre no es un complemento opcional en la vida familiar, sino un factor que influye profundamente en el desarrollo emocional y social de los hijos. La disponibilidad afectiva del padre —su capacidad de estar presente de forma sensible, estable y receptiva— fortalece los circuitos de regulación emocional y contribuye a que los niños aprendan a modular sus estados internos en contextos de estrés o incertidumbre (Feldman, 2015).

A lo largo del ciclo vital, esta presencia temprana se traduce en un mayor bienestar psicológico en la adultez, pues quienes crecieron con un padre involucrado tienden a mostrar mayor seguridad interna, mejores habilidades relacionales y una percepción más estable de sí mismos (Amato, 2010). La investigación ha insistido en que la paternidad más beneficiosa no se define por la rigidez ni por la autoridad impositiva, sino por la constancia, la sensibilidad y la construcción de una relación segura que permita a los hijos explorar el mundo con confianza y regresar a un vínculo que los sostenga sin sofocarlos (Lamb, 2012).

La Biblia Hebrea y la Biblia Cristiana han ofrecido imágenes diversas y profundamente humanas del padre, mostrando que la paternidad nunca ha sido un concepto estático. En la tradición hebrea, los relatos presentan a padres que aman, fallan, aprenden y se transforman, revelando una paternidad marcada por tensiones éticas y por procesos de crecimiento más que por idealizaciones. En la tradición cristiana, Jesús lleva esta reflexión a un punto decisivo al proponer una comprensión del padre que no se sostiene en la autoridad patriarcal del Imperio Romano, sino en la misericordia, la búsqueda y la justicia; una paternidad que se define por la capacidad de restaurar y liberar, no por el poder de poseer o controlar.

Por ejemplo, la Biblia Hebrea ofrece imágenes que acompañan esta intuición liberadora. El profeta Oseas presenta a Dios como un padre que enseña a caminar, sostiene en brazos y se inclina para alimentar; un Dios que atrae con cuerdas de ternura y lazos de amor (Oseas 11). Esta figura no se parece al padre dueño del mundo romano ni al padre propietario de las sociedades agrícolas, sino al padre que se inclina para levantar, que se acerca para sanar y que acompaña para que el otro crezca. Es una paternidad que no domina, sino que sostiene; que no controla, sino que hace posible la vida.

Sin embargo, otros textos bíblicos muestran el reverso de esta imagen y presentan al padre como dueño de la mujer, de los hijos y del patrimonio familiar, reflejando estructuras sociales en las que la autoridad paterna se confundía con la posesión y la paternidad funcionaba como un mecanismo de control del linaje y de la herencia. Estas tensiones internas revelan que la Biblia no ofrece un único modelo de padre, sino un campo de disputa donde conviven imágenes de dominación y de cuidado, de propiedad y de ternura, de poder y de compasión.

La teología decolonial ha recordado que toda imagen religiosa debe leerse a la luz de las relaciones de poder que pueden producir sufrimiento o bien generar liberación. Desde esta perspectiva, la paternidad divina no puede utilizarse para legitimar estructuras patriarcales ni para justificar jerarquías que oprimen a las personas y sus sueños, pues la verdadera paternidad —la que libera— se expresa en la capacidad de generar vida, de cuidar la fragilidad y de abrir caminos de dignidad (Cone, 1975; Gutiérrez, 1971; Boff, 1982; Isasi‑Díaz, 1996). Esta lectura crítica no niega el lenguaje paterno, sino que lo depura de sus distorsiones históricas para recuperar su potencial ético y comunitario.

La paternidad humana atraviesa hoy una transición profunda que no debe entenderse como una crisis, sino como un proceso de transformación en el que va dejando atrás la carga histórica del control para recuperar, con una lucidez renovada, su raíz más antigua y su horizonte más humano. En lugar de definirse por la autoridad que intenta imponer, comienza a reconocerse desde la vida que es capaz de acompañar, sostener y hacer florecer. Este desplazamiento no ocurre de manera abrupta ni superficial; surge de una toma de conciencia colectiva que invita a los padres a nombrarse no desde el poder que ejercen, sino desde la presencia que ofrecen, la responsabilidad que asumen y la capacidad de generar espacios donde otros puedan crecer sin miedo y desplegar su propia dignidad.

La reflexión sobre la paternidad conduce inevitablemente a una pregunta que no se centra en la capacidad de ejercer autoridad, sino en cómo un padre contribuye al desarrollo integral de quienes dependen de él. La paternidad adquiere sentido cuando favorece el crecimiento de la vida humana en todas sus dimensiones, cuando crea condiciones que permiten a cada persona descubrir su propio valor y cuando asiste en procesos que fortalecen la libertad interior.

También se vuelve significativa cuando se promueven relaciones en las que la justicia no es un concepto abstracto, sino una forma concreta de cuidar, orientar y sostener. En este horizonte, la paternidad deja de definirse por la influencia que puede ejercer y comienza a entenderse como una práctica que protege la dignidad, impulsa el desarrollo y abre caminos para que otros encuentren su lugar en el mundo.

1.- El padre como estrategia de sobrevivencia.

La psicología evolutiva ha mostrado que la paternidad no surgió como un ejercicio de autoridad, sino como una respuesta adaptativa ante la fragilidad humana. Los seres humanos nacen extraordinariamente vulnerables y requieren muchos años de cuidado, una condición que Hrdy describe como altricial, término que se refiere a las especies cuyas crías llegan al mundo inmaduras, dependientes y con un desarrollo neurológico incompleto, de modo que su supervivencia resulta imposible sin un cuidado prolongado y cooperativo (Hrdy, 2009). Esta prolongada dependencia infantil obligó a organizar la crianza como un esfuerzo colectivo en el que la figura paterna se integró en un sistema de apoyo destinado a asegurar la continuidad de la vida.

En este escenario, el padre no aparece como un jefe de familia ni como un depositario de autoridad, sino como un colaborador que contribuye a la protección, la provisión y la estabilidad del grupo, reforzando la red de cuidado que sostenía a los más vulnerables (Geary, 2015). Lamb añade que esta participación incrementaba significativamente las probabilidades de supervivencia de los hijos, lo que favoreció la perpetuación de las conductas paternas a lo largo de la historia evolutiva y consolidó la paternidad como una estrategia adaptativa profundamente arraigada en nuestra especie (Lamb, 2010).

La investigación contemporánea ha permitido observar que la paternidad no solo se manifiesta en conductas visibles, sino también en transformaciones biológicas que facilitan el cuidado. Gettler (2011) documenta que los niveles de testosterona disminuyen cuando un hombre se convierte en padre, lo que favorece comportamientos más atentos y menos impulsivos. Feldman (2015) describe incrementos de hormonas como la oxitocina y la prolactina, asociadas con la sensibilidad interpersonal y la disposición a responder a las necesidades del hijo. Estas transformaciones no deben interpretarse como simples curiosidades fisiológicas, sino como señales de que la evolución moldeó el organismo masculino para que participara activamente en la crianza. La biología, lejos de justificar modelos autoritarios, revela que la paternidad se sostiene en la capacidad de vincularse, proteger y sostener.

La tradición bíblica ofrece imágenes que dialogan con esta comprensión evolutiva del cuidado. El profeta Isaías presenta a Dios como una presencia que asiste a la vida humana desde sus comienzos hasta su madurez. El texto afirma: “Aun hasta vuestra vejez yo seré el mismo, y hasta las canas os sostendré. Yo os hice y yo os llevaré; yo os sostendré y os libraré” (Isaías 46:4). Esta afirmación describe una relación que se mantiene firme incluso cuando la fuerza humana disminuye, una relación que no se apoya en la imposición, sino en la continuidad del cuidado y en la fidelidad que sostiene la vida en todas sus etapas.

La metáfora del Dios que lleva, sostiene y libera permite comprender la paternidad como una práctica que se renueva en la atención constante y en la cercanía que asiste a los procesos de crecimiento. La imagen bíblica no idealiza la figura paterna, pero sí revela que la vida humana prospera cuando existe alguien que asume la responsabilidad de orientar, proteger y sostener sin recurrir a mecanismos de control. Esta comprensión se acerca a la intuición evolutiva de que la paternidad surgió para asegurar la sobrevivencia y el desarrollo, y no para establecer jerarquías.

La psicología evolutiva también reconoce que la paternidad estuvo atravesada por tensiones derivadas de la necesidad de asegurar la transmisión genética. Buss (2019) explica que, en contextos ancestrales, la incertidumbre sobre la paternidad biológica generó conductas de vigilancia, celos y control orientadas a garantizar que los recursos invertidos beneficiaran a los propios descendientes.

Estas estrategias, que pudieron tener una función adaptativa en sociedades pequeñas y con recursos limitados, se transformaron con el tiempo en estructuras culturales más rígidas que afectaron de manera desproporcionada a las mujeres. La evolución no diseñó estas prácticas como normas morales, sino como respuestas a desafíos específicos de supervivencia. Sin embargo, muchas sociedades las convirtieron en sistemas de control que terminaron por justificar las desigualdades y consolidar las jerarquías.

La Biblia Hebrea ofrece relatos en los que estas tensiones aparecen implícitamente y, al mismo tiempo, revelan la complejidad humana que atraviesa la paternidad. Las historias de Abraham, Jacob y David muestran familias marcadas por rivalidades, preferencias afectivas, disputas por la herencia y decisiones que acarrean consecuencias duraderas. Estos relatos no presentan figuras paternas idealizadas, sino seres humanos que intentan sostener la vida en medio de estructuras sociales en las que el linaje, la descendencia y la continuidad familiar tienen un peso determinante.

En la historia de Abraham, la tensión surge desde el momento en que Sara pide que Ismael sea expulsado. El texto afirma: “Echa a esa esclava y a su hijo, porque el hijo de esa esclava jamás tendrá parte en la herencia con mi hijo Isaac” (Génesis 21:10, NVI). Esta escena revela cómo la preocupación por la herencia y la continuidad del linaje influye en las decisiones familiares y muestra a un padre atrapado entre afectos, obligaciones y presiones sociales.

La vida de Jacob también refleja estas dinámicas. El narrador señala que “Israel amaba más a José que a todos sus hijos, porque lo había tenido en su vejez” (Génesis 37:3, NVI). Esta preferencia desencadena resentimiento entre los hermanos y abre un conflicto que marcará a toda la familia. El texto no oculta las consecuencias de un afecto distribuido de manera desigual, ni presenta a Jacob como un modelo perfecto, sino como alguien cuya humanidad se expresa en decisiones que generan heridas y aprendizajes.

En la historia de David, la complejidad se intensifica. Cuando su hijo Absalón se rebela, el rey siente el dolor de un padre que ve cómo su familia se fragmenta. Tras la muerte de Absalón, David exclama: “¡Hijo mío Absalón, hijo mío, hijo mío Absalón! ¡Quién me diera haber muerto yo en tu lugar!” (2 Samuel 18:33, NVI). Esta expresión revela la profundidad del vínculo afectivo y, al mismo tiempo, la tragedia que surge cuando el poder político y la vida familiar se entrelazan de manera destructiva.

Estos relatos no buscan ofrecer modelos ideales de paternidad. Más bien muestran que la vida familiar en la antigüedad estaba atravesada por tensiones relacionadas con la herencia, la continuidad del linaje y la distribución del afecto. La Biblia Hebrea presenta la paternidad como una realidad en la que conviven el cuidado, la fragilidad, la responsabilidad y los conflictos propios de la condición humana. En este sentido, los textos bíblicos dialogan con la psicología evolutiva al mostrar que la paternidad no es un rol estático ni un ejercicio de perfección, sino un espacio en el que se entrelazan necesidades biológicas, presiones sociales y decisiones que afectan a toda la comunidad familiar.

La tradición cristiana propone una transformación significativa del horizonte patriarcal heredado. Jesús utiliza la figura del Padre para describir una relación que no se organiza en torno a la vigilancia ni a la competencia, sino en torno a la confianza que nace de una presencia que sostiene la vida sin recurrir a mecanismos de control. En el Sermón del Monte, Jesús invita a observar cómo Dios cuida de la creación. El texto afirma: “Mirad las aves del cielo, que no siembran ni siegan ni recogen en graneros; y vuestro Padre celestial las alimenta. ¿No valéis vosotros mucho más que ellas?” (Mateo 6:26, NVI). Más adelante añade: “Considerad los lirios del campo, cómo crecen; no trabajan ni hilan; pero os digo que ni aun Salomón con toda su gloria se vistió así como uno de ellos” (Mateo 6:28–29, NVI).

Estas palabras no presentan un universo ingenuo ni una invitación a la pasividad. Describen una forma de paternidad que se expresa en la atención constante a lo que parece insignificante y en la capacidad de sostener la vida sin imponer cargas que excedan las fuerzas humanas. Jesús no utiliza la figura del Padre para reforzar jerarquías, sino para revelar que la autoridad divina se manifiesta en la manera en que Dios conoce las necesidades antes de que sean expresadas y actúa desde una lógica distinta de la de los sistemas de poder que dominaban el mundo romano.

Esta enseñanza no elimina la responsabilidad humana, pero sí redefine la manera en que se entiende la autoridad. Deja de asociarse con la posesión y se orienta al cuidado. La paternidad que Jesús presenta se convierte en un espacio donde la confianza puede crecer porque la relación no se sostiene en el temor, sino en la certeza de que la vida es cuidada. En este sentido, la tradición cristiana dialoga con la psicología evolutiva al mostrar que la paternidad adquiere su sentido más profundo cuando favorece la estabilidad, la protección y el desarrollo, y no cuando se convierte en un instrumento de control.

2.- Cuando el padre se convirtió en el poder absoluto.

La antropología cultural ha mostrado que la paternidad no siempre estuvo asociada al poder. Durante miles de años, las sociedades cazadoras-recolectoras operaron con estructuras relativamente igualitarias en las que la crianza se compartía entre varios miembros del grupo. Con la transición hacia formas de vida sedentarias, la producción de excedentes y la necesidad de gestionar recursos, la paternidad comenzó a asociarse con el control económico y social. La propiedad privada, la herencia patrilineal, los linajes, la acumulación de riqueza y la regulación del cuerpo femenino se consolidaron como elementos centrales de la organización familiar, dando lugar a estructuras patriarcales que redefinieron el papel del padre en la comunidad.

Los estudios de Gerda Lerner, Jack Goody e Ian Hodder coinciden en que la aparición de la propiedad privada, la herencia patrilineal, los linajes y la acumulación de riqueza transformaron profundamente la organización familiar. Lerner (1986) mostró que el control de la reproducción y de la sexualidad femenina se convirtió en un mecanismo central para asegurar la transmisión del patrimonio y la estabilidad de las alianzas entre grupos. En su análisis, la subordinación de las mujeres no fue un efecto colateral de la vida agrícola, sino un proceso estructurado que permitió consolidar formas de autoridad duraderas.

Goody (1976) complementó esta perspectiva al demostrar que la agricultura generó excedentes que debían gestionarse y protegerse. La familia dejó de funcionar como un espacio centrado en la cooperación y pasó a operar como una unidad económica en la que la autoridad paterna se legitimaba por su papel de administrador de bienes, recursos y relaciones. El padre regulaba matrimonios, herencias y alianzas, y su función se convirtió en un punto de articulación entre la economía, el parentesco y el poder.

Ian Hodder (1990) añadió una dimensión arqueológica y simbólica al mostrar que la transición hacia la vida sedentaria reorganizó no solo la economía, sino también los significados que sustentaban la vida comunitaria. Sus estudios sobre Çatalhöyük (uno de los asentamientos neolíticos más grandes y antiguos del mundo, ubicado en la actual Anatolia en Turquía) evidenciaron que la domesticación de plantas y animales estuvo acompañada de la domesticación de los individuos y de los vínculos. Las prácticas rituales, las representaciones visuales y la distribución del espacio doméstico reflejaban una creciente preocupación por la continuidad del linaje y la regulación de la vida familiar. En este contexto, las mujeres comenzaron a ser normadas para garantizar la transmisión del patrimonio y la estabilidad del grupo.

A partir de estas transformaciones, el patriarcado institucional emergió como una estructura que reorganizó la vida social en torno al padre como figura de autoridad. La paternidad dejó de ser una función centrada en el cuidado y se convirtió en una institución económica y política. La autoridad paterna se legitimó a través de la posesión y de la capacidad para administrar recursos, y la familia se transformó en un espacio donde se reproducían las jerarquías sociales. Este análisis permite comprender que el patriarcado no es una estructura natural ni inevitable, sino una construcción histórica surgida en un contexto específico y, por lo tanto, susceptible de transformación.

Esta transformación tuvo consecuencias profundas. La paternidad comenzó a definirse por la capacidad de controlar los recursos y regular la vida de quienes dependían de él. La figura paterna se volvió indispensable para mantener la estabilidad económica del grupo, pero también se convirtió en un punto de tensión en el que se entrelazaban afectos, obligaciones y jerarquías.

El mundo romano llevó esta lógica a su expresión más elaborada. El padre (pater) era el centro jurídico y económico de la familia. La autoridad se justificaba en la posesión. El paterfamilias tenía poder legal sobre la propiedad, los descendientes, los matrimonios, los esclavos y la herencia. Su autoridad no dependía de su carácter ni de su capacidad de cuidado, sino de su posición dentro de un sistema jurídico que lo convertía en el representante absoluto de la familia ante la sociedad.

La paternidad, en este modelo, se convirtió en un mecanismo de control social, político y sexual. La obediencia no se basaba en la confianza, sino en la estructura legal que otorgaba al padre el derecho a decidir sobre la vida de quienes estaban bajo su potestad. La familia funcionaba como una pequeña institución política en la que el padre desempeñaba el papel de soberano (señor).

La comparación entre el paterfamilias romano y las figuras paternas de los relatos bíblicos revela tanto continuidades como matices. Aunque la literatura bíblica presenta a padres que experimentan fragilidad, conflicto y aprendizaje, también refleja estructuras sociales en las que la autoridad masculina se vincula estrechamente con la propiedad, el control del linaje y la regulación de las mujeres. En este sentido, la Biblia Hebrea comparte con otras sociedades del Cercano Oriente antiguo la idea de que el padre era responsable del patrimonio familiar y de que la esposa, los hijos y los bienes formaban un mismo entramado económico y jurídico.

Los textos legales del Pentateuco muestran esta realidad con claridad. El padre podía disponer de las hijas en matrimonio como parte de alianzas familiares o transacciones económicas, como se observa en Éxodo 21:7, donde se regula la venta de una hija como sierva. También tenía autoridad para anular los votos emitidos por mujeres bajo su tutela, como indica Números 30:3–5, lo cual evidencia que la autonomía femenina estaba subordinada a la figura paterna. La capacidad de divorciar a la esposa mediante un acta formal, regulada en Deuteronomio 24:1, muestra que el matrimonio se entendía en un marco en el que el hombre tenía prerrogativas legales que no se equiparaban a las de la mujer.

A esta estructura se suma un ejemplo particularmente revelador en el libro de Rut. Cuando Booz negocia la redención del campo de Elimélec, aclara que la tierra no puede separarse de Rut, la viuda moabita. El texto afirma: “El día que compres las tierras de mano de Noemí, también adquirirás a Rut la moabita, mujer del difunto, para perpetuar el nombre del muerto sobre su posesión” (Rut 4:5). Esta declaración muestra que la mujer formaba parte del paquete patrimonial que debía transferirse junto con la propiedad. La viuda no era considerada un sujeto autónomo, sino un elemento integrado en el sistema de herencia, cuyo matrimonio debía asegurar la continuidad del linaje masculino.

Este pasaje confirma que, en la Biblia Hebrea, la paternidad y la autoridad masculina estaban profundamente entrelazadas con la administración del patrimonio. La mujer, los hijos y la tierra formaban un conjunto indivisible que debía preservarse para garantizar la continuidad del nombre familiar. En este sentido, la lógica patriarcal que describe la antropología cultural —la que vincula la propiedad, el linaje y el control de las mujeres— está plenamente presente en los textos bíblicos.

La diferencia con el paterfamilias romano no radica en la ausencia de poder, sino en la manera en que se narra ese poder. Los relatos bíblicos muestran a padres que se equivocan, dudan, sufren y aprenden, lo que introduce una dimensión narrativa que humaniza la figura paterna sin negar la estructura patriarcal que la sostiene. La antropología cultural permite comprender que estas similitudes no son accidentales. Tanto en Israel como en Roma, la paternidad fue moldeada por sistemas económicos y políticos que otorgaban al hombre la responsabilidad de administrar los bienes, regular las alianzas y garantizar la continuidad del grupo.

La transición de sociedades móviles y cooperativas a sociedades agrícolas y jerárquicas transformó la paternidad en una institución vinculada al poder. La figura del padre se convirtió en un administrador del patrimonio y, en algunos contextos, en un representante legal con autoridad sobre la vida de los demás. Esta evolución no anuló la dimensión afectiva de la paternidad, pero sí la subordinó a estructuras que privilegiaban la continuidad del linaje y la estabilidad económica.

Comprender este proceso permite reconocer que la paternidad no es un rol fijo ni una esencia inmutable. Es una construcción histórica que ha cambiado según las necesidades, los valores y las tensiones de cada sociedad. Esta perspectiva abre la puerta a pensar la paternidad contemporánea no como una herencia inevitable del pasado, sino como una oportunidad para recuperar su dimensión más humana y liberadora.

3.- El padre en el ecosistema humano contemporáneo.

La psicología social examina cómo la paternidad se construye en la interacción cotidiana y cómo los padres influyen en el desarrollo emocional, cognitivo y social de sus hijos. Este enfoque no se centra en la autoridad ni en la estructura jerárquica, sino en la calidad de los vínculos, en la disponibilidad afectiva y en la manera en que los padres participan en la vida diaria. La evidencia empírica muestra que los efectos más significativos de la paternidad no provienen de un ejercicio rígido del poder, sino de la capacidad de ofrecer presencia emocional, estabilidad y un entorno en el que los hijos puedan explorar el mundo con seguridad.

La investigación contemporánea ha demostrado que la participación activa del padre contribuye al desarrollo integral de los hijos. Amato (2010) y Lamb (2012) coinciden en que la presencia cotidiana del padre favorece la regulación emocional, fortalece la seguridad afectiva y se asocia con un mejor desempeño académico. Los niños que crecen con un padre disponible suelen mostrar una mayor capacidad para manejar la frustración, una menor tendencia a conductas antisociales y una relación más equilibrada con la autoridad.

Este impacto no depende de la perfección del padre, sino de su disposición a estar presente de manera constante. La psicología social subraya que la calidad de la relación —la escucha, la atención, la sensibilidad ante las necesidades del hijo— es más determinante que la cantidad de tiempo, aunque ambos elementos se entrelazan en la experiencia concreta de la vida familiar. La paternidad cobra significado cuando el padre se convierte en un referente emocional que brinda estabilidad y apoyo.

Uno de los aportes más interesantes de la psicología social es el reconocimiento del papel que desempeña el padre en el juego físico, conocido como juego brusco o juego rudo (rough-and-tumble play). Este tipo de interacción, que incluye movimientos corporales, persecuciones y desafíos controlados, permite que los niños aprendan a manejar la intensidad de sus emociones, a calibrar los riesgos y a desarrollar el autocontrol. Lamb (2012) explica que este juego no es una actividad secundaria, sino un espacio en el que el niño experimenta la energía y la fuerza en un marco seguro.

El juego físico también fortalece la relación entre padre e hijo, ya que crea un ambiente en el que la confianza se construye a través de la experiencia compartida. La psicología social ha observado que los niños que participan en este tipo de juego tienden a mostrar una mayor capacidad para manejar la frustración y relacionarse con los demás de manera más equilibrada. El padre se convierte así en un mediador entre la energía del niño y las normas sociales que rigen la convivencia.

La paternidad contemporánea se desarrolla en un contexto en el que los roles de género están siendo revisados y transformados. Durante gran parte de la historia, el padre fue visto principalmente como proveedor económico y como figura disciplinaria. Sin embargo, los estudios actuales muestran que los padres participan cada vez más en tareas de cuidado, educación y presencia emocional. Este cambio no solo responde a transformaciones económicas, sino también a nuevas concepciones de masculinidad que reconocen el valor del afecto, de la corresponsabilidad y de la presencia cotidiana.

La participación paterna adquiere especial relevancia cuando contribuye al desarrollo equilibrado de las necesidades humanas fundamentales. En primer lugar, facilita la satisfacción de las necesidades de sobrevivencia mediante el acceso a la alimentación, la vivienda, la atención médica, la protección y la seguridad. En segundo lugar, favorece las necesidades psicosociales al promover la afiliación, la pertenencia, el reconocimiento y la construcción de relaciones significativas. Finalmente, puede estimular el desarrollo trascendental al ayudar a los hijos e hijas a descubrir que forman parte de una realidad más amplia que ellos mismos, fomentando la responsabilidad social, el cuidado de los demás, el respeto por la creación y la búsqueda de propósitos que trascienden el interés individual.

Desde esta perspectiva, la paternidad se convierte en una práctica orientada al desarrollo integral de la persona. Su función no se limita a garantizar la supervivencia biológica ni a facilitar la adaptación social, sino que también contribuye a la formación ética, relacional y espiritual de quienes están bajo su cuidado. El padre participa así en la creación de las condiciones necesarias para que los hijos e hijas desarrollen sus capacidades, encuentren sentido a su existencia y aprendan a vivir de manera justa y responsable dentro de la comunidad humana.

Eagly (2009) y Fiske (2018) han mostrado que los roles de género son construcciones sociales que pueden modificarse cuando cambian las expectativas culturales. El padre del siglo XXI ya no se define únicamente por su capacidad de proveer, sino también por su participación activa en la vida familiar. Esta transformación permite que los padres desarrollen una identidad más completa y equilibrada y que los hijos crezcan en un entorno en el que el cuidado no está asociado exclusivamente a la figura materna.

La psicología social entiende la paternidad como un proceso que se aprende y se transforma a través de la interacción con los demás. El padre construye su rol en diálogo con su pareja, sus hijos, su comunidad y las narrativas culturales que lo rodean. Este aprendizaje no es ni lineal ni uniforme. Está marcado por experiencias personales, modelos familiares previos y expectativas sociales que influyen en la manera en que cada hombre interpreta su responsabilidad.

La paternidad, en este sentido, no es un conjunto de habilidades predefinidas, sino una práctica que se desarrolla a lo largo del tiempo. Los padres que reflexionan sobre su propio rol, que buscan apoyo cuando lo necesitan y se permiten aprender de sus errores tienden a construir relaciones más saludables con sus hijos. La paternidad se convierte así en un espacio donde se entrelazan la historia personal, la cultura y la vida cotidiana.

La reflexión contemporánea sobre la paternidad —nutrida por la psicología social, la neurociencia afectiva y los cambios culturales del siglo XXI— revela que desvincularla del poder y orientarla hacia el cuidado no es solo una necesidad moderna, sino un giro antropológico profundo. Este desplazamiento obliga a revisar los relatos que han moldeado nuestra imaginación moral durante milenios. Si hoy buscamos comprender la paternidad más allá de la autoridad y la propiedad, es imprescindible volver a los textos fundacionales que dieron forma a nuestras nociones de familia, responsabilidad y vínculo. En ese horizonte, la Biblia Hebrea se convierte no en un archivo distante, sino en un laboratorio narrativo donde las tensiones, fragilidades y aprendizajes de los padres antiguos iluminan —y desafían— nuestras búsquedas actuales.

4.- Biblia Hebrea. Paternidades múltiples, tensas y humanas.

La Biblia Hebrea no ofrece un modelo único de paternidad. Presenta una lista de figuras que encarnan tensiones éticas, afectivas y sociales. Como señalan Brueggemann (1997) y Fretheim (1984), los relatos bíblicos no idealizan a sus protagonistas; los muestran en su complejidad humana, con decisiones que revelan fragilidad, conflicto y aprendizaje. Cada historia permite ver cómo la paternidad, lejos de ser un ideal abstracto, se vive en medio de afectos desiguales, silencios, disputas y responsabilidades que se entrelazan con estructuras sociales, económicas y políticas.

Los relatos patriarcales muestran a padres que aman profundamente, pero también toman decisiones que generan heridas y conflictos. Levenson (1993) y Fewell & Gunn (1993) destacan que Abraham negocia con Dios por Sodoma, pero guarda silencio cuando Isaac carga la leña del sacrificio. Jacob reproduce favoritismos que fragmentan a su familia y desencadenan rivalidades que marcarán generaciones. David, figura central en la historia de Israel, fracasa como padre en múltiples dimensiones: no interviene ante la violencia entre sus hijos, se distancia de Absalón y llora su muerte con un dolor que revela la complejidad de su vínculo.

Estos relatos no idealizan la paternidad. La presentan como un espacio en el que convergen el afecto, la responsabilidad, la fragilidad y la tensión ética. Trible (1978) y Frymer‑Kensky (2002) han mostrado que la Biblia Hebrea no oculta las consecuencias de las decisiones paternas, sino que las expone para revelar la vulnerabilidad humana y la necesidad de relaciones más justas.

En la Biblia Hebrea, la imagen de Dios como padre aparece pocas veces y casi siempre en sentido colectivo, no individual. No se trata de una figura doméstica ni de un padre privado, sino de una metáfora que expresa la relación entre Dios e Israel como pueblo. Esta imagen comunica cuidado, fidelidad, justicia y protección del vulnerable. El texto afirma: “¿No es él tu padre que te creó? Él te hizo y te estableció” (Deuteronomio 32:6). Más adelante, Isaías declara: “Tú eres nuestro padre; aunque Abraham no nos conozca… tú, Señor, eres nuestro padre” (Isaías 63:16).

Biblistas como von Rad (1962), Childs (1979) y Sarna (1989) coinciden en que esta metáfora no expresa propiedad ni control patriarcal. No se construye sobre la posesión de cuerpos o bienes, sino sobre la fidelidad que sostiene la vida del pueblo en medio de la fragilidad histórica. Dios es padre en la medida en que asiste, libera, protege y hace justicia. La imagen se aleja de la lógica patrimonial que caracterizaba a los padres humanos en la antigüedad y se acerca a una comprensión ética del cuidado, como subrayan Heschel (1962) y Miller (1973).

La metáfora paterna en la Biblia Hebrea es, por tanto, política y pastoral. Política, porque describe la relación entre Dios y la comunidad en términos de responsabilidad y justicia. Pastoral, porque expresa la cercanía de un Dios que sostiene al pueblo en momentos de vulnerabilidad. Esta imagen no legitima estructuras patriarcales; las cuestiona al proponer una forma de autoridad orientada a la vida y no a la posesión.

Aunque la Biblia Hebrea refleja estructuras patriarcales propias de su tiempo, también introduce narrativas que las tensionan. Los padres bíblicos no son figuras omnipotentes ni infalibles. Sus decisiones generan consecuencias que el texto no oculta. La fragilidad de Abraham, la parcialidad de Jacob y el dolor de David muestran que la paternidad no se reduce a la autoridad, sino que se vive en medio de conflictos internos y externos. Camp (1985) y Plaskow (1990) han mostrado que estas narrativas abren espacios para imaginar relaciones familiares más equitativas.

La metáfora de Dios como padre, al no expresar propiedad ni control, ofrece un contrapunto teológico frente a las prácticas patriarcales de la época. Presenta una forma de autoridad fundamentada en la justicia, la compasión y la fidelidad, no en la posesión de cuerpos o bienes. Esta tensión interna en la Biblia Hebrea abre un espacio para pensar la paternidad como una relación que puede transformarse y orientarse hacia el cuidado y la responsabilidad ética, como argumentan Brueggemann (2001) y Weinfeld (1995).

5.- Biblia Cristiana. Jesús y la transformación radical del padre.

La propuesta de Jesús de llamar a Dios Padre no introduce un término nuevo, sino un significado que desestabiliza el modelo patriarcal dominante. En el Mediterráneo del siglo I, el padre era dueño del patrimonio, de la esposa, de los hijos y de los esclavos; en ese contexto, referirse a Dios como Abbá constituía una crítica directa a una estructura familiar basada en la propiedad y la obediencia forzada. La investigación histórica ha mostrado que Abbá expresa cercanía, confianza y ruptura con la autoridad patriarcal (Jeremias, 1971; Meier, 1991; Crossan, 1994).

Jesús se distancia de la figura del padre‑dueño que controla y exige honor y presenta una paternidad que busca, acoge, perdona y alimenta. La parábola del hijo menor revela una autoridad que restaura la dignidad desde la misericordia y no desde el castigo, desplazando la paternidad del terreno de la posesión al de la atención (Borg, 1994; Nolland, 1989).

Esta transformación no es solo espiritual; es política. Jesús confronta la estructura familiar que reproducía desigualdad, esclavitud y violencia simbólica, proponiendo relaciones basadas en la justicia y la compasión (Horsley, 1993; Oakman, 2008). La paternidad deja de ser un mecanismo de control y se convierte en un espacio donde la vida puede florecer sin miedo.

La oración que Jesús enseña a sus discípulos profundiza en esta transformación. Al decir “Padre nuestro”, la relación con Dios deja de ser un privilegio reservado a unos pocos y se convierte en una realidad accesible a todos. Esta expresión democratiza el acceso a Dios y cuestiona los sistemas religiosos y familiares que concentraban el poder en determinadas figuras de autoridad (Schillebeeckx, 1974; Moltmann, 1980).

La advertencia de Jesús: “No llamen ustedes padre a nadie en la tierra” (Mateo 23:9, DHH) puede interpretarse como una crítica a las estructuras patriarcales que convertían al padre en propietario del patrimonio, de la esposa, de los hijos y de los esclavos. En este contexto, Jesús no elimina la función paterna ni la importancia de la familia, sino que cuestiona su transformación en un mecanismo de dominación. La verdadera autoridad se redefine desde el cuidado, la justicia, la responsabilidad mutua y el servicio a la vida.

Esta redefinición también transforma la comprensión de la familia. Cuando Jesús declara que quien hace la voluntad del Padre es su hermano, hermana y madre, desplaza la pertenencia del terreno de la sangre al de la ética, creando una comunidad fundada en la responsabilidad mutua y no en la autoridad patriarcal (Brown, 1997; Levine, 2006).

Los primeros discípulos continuaron esta transformación. Pablo retoma la expresión Abbá para describir la relación del creyente con Dios y convierte la filiación divina en un principio de igualdad radical que desestabiliza las estructuras sociales basadas en la propiedad y la subordinación (Dunn, 1998; Wright, 2012).

Esta lectura encuentra un eco profundo en la teología decolonial. La colonialidad del poder moldeó no solo economías y territorios, sino también imaginarios religiosos, consolidando la figura del padre‑dueño como legitimación de jerarquías raciales, de género y de clase (Quijano, 2000; Lugones, 2008; Segato, 2016). La paternidad divina fue utilizada para justificar la autoridad del colonizador, del clero y del patriarca familiar, convirtiéndose en un instrumento de dominación (Cone, 1975; Segovia, 1995).

Frente a ello, la propuesta de Jesús de llamar a Dios «Abbá» constituye un acto de resistencia. Esta imagen no expresa posesión ni control, sino asistencia, liberación y cuidado, lo que desestabiliza la estructura familiar basada en la obediencia forzada (Jeremias, 1971; Borg, 1994). La crítica alcanza su punto más directo cuando Jesús reserva el título de Padre para Dios y redefine esa paternidad desde la misericordia y la justicia, desactivando el patriarcado religioso y político (Schüssler Fiorenza, 1983; Moltmann, 1980).

Esta perspectiva permite imaginar una familia no organizada en torno al padre como propietario del patrimonio y de las personas, sino como una comunidad fundada en la igualdad, la solidaridad y la responsabilidad mutua (Levine, 2006; Horsley, 1993). La paternidad divina, entendida desde Jesús, no legitima la subordinación: la desmantela. Dios no es dueño de cuerpos ni de territorios, sino la fuente de vida, justicia y dignidad (Boff, 1981; Cone, 1975).

Esta comprensión transforma la espiritualidad. La oración deja de ser un gesto de sumisión ante un soberano y se convierte en un espacio de confianza ante un Dios que asiste a los demás en sus vulnerabilidades humanas. La filiación divina no crea súbditos, sino sujetos libres (Moltmann, 1980; Gutiérrez, 1971).

Finalmente, la antropología bíblica muestra que las metáforas de Dios como padre pueden funcionar como una crítica interna del patriarcado cuando se interpretan desde la justicia, la compasión y la responsabilidad comunitaria (Perdue, 2005). Desde esta perspectiva, la paternidad divina se convierte en un llamado a construir comunidades en las que la dignidad sea compartida, en las que nadie sea dueño de otro y en las que la vida pueda florecer sin miedo.

Conclusión. El padre que hace florecer la vida.

La paternidad humana no está en crisis; está despertando. Después de siglos en los que la figura del padre fue moldeada por la propiedad, la autoridad rígida y la lógica del dominio, estamos regresando a una intuición más antigua y más humana: el padre no es dueño ni juez ni patriarca. Es cuidador y generador de vida. Como señalan Hrdy (2009) y Lamb (2012), la paternidad humana evolucionó no como dominio, sino como cooperación y cuidado. La pregunta fundamental ya no es cuánta autoridad tiene un padre, sino cuánta vida ayuda a florecer.

Un padre puede ser biológico o putativo. Puede estar unido a sus hijos por genética o por una decisión ética de cuidado. Lo que define la paternidad no es el origen biológico del vínculo, sino la disposición constante a proteger la vida, promover el desarrollo y contribuir al florecimiento humano. La verdadera herencia de un padre no es el patrimonio que deja, sino la dignidad que ayuda a construir en quienes confían en él.

Esta comprensión permite reconocer que un padre puede ser biológico o putativo (es decir, quien actúa como padre sin serlo). La biología explica parte de la historia —la psicología evolutiva recuerda que los seres humanos desarrollaron estrategias para proteger su banco genético (Buss, 2019)—, pero no determina el sentido profundo de la paternidad.

La tradición cristiana lo muestra con claridad en la figura de José, presentado en los evangelios como padre putativo de Jesús. Mateo narra que José recibe en sueños la instrucción de no abandonar a María (Mateo 1:20). Lucas lo presenta asumiendo la responsabilidad de proteger a su familia (Lucas 2:4–5). Y cuando la vida del niño está en peligro, José actúa sin vacilar (Mateo 2:14). Como explica Brown (1997), la paternidad de José es jurídica, ética y responsable, no genética.

Estos relatos muestran que la paternidad de José no depende de la biología, sino de la decisión de proteger, cuidar, proveer y abrir caminos de vida. Su figura encarna una paternidad que asiste sin poseer y sostiene sin dominar. José es padre porque se hace cargo y ofrece un entorno en el que Jesús puede crecer, aprender y desplegar su vocación.

Los evangelios sugieren, además, que Jesús siguió el oficio de José. Mientras Mateo identifica a José como tekton (Mateo 13:55), Marcos presenta a Jesús con el mismo título (Marcos 6:3). Aunque el término puede referirse a un artesano de la construcción, un carpintero o un trabajador especializado en madera y piedra, la mayoría de los estudiosos considera probable que Jesús aprendiera el oficio de su padre putativo y trabajara en él antes de iniciar su ministerio público. Este detalle resulta significativo porque muestra que la influencia paterna no se limita a la protección ni al afecto. También incluye la transmisión de conocimientos, habilidades, valores y formas de relacionarse con el trabajo y con la comunidad. José no solo protegió a Jesús, sino que también contribuyó a su formación humana, social y ocupacional.

Un padre —biológico o putativo— es aquel que se convierte en fuente de vida, no por lo que posee, sino por lo que ofrece. Su legado no es el patrimonio, sino la dignidad que siembra. Su autoridad no nace del miedo, sino de la confianza. Su presencia no impone, sino que sostiene. Su amor no encierra, sino que libera. La paternidad que hace florecer la vida es, en última instancia, una forma de justicia. Una manera de decirle al mundo que la vida merece ser cuidada, que cada hijo e hija merece un espacio para crecer, y que la verdadera autoridad se ejerce desde la humildad y el compromiso con el bien.

 

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